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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 11 de febrero de 2026

Las derechas tienen que unirse para… / por José Javier Esparza


'..lo de «echar a Sánchez» no deja de ser un argumento emocional de escaso recorrido: de poco serviría echar a la izquierda para que la sustituya una derecha que haría políticas semejantes..'

Las derechas tienen que unirse para…

José Javier Esparza
El veredicto después de las elecciones de Aragón, en todo lo que no es izquierda, es unánime: «las derechas tienen que unirse para echar a Sánchez». Lo mismo se dijo después de las elecciones de Extremadura y lo mismo se dirá, previsiblemente, después de las de Castilla y León. Esas derechas son dos: el PP y VOX.

El PP es —o, al menos, ha sido— partidario de las regularizaciones masivas de inmigrantes ilegales, no ha considerado problemática la exhibición pública de símbolos islámicos, ha secundado todas las políticas europeas de desmantelamiento agrario, se ha mostrado favorable a la implantación por todas partes de energías «renovables», frecuentemente, ha terminado aceptando la ideología abortista de la izquierda y ha asumido el lenguaje “de género». La otra derecha, VOX, se opone a las regularizaciones de ilegales, quiere limitar el uso de prendas islámicas en las escuelas, critica las políticas agrarias de Bruselas, opta por la energía nuclear y descree de las «renovables», quiere invertir la desespañolización de regiones enteras del país, defiende el derecho a la vida frente al aborto y reprueba la ideología de género. O sea, exactamente todo lo contrario que el PP.

Es prodigioso que el mismo término «derecha» quepa para definir dos posiciones rigurosamente antitéticas. En el plano de la política real, la verdad es que la derecha-PP está más cerca de la izquierda que de la derecha-VOX. Esto no pasa sólo en España. Miremos a Portugal: allí la derecha liberal-conservadora convencional (su PP) ha apoyado en las presidenciales al candidato socialista (su PSOE) frente al candidato de la derecha nacional (su VOX). En ese sentido, lo de «echar a Sánchez» no deja de ser un argumento emocional de escaso recorrido: de poco serviría echar a la izquierda para que la sustituya una derecha que haría políticas semejantes. 

En realidad, en España sólo hay un elemento diferencial que acerca a las dos derechas: la naturaleza de nuestra izquierda. La izquierda española es la única de Europa que aspira abiertamente a deshilachar el tejido nacional, hasta el punto de que ahora, puestos a buscar un relevo para salvarse del naufragio, acaricia la idea de convertir en líder a un separatista catalán. O sea que, en realidad, lo único que acerca a nuestras dos derechas es la cuestión nacional: ambas, al menos en términos generales, coinciden en desear que España siga existiendo como Estado-nación. Bien, no es poca cosa y a partir de aquí, tal vez, sería posible empezar a construir una plataforma de acción común.

Eso, es verdad, obligaría al PP a reconsiderar muchos de sus postulados y reformularlos ahora en términos de «interés nacional», y a VOX, tal vez, le forzaría a aceptar que su programa de renacionalización ha de hacerse más despacio y encajando determinadas servidumbres externas, un poco al estilo Meloni. Uno y otro tendrían que ir pensando, por otra parte, que ya no es posible seguir atados al esquema del 78, es decir, al terreno de juego marcado en torno a la Constitución, que es el que nos ha traído hasta aquí. En otros términos: si la Constitución no ha sido capaz de salvar a la nación, habrá que intentar que la nación salve a la Constitución, y eso implica reformar el texto para rectificar la desconstrucción hoy vigente. Sería un auténtico reinicio de la democracia española, de la nación española.

Aún hay quien recibe estas propuestas con aspavientos (sobre todo en el PP), pero no es otra cosa lo que se propone Sanae Takaichi en el Japón, reforma constitucional incluida. La reconstrucción del proyecto nacional es también lo que, en Francia, mueve a gente como Zemmour, Marion Marechal, De Villiers o Ciotti, que no apoyarían un proyecto personalista de Marine Le Pen, pero sí la secundarían para una union des droites subordinada a una renacionalización del país. El nuevo paisaje mundial se está formulando en términos de retorno al interés nacional. Incluso un prototípico niño-probeta del globalismo como el canadiense Mark Carney lo ha entendido. Y con esta perspectiva, tal vez, tenga más sentido eso de «unir a las derechas». Más allá, mucho más allá de «echar a Sánchez» (que, en efecto, hay que echarle).

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