
A falta de talento, la izquierda necesita un chulo. Un chulo capaz de bailar con Esther Expósito, embelesar a Vito Quiles y poner celoso a Javier Ruiz. Un nuevo macho alfa sin piojos en la coleta. El nuevo Lenin español con sabor a butifarra de La Garriga. Es lo máximo a lo que puede aspirar la rojambre que se va a quedar huérfana cuando vea a Pedro Sánchez seguir los pasos de Ábalos y de Cerdán.
A Rufián no le preocupa que el máximo responsable de la Policía Nacional haya sido un violador que sacaba la pistola reglamentaria cuando iba a los prostíbulos. ¡Cómo le va a preocupar lo que pase en España, si lo que quiere es romperla! Sin embargo, se ve como sustituto de Sánchez, liderando la desnortada izquierda, porque probablemente no haya nadie que, como él, pueda disputar al felón el título de «el más sinvergüenza». Porque en la España de hoy, las posibilidades de éxito político se miden en miserias humanas, no en virtudes morales.
Objetivamente, tratando de ser justo con esta merma política que padecemos, no hay nada que despierte la más mínima curiosidad a la izquierda de Pedro Sánchez. En el frenopático podemita, ni la Niña de la Curva ni Lady Tenacillas tienen la menor posibilidad de heredar el trono rojo. Errejón, antaño joven promesa progre, cayó en desgracia tras aquel desdichado suceso con Elisa Mouliaá. Pablo Iglesias ocupa sus días como tabernero y magnate mediático. Su ex mujer imparte doctrina feminista desde Bruselas. El resto de posibilidades socialistas están en la cárcel por corrupción.
Rufián tiene chulería y descaro, y apenas hay límites morales que puedan detener su desmedida ambición. Recordemos el día que entrevistó a la youtuber Estíbaliz Quesada, más conocida como «Soy una pringada». Su célebre «hay que matar a los simpatizantes de VOX» recibió una suave sonrisa de Rufián como respuesta, si bien después se vio obligado a rectificar. Cualquiera que sepa leer una mirada y una sonrisa espontáneas sabe que ahí había lo mismo que hubo en Paracuellos del Jarama en noviembre del ’36: odio al que piensa distinto. La única diferencia es que hoy es más difícil llevar un arma encima.
Rufián se siente heredero de Companys como Sánchez se siente heredero de Largo Caballero, porque ambos comparten la estrategia que reinauguró Zapatero tras el 11-M. La izquierda pastueña y liberal de Felipe González y Javier Solana dejó paso a ésta otra vengativa y guerracivilista; la izquierda que en los medios afines y en las redes sociales subvencionadas representan los Antonio Maestre, Fonsi Loaiza o el mismo Pablo Echenique, antaño diputado y hoy simple agitador de miedos y rencores. Es la misma izquierda cainita de siempre, adoradora de la guillotina francesa donde está el origen de su ideología criminal.
A falta de talento, la izquierda necesita un chulo. Un chulo capaz de bailar con Esther Expósito, embelesar a Vito Quiles y poner celoso a Javier Ruiz. Un nuevo macho alfa sin piojos en la coleta. El nuevo Lenin español con sabor a butifarra de La Garriga. Es lo máximo a lo que puede aspirar la rojambre que se va a quedar huérfana cuando vea a Pedro Sánchez seguir los pasos de Ábalos y de Cerdán. Rufián ha decidido que se queda en Madrid para siempre. Algunos trabajan ya en el diseño de su politburó de pacotilla.
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