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Cuando le toca gobernar se limita a gestionar como un timorato y aburrido albacea testamentario, y cuando le toca oponerse, critica el comino aceptando el camello. Les encanta el PSOE, pero deploran el inexistente ‘sanchismo’. Si volviera de golpe el Felipe de la chaqueta de pana como un viejo león para reivindicar su coto de caza, Feijoo soltaría como si quemase el cetro pepero, teniéndolo en nada y murmurando: “¡Oh Capitán, mi Capitán!”
El PSOE, no hay que insistir, es el mal, pero al menos tiene el dudoso atractivo del canallita, puede explotar esa vena española que le hace coplas a Luis Candelas y apelar al que solo quiere que todo reviente ya. Del PP, en cambio, sigo preguntándome qué bloque ideológico representa.
La respuesta es: ninguno. Ni el liberal, que en España no llena un microbús.
Representa más bien lealtades heredadas, a menudo en gente con ideas de Vox que se empecinan en atribuírselas a los populares, como esos amantes que prefieren que su amada les mienta para mantener la ilusión. En España cambiar el voto está tan mal visto y es tan infrecuente como cambiar de equipo de fútbol. Por eso la disolución de este partido sin sentido ni función confesable es tan lenta, goteante, observable sólo en las necrológicas del ABC.
Mientras, en la práctica diaria y sin pudiéramos sustraernos al peso de la inercia, es claro que el panorama ideológico que sugiere («defiende» sonaría excesivo) el PP es idéntico al del PSOE en todo lo que importa, en el modelo de país o de dilución de país, en la sumisión postrada a Bruselas, en el sostenimiento de la mentira fundacional del sistema entero.
En este lado se nos ha salido bastante de madre lo de desenvainar la espada para defender que la hierba («el pasto», como traducen en América) es verde. Hemos convertido lo que Chesterton condensaba como profecía en un consejo o una orden, y el resultado es muy distinto al esperado, aunque sea perfectamente esperable.
El cerebro humano es una máquina curiosa: basta que nos recuerden que la luna NO está hecha de queso azul para que nos planteemos que está hecha de queso azul. No pienses en un elefante y todo eso.
Declarar enfáticamente lo evidente no lo refuerza, lo debilita. Nada quieren más los guardianes del pensamiento único que vernos entrar en ese juego… de palabras. Porque ellos tienen el diccionario tan encadenado como el BOE y saben que el hombre no es tanto un animal que razona como un ser que racionaliza.
En los clubs de debate de las universidades inglesas, el mejor entrenamiento en retórica consiste en defender una postura en la que no se cree, porque, como sabían los sofistas, un tipo elocuente puede derrotar en una discusión a un hombre que dice torpemente la verdad. Todo el sistema en el que vivimos se basa en eso. La propaganda y la publicidad no explican, exponen.
Por eso debemos dejar de argumentar que la hierba es verde y empezar a argumentar partiendo de que lo es, dando por sentado lo evidente. Con frecuencia la réplica más convincente ante las obvias falsedades que sostienen nuestro mundo es la carcajada. Por eso el meme, esa forma de expresión exclusiva de nuestro tiempo, decide elecciones. Y con el PP, el meme se hace solo.
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