
El animal no humano con el que se identifican no es una oveja de un pueblo de Zamora, ni una cabra extremeña, ni la de un toro de lidia, ni siquiera la de un pulpo (admitido hace tiempo como animal de compañía). El animal no humano de la nueva «cultura therian» es un animal humanizado: la mascota. Ese animal sin animalidad con el que los más jóvenes se «identifican» haciendo memeces en TikTok. Porque sin TikTok no habría «therians”, término que proviene del inglés ”therianthropy», maridaje de dos palabras griegas «therion» (bestia o animal salvaje) y «ánthropos» (humano). Ponemos en duda lo de humano, que aplica a la inteligencia y negamos lo de animal salvaje, porque estos cachorros de la nueva raza urbana no han pisado ni lo salvaje, ni una bosta de vaca en su vida.
En realidad, no pisan nada, ni huelen nada, solo «dedean» sobre lo que ya dejó de ser un teléfono para convertirse en una adicción. El dedo sustituye al cerebro, algo no visto de los tiempos del Neanderthal. Sin la visualización de sus brincos simulando ser perro o sus «miamiaus» estúpidos como gatos, ambos castrados, quede claro, no habría «therians». Moda estúpida que será sustituida por otra con un grado aún más superlativo de estupidez, para que alguien lo clasifique como «cultura». La estupidez es ya el líquido amniótico de nuestros fetos como animales de sinrazón.
La tecnología adictiva que nos ha colonizado nos regresa tan atrás, que hemos vuelto a subir al árbol
La estupidez es nuestra cultura y, cada ocurrencia para visualizarla (léase los «therians”) será elevada y traducida por los dueños riquísimos de las redes, como una nueva, sensible, exquisita y progresista sensibilidad del ser humano. Y, sin embargo, no hacemos otra cosa que copiar en involución digital. No hay cultura allende los tiempos que no tuviera presente al animal. La egipcia de los faraones, la «mexica/náhuatl» con sus sacerdotes jaguar, o águila, o serpiente, arrancando corazones, animales en Mesopotamia, Grecia, India. La tecnología adictiva que nos ha colonizado nos regresa tan atrás, que hemos vuelto a subir al árbol. Y lo grabamos y se viraliza y es tendencia. Un inmenso anacronismo digital.
Con esta «cultura» que crea un ecosistema global de estupidez, la mascota es un humano, proliferan ya en proporciones de uno a seis respecto a niños en España. Un adolescente enseña las nalgas a cuatro patas porque le embarga su sentimiento de ser perro, y los que observan entre bastidores se forran. Una sociedad así, quema los tótems reales, los de los vínculos culturales reales y sensibles como es el toreo y su animal el toro. Quema la animalidad del animal y la humanidad del humano. El lavado del cerebro ya finalizó, y, una vez lavados todos los cerebros, se trata ahora de lavarnos nuestros pecados de barbarie: el de la relación cultural humana y humanística con el animal: el campo, lo rural, la caza, la pesca, toda relación natural con animal, léase también con el toro bravo…
La incultura superlativa y endogámica certificada como cultura y lo descerebrado suplantando al razonamiento, ha invertido lo impensable. La mascota ya pasea, correa en mano, a nuestros adolescentes brincando a cuatro patas y meando a pares en el único árbol cansado de pis de nuestro parque de asfalto. Un miserable árbol sobre el verde impostado es su inmenso valle. La nueva selva amazónica y salvaje y natural que conocen esos adolescentes, que se comunican ladrando porque ladrar es una identificación espiritual con la bestia salvaje. No. El hidrógeno ya no es el componente mayoritario del Universo.
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