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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 8 de febrero de 2026

Chicos que hablan de usted y quieren ser toreros: «Señores políticos, déjennos ser libres, déjennos ser felices»

'En la escuela no solo les enseñan a manejar la muleta, sino a forjar su carácter. Y hay una norma sagrada: aprobar los estudios'

Chicos que hablan de usted y quieren ser toreros:
«Señores políticos, déjennos ser libres, déjennos ser felices»

«En la escuela taurina se hacen hombres y mujeres de bien y mejores personas. Aquí hay un respeto y una educación que me cuesta trabajo ver fuera en el día a día», dice su maestro Fernando Robleño.

Rosario Pérez
ABC / 8 Enero 2026
«Buenas tardes, maestro, ¿cómo está usted?». Y así hasta ocho voces, las de ocho chavales de exquisita disciplina. Llegan puntuales al albero de ABC, saludan con respeto y escuchan con la atención de quien sabe que cada palabra es una lección de vida. Muerde el frío de Madrid, pero su mirada promete primaveras. Sus nombres: Juan, Daniel, Carla, Óscar, José Luis, Jaime, Jacobo y Alberto, de 11 a 17 años, alumnos de la Escuela Taurina José Cubero 'Yiyo'. Chavales que hablan de usted con una formalidad que parece sacada de un viejo libro de caballerías, con máxima tolerancia también para los que no comparten su afición por los toros.

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Claman al unísono que los dejen torear. «Si vivimos en una democracia y hay libertad,  ¿por qué quieren robarnos nuestro sueño? Dejen a los niños ser felices». Una petición unánime del centenar de chicos de esta escuela ubicada en el corazón verde de la Casa de Campo, en esa Venta del Batán donde se erige un bastión de tradición y coraje, de niños que no se rinden, de jóvenes que conocen la verdad de la vida y no ocultan la muerte. Un antídoto contra la cultura del éxito fácil que impera en las redes sociales.

Los ocho fantásticos llegan a ABC con «más nervios que a una plaza de toros», pero templan con la firmeza de quien aprende a lidiar con algo más grande que el miedo. «No estamos acostumbrados a venir a un periódico, pero la gente y los políticos tienen que saber que no hacemos daño a nadie, que es nuestro futuro y que queremos ser toreros. Nosotros respetamos al que no le guste, pero deberían respetarnos a nosotros también», dicen a coro y sin necesidad de partitura, pura espontaneidad.

En una época tan polarizada, estos jóvenes son un bálsamo, un recordatorio de que el futuro podría estar en buenas manos. «En la Escuela se hacen hombres y mujeres de bien y mejores personas. Aquí hay un respeto y una educación que me cuesta trabajo ver fuera en el día a día», dice su maestro Fernando Robleño. Es el director de la Yiyo, cuya tumba visitaron recientemente para rendir homenaje al ángel caído. «Prefiero morir en las astas de un toro que en un accidente de carretera», sentencia Juan Morales, de 15 años, con una serenidad que acongoja.

En la escuela no solo les enseñan a manejar la muleta, sino a forjar el carácter: esfuerzo en cada entrenamiento, amor propio, humildad en el éxito y en la derrota. «Y compañerismo siempre», recalca Morales: «Si uno sufre una voltereta, hay que tirarse de cabeza para ayudar al compañero». Aquí se templa, se escucha, se sabe que sin sacrificio no hay gloria. «Aquí hay verdad, hay autenticidad, hay unos valores, hay una educación, hay una disciplina, hay un trabajo, hay un sacrificio, hay un esfuerzo. Aquí uno se juega su propia vida. ¿Qué profesión da eso? ¿Hay algo más grande que ser torero?», pregunta Robleño, conocedor de una respuesta compartida por todos sus chicos, una gran familia.

 
«En el toreo hay valores difíciles de encontrar, porque en esta sociedad se han perdido la mitad», señala Daniel García, de 16 años. «Si de verdad hay libertad para hacer lo que a cada uno le gusta, ¿por qué no voy a poder cumplir mi sueño de ser matador de toros?», se pregunta. A los de menor edad les cuesta entender que «el Gobierno lo quiera prohibir». «Pero si no hacemos nada malo, si es lo que nos apasiona, si queremos trabajar de ello», advierten.

En la escuela no solo les enseñan a manejar la muleta, sino a forjar su carácter. Y hay una norma sagrada: aprobar los estudios

«Aquí enseñamos unión, no división», entra al quite el maestro, mientras rescata valores olvidados en un Congreso que a veces parece una chirigota de insultos. «Hombre de palabra», Robleño se cortó la coleta el mismo 12-O que Morante. Aún recuerda la fecha con la mirada nublada por la emoción: «Estuvieron mis niños, y si se hubiese aprobado esta prohibición no podría haber vivido tantas emociones. Mis hijos, ambos menores de edad, no podrían haberme cortado la coleta, ni acompañarme a la capilla, ni recibir mi brindis, ni sentir todo desde dentro». Ninguno ha heredado la pasión torera de su padre, su «gran héroe».

Carla Plaza, de 17 años –una de las cuatro chicas de la escuela–, asegura que no hay nada que le haga «más feliz en la vida». Respecto a la sombra abolicionista, considera que «no es una propuesta acertada; queremos tener la libertad de disfrutar de lo que nos gusta». Invita a los prohibicionistas a «descubrir este mundo y que vean lo que de verdad nos importa; yo estoy dispuesta a sacrificar mi vida por llegar a ser figura». Carla, que bebe en las fuentes de Rafael de Paula, compaginará su sueño de torería con la carrera de Administración y Dirección de Empresas. Porque en esta escuela una norma es sagrada: estudiar y aprobar. Cuando las notas bajan, los padres se lo 'chivan' a los profesores de la Yiyo: sin buenas calificaciones en el colegio, no hay paraíso taurino.

«En mi antiguo colegio me llamaban asesino, pero lo mejor es ignorarlos. Si no fuera por nosotros, el toro no existiría. Somos los que más respetamos a los animales y a los demás»

Lo sabe bien el pequeño que tiene examen de inglés al día siguiente: estudiar es crecer, aprobar es ganar. Bromea otro sobre si algún torero habrá hablado en inglés a un toro. «Hay gente pa' tó». Son otros tiempos y saben también el privilegio que es contar con una escuela para forjar su sueño. Atrás queda esa luna clara que bañaba en «leche azul» la dehesa, atrás quedan esos tiempos de Belmonte desnudo en la Tablada, esos torerillos que se echaban el campo de noche con la chaqueta de Riverito y temían más al Niño Elena y a los de tricornio que a las vacas. Conocen estos chicos cada pasaje de la soberbia novela de Chaves Nogales, una de sus lecturas predilectas junto a 'Iván Fandiño. Mañana seré libre'.

«El toro es el que más nos enseña»

Sorprende la madurez, la valentía y la sensatez con la que hablan. Cada palabra es una lección; su manera de estar, una cátedra de cómo ir por la vida. De frente, por derecho y con respeto. «Aprendemos mucho de los maestros y, también, del propio animal. El toro es el que más nos enseña».

Óscar Campos, de 16 años, defiende la vertiente cultural con pasión. «Quiero ser torero por el arte». Porque un arte es el toreo. «Los que quieren prohibirlo o prohibir nuestra entrada atentan contra la cultura española. Déjennos ser felices, por favor. Si se adentran en este mundo, descubrirán lo bonito que es y que no hacemos daño a nadie». Campos ahonda en que la cultura no entiende de izquierdas ni derechas. Como tampoco entiende el toro. «Hay gente de derechas que apoya el mundo del toro y ha habido gente muy importante de izquierdas que también lo ha defendido». En una época donde la política es fractura y cornada segura, la tauromaquia es puente: «Nuestros chicos y nuestras chicas saben dialogar con educación, saben respetar. De la escuela salen mejores personas», ratifica Robleño.

«Si se adentran en este mundo, descubrirán lo bonito que es y que no hacemos daño a nadie»

Desmonta Carla la cantinela del maltrato animal: «Vivo con caballos, he convivido con los animales y nunca les haríamos daño; son unos más de la familia». Alberto Salinero, de once años, dice con desparpajo que nadie quiere más al toro que los toreros y que su sueño es ser ganadero de bravo. Zoólogo es la segunda opción de Jacobo Gordon, de 13 primaveras, «si no llego a ser figura del toreo», dice. Y biólogo marino la de José Luis Lara, un chaval de 13 años que rebosa simpatía y escucha a Naranjito de Triana mientras ve faenas del Faraón de Camas. «Mi ídolo es el maestro Curro Romero». No es mal espejo dentro y fuera de la plaza por esa manera tan pura y sencilla de ser y andar por la vida.

«En mi antiguo colegio me llamaban asesino, pero lo mejor es ignorarlos. Si no fuera por nosotros, por los toreros y por los ganaderos, el toro no existiría. Somos los que más respetamos a los animales y a los demás», sentencia a sus 12+1 Jaime García. Siente el toreo este madrileño y alza su tímida voz para defender lo suyo, para defender lo de sus compañeros, para defender lo nuestro: «Me dolería mucho si no me dejasen ser torero. Si tanta libertad de expresión hay, que nos dejen expresarnos como nos gusta y no cómo ellos quieren». Se perfila Gordon: «En un equipo de fútbol no hay tanto respeto como el que se tiene en la escuela taurina. Me gustan sus valores y es una Fiesta de España. No solo nos robarían nuestro sueño, también nos quitarían nuestro trabajo».

La manera de vivir de estos chicos contrasta con la imagen estereotipada de los jóvenes adictos a las pantallas. Y claro que les gustan y las usan, pero su doble vida, la de los ruedos y la de los estudios, muestra un espíritu de superación extra, una valoración del tiempo. Cada aspirante a torero sigue la fórmula que Alcaraz recibió de su abuelo: «Cabeza, corazón y cojones». Y afición, afición y afición: entrenan de lunes a viernes tres horas cada tarde y tampoco descansan el sábado por la mañana.

«Si tanta libertad de expresión hay, que nos dejen expresarnos como nos gusta y no cómo ellos quieren»

Todos reclaman al Ministerio de Juventud que se preocupe más por los problemas reales de los jóvenes, «como la vivienda». Un sentir generacional. Mientras Ernest Urtasun quiere arrebatar el título de patrimonio cultural a los toros y Sira Rego quiere vetar la participación de los menores en las plazas, estos chavales -algunos no levantan un metro del suelo- responden con una sensatez que debería avergonzar y sacar los colores a más de un político. Robleño estaría «encantado» de que la ministra de Juventud y el responsable de Cultura asistieran a una de sus clases: «Sus intenciones son gravísimas, es atentar contra una pasión, una vocación y una cultura con tanto peso y tradición en nuestro país. Es un sinsentido».

Frente a los que hablan de traumas infantiles, el maestro subraya: «Yo no he tenido ningún trauma y desde los nueve años quise ser torero». Y se cruza al pitón contrario: «¿Saben una cosa? El Gobierno nos ha hecho un favor, porque con tanto querer prohibir han provocado un efecto rebote y cada vez van más jóvenes a las plazas». La voz infantil de Alberto pone la coda: «Claro, como media plaza está llena de jóvenes, lo que quieren es que no entremos y esté medio vacía. Parece que no quieren que los niños seamos felices».

En medio de tanta prohibición disfrazada de protección, estos pequeños héroes responden. No piden privilegios: piden libertad. Libertad para elegir su camino, para expresarse, para que la educación siga en manos de sus padres. Si el Gobierno quiere rebaños, se ha topado con bravos chavales y con la resistencia de quienes sueñan en grande, muleta en mano, corazón al descubierto. «Señores políticos, déjennos ser libres, déjennos ser felices».

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