
Ricardo Rodríguez, doctor en Derecho y magistrado, narra en esta columna la gesta de los últimos de Filipinas que solo se convencieron de la derrota de España a través de un periódico, «El Imparcial». Sobre estas líneas, una imagen de la película «1898. Los últimos de Filipinas», en la que trabajaron Luis Tosar, Carlos Hipólito, Javier Gutiérrez, Karra Elejalde y Ricardo Gómez. Foto: Prime Video.
'..Y aquí surge la reflexión inevitable. ¿Fueron héroes? Sin duda. ¿Fueron víctimas de un sistema que los abandonó? También..'
Los últimos de Filipinas:
el honor que sobrevivió a un Imperio
Ricardo Rodríguez
Hace poco fui a un restaurante en el centro de Madrid, El Imparcial. Ambiente elegante y un punto de encuentro cultural ubicado en un palacete histórico en la calle del Duque de Alba, en pleno corazón de Madrid, cerca de El Rastro y de Tirso de Molina.
El local es elegante y acogedor, con interiores que conservan el carácter de la arquitectura original del edificio, combinando luz natural, amplios salones y detalles decorativos atractivos que brindan una atmósfera sofisticada pero relajada.
Agradable, buena comida, mejor compañía…, pero me evocó una historia creo que muchas veces hablada pero, realmente, poco conocida.
En el pasado albergó la redacción del histórico diario “El Imparcial”, uno de los periódicos más influyentes de la España de finales del siglo XIX y comienzos del XX, y un referente del periodismo moderno en nuestro país.
Fue fundado en 1867 en Madrid por Eduardo Gasset y Artime, con una línea liberal, independiente y muy crítica con el poder político, algo poco habitual en una prensa todavía muy vinculada a partidos y facciones.
Desde sus primeros años destacó por su rigor informativo, la importancia concedida a la política nacional e internacional y la incorporación de corresponsales en el extranjero. Su época de esplendor se extendió hasta las primeras décadas del siglo XX.
Durante la Restauración y el desastre del 98 alcanzó una enorme difusión y prestigio. Fue uno de los diarios que mejor informó sobre la guerra de Cuba, la pérdida del imperio colonial y la situación internacional de España.
Y es que El Imparcial tuvo un papel clave -aunque indirecto- en el episodio de Los últimos de Filipinas, y concretamente en el desenlace del sitio de Baler.
Hay episodios de la Historia que, aun siendo heroicos, rozan lo trágico. Y otros que, siendo trágicos, alcanzan la categoría de leyenda.
Uno de ellos -quizá de los más desconocidos para el gran público- es el de los últimos de Filipinas, aquellos soldados españoles que resistieron durante casi un año en la iglesia de San Luis Obispo de Tolosa, en el pueblo de Baler, un pequeño pueblo costero del noreste de Filipinas, ajenos -o incrédulos- al hecho de que España ya había perdido la guerra y, con ella, su último gran imperio de ultramar.
Corría el año 1898.
España se desangraba como potencia colonial. Tras la guerra con Estados Unidos, había perdido Cuba, Puerto Rico, Guam… y Filipinas. El Tratado de París ponía fin a más de tres siglos de presencia española en Asia.
Pero en un rincón remoto del archipiélago filipino, cincuenta y tantos soldados españoles, al mando del capitán Enrique de las Morenas, primero, y del teniente Saturnino Martín Cerezo, después, permanecían atrincherados en una iglesia, sitiados por insurgentes filipinos.
Y resistían.
Resistían al hambre, a las enfermedades, a los ataques constantes, a la humedad asfixiante, a la muerte diaria de compañeros.
Resistían, sobre todo, porque no creían que España hubiera capitulado.
Los sitiadores les informaron una y otra vez de que la guerra había terminado, que Filipinas ya no era española, que el imperio se había derrumbado.
Les enviaron emisarios. Les mostraron documentos.
Pero los soldados españoles pensaban -no sin cierta lógica- que todo era un engaño del enemigo para hacerles rendirse. Y, conforme al Código Militar de la época, rendirse sin orden expresa era una deshonra.
Así que siguieron defendiendo una bandera que, en realidad, ya no ondeaba en ningún territorio del Pacífico.
Durante 337 días.
Casi un año.
Cuando finalmente les enseñaron periódicos, entre ellos El Imparcial, aceptaron la evidencia y salieron de la iglesia, en junio de 1899. Lo hicieron con honores.
Ya no eran proclamas del enemigo. Era prensa española. Era información verificable. Era la voz del propio país por el que estaban combatiendo.
El teniente Martín Cerezo, tras analizar cuidadosamente los periódicos -fechas, estilo, noticias internas imposibles de falsificar- comprendió por fin que la guerra había terminado meses atrás.
Que España había perdido Filipinas. Que su resistencia, heroica, se estaba librando por una soberanía ya inexistente. Solo entonces aceptó capitular.

En este edificio el histórico periódico «El Imparcial» tenía su sede, como relata el autor, Ricardo Rodríguez. Estaba en la Calle del Duque de Alba, número 4, en el distrito Centro de Madrid. Foto: RR.
Fue «El Imparcial» el que puso fin a casi un año de resistencia
El 2 de junio de 1899 salieron de la iglesia. No como vencidos, sino como soldados honrados. Paradójicamente, fue un periódico -y no un emisario militar- quien puso fin a casi un año de resistencia.
La prensa, en este caso, hizo lo que el Estado no supo hacer: informar con eficacia a quienes había dejado aislados en el fin del mundo.
Así, El Imparcial quedó ligado para siempre a esta gesta histórica como el testimonio que certificó el final del Imperio… y el final de una de las resistencias más heroicas del ejército español.
Y aquí surge la reflexión inevitable. ¿Fueron héroes? Sin duda. ¿Fueron víctimas de un sistema que los abandonó? También.
Porque mientras ellos morían de beriberi, comían ratas y hervían cuero para sobrevivir, en Europa se firmaban tratados, se repartían colonias y se cerraba una etapa histórica.
El Imperio español se desmoronaba, pero ellos seguían firmes en su puesto. Nadie se preocupó de avisarles eficazmente. Nadie se aseguró de que supieran la verdad. Nadie acudió en su auxilio.
No en forma de cañón. No con una carga final. Llegó escrita en un papel.
Es, en cierto modo, una metáfora perfecta del final de España como potencia mundial: dignidad individual frente al fracaso colectivo, honor personal frente al derrumbe político.
Hoy, más de un siglo después, su historia sigue interpelándonos. Nos habla del deber llevado hasta el extremo. Del valor sin recompensa. Del abandono de los de abajo por las decisiones de los de arriba.

Los últimos de Filipinas reales en una foto histórica restaurada digitalmente. Solo la lectura de «El Imparcial» les convenció de que la guerra había terminado. Foto: MD.
Nos recuerda que las grandes derrotas históricas no se producen de golpe, sino mientras algunos siguen luchando por un mundo que ya ha dejado de existir.
No fueron humillados, antes al contrario: los hombres que habían sido sus enemigos les rindieron honores.
Por orden de Emilio Aguinaldo, el presidente revolucionario filipino, marcharon como soldados valientes, con armas, bandera y respeto. Se les reconoció su valor, su constancia, su honor.
En España solo el paso del tiempo los convirtió en símbolo de honor militar y sacrificio.
Y es que hay gestas que no sirven para ganar guerras, pero sí para dignificar a quienes las protagonizan.
España perdió Filipinas. Pero aquellos hombres ganaron algo que no figura en los tratados: el respeto de la Historia.
Como tantas veces ocurre, el poder cayó, el Imperio se hundió…, pero el honor resistió hasta el final. Y quizá esa sea la mayor lección de Los últimos de Filipinas.
No siempre se lucha para vencer. A veces se lucha, simplemente, para no rendirse.
Aquellos hombres demostraron que a veces la verdadera victoria no está en conquistar tierras sino en mantener intacto el corazón y sus ideales.
Una lección más de la Historia. A veces no son las balas las que ponen fin a una guerra, sino la verdad escrita en un papel.
No siempre vence quien dispara el último tiro, sino quien mantiene su dignidad hasta el final. Y así quedó escrito para siempre: su resistencia fue derrota en mapas, pero victoria en la memoria.
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