
'..Su caso es el síntoma de un problema estructural que afecta al conjunto del escalafón novilleril. Cada año se organizan menos novilladas con picadores, y muchas de las que se celebran lo hacen en condiciones económicas precarias..'
El Mene, una alarma evidente
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Por Carlos Bueno
El Mene cerró la pasada temporada como líder de los novilleros. Su proyección invitaba al optimismo y su evolución parecía marcar el camino hacia metas mayores. Sin embargo, apenas unos meses después, el panorama que se abre ante él resulta desolador. Según ha declarado recientemente, no tiene ningún contrato firmado y desconoce qué rumbo tomará su carrera en los próximos meses. De encabezar las estadísticas a asomarse a una temporada en blanco, una paradoja dura y reveladora.
Su caso es el síntoma de un problema estructural que afecta al conjunto del escalafón novilleril. Cada año se organizan menos novilladas con picadores, y muchas de las que se celebran lo hacen en condiciones económicas precarias. Los costes de producción —ganado, cuadrillas, seguros, plaza, veterinarios, tasas— convierten estos festejos en empresas casi inviables para el organizador. El resultado es un círculo vicioso: menos funciones, menos oportunidades, menos rodaje y, en consecuencia, menos relevo generacional consolidado.
Hoy por hoy, más allá de las ferias de novilladas septembrinas, sólo algunas grandes plazas mantienen un pequeño compromiso con los novilleros, y lo hacen porque los pliegos de condiciones de arrendamiento obligan a incluir un número determinado de festejos menores. Así, la cantera depende, en gran medida, de la voluntad política o de la sensibilidad de quienes redactan esos contratos.
El tránsito de novillero sin caballos a matador de toros se ha convertido en una auténtica odisea. Mientras permanecen bajo el amparo de las Escuelas de Tauromaquia, los jóvenes cuentan con formación, tentaderos y participación en festejos reglados. Hay estructura y oportunidades. Pero cuando dan el salto de escalafón, ese armazón desaparece casi de golpe. Comienza entonces la etapa de desamparo y soledad profesional. Sin contratos, sin ingresos y con gastos crecientes de preparación, el sueño se tambalea.
Sólo quienes cuentan con un padrino dispuesto a sostener la inversión —muchas veces a fondo perdido— logran mantenerse a flote. El entrenamiento en el campo y la participación en novilladas que en la mayoría de los casos resultan deficitarias exigen un respaldo económico que no todos pueden asumir.
El sector profesional taurino debería reclamar de las Administraciones públicas un apoyo real a la base del toreo, en línea con el que reciben otras disciplinas deportivas y artísticas. La tauromaquia, como actividad cultural, no debería quedar al margen de ese marco de protección y merece rebajas fiscales, subvenciones a la organización de espectáculos o incentivos a la promoción de jóvenes talentos.
Del mismo modo, los propios profesionales tendrían que asumir una cuota de responsabilidad. Una rebaja en los honorarios por derechos de imagen en este tipo de festejos facilitaría que la televisión en abierto retransmitiera novilladas, porque dar visibilidad a los benjamines del toreo significa generar afición, crear referentes y estimular la demanda de nuevos espectáculos.
Que el líder del escalafón se encuentre sin contratos es una señal de alarma que el sector no puede ignorar.
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