
Y les parece, de inmediato, que con lo ‘revelado’ se demuestra la verdad del hecho histórico. ¡Y un jamón de los que no se comen los menas de Ayuso!
Esto no prueba nada, salvo las ganas que tienen los de la estirpe del Campechano, campechanos a su vez, cortesanos del Bribón y liberalios, que de ese tronco y ejemplo vienen, de arreglar su nombre y con el suyo el de todos.
Bien es verdad que en un país de golfos y etarras enaltecidos, no va a ser este hombre menos, pero deberían empezar por resolver el pequeño asunto de la pasta.
Del 23-F no se aclara nada y es muy revelador que quienes avisan de la complejidad de la historia ya tengan clara la inmaculada concepción de nuestra Transición. Los papelajos demuestran, si acaso, lo difícil que era quedar en tiempos sin teléfono móvil. «A tal hora, tal día, en tal sitio». Y había que ser un tío, un hombre de palabra, para quedar a cualquier cosa. Imaginen para dar un golpe… Imaginen presentarse a esa cita con la sola seguridad de una palabra dada.
Se entienden las dificultades de Tejero (q. e. p. d.) y aun más las palabras de su santa esposa, que tanta gracia han hecho a los tontitos izquierdistas (jaja, es berlanguiano; jaja, es de Torrente) y a lo más invertebrado de la campechanía. En la vida de algunos hombres se escucha de niño «tu hijo es tonto» y de maduro, «tu padre es tonto» y entre medias, si encuentran una mujer que les quiera un poco, «qué tonto eres…».
Esto a los otros les suena a diálogo de La Que Se Avecina porque es difícil imaginar que alguna esposa, madre o hija hable de ellos en los términos que hablaban de Tejero. También hay otra cosa… una risa de desprecio porque, lo sabemos, y lo saben, los golpes ahora, e incluso entonces, ya se daban de otra forma.
En Tejero, en cierto modo, agoniza un juramento y una cultura de honor llega a un callejón sin salida. Las amorosas mujeres lo entienden bien. Su figura se hizo expiatoria mientras se instituía el perjurio, que explicará en lo sucesivo la vida española.
Lo que era el Golpe se intuye, a medida que se va conociendo quién es quién, con sólo ver los que integrarían el gobierno de concentración. Los que estaban y los que no. De otra manera, en la idea de la concentración nacional siguen. Ese impulso golpista desde dentro del Estado permanece. Los que están, por supuesto, necesitan el mito y necesitan la santificación del jefe de su tribu: son la prole de Juan Carlos.
A los que no figuran ni figurarán en la concentración (los no convocados), unos les llamarán ultras, y otros, si hay cariño, si tienen quien les quiera, «jilipuertas»
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