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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 18 de febrero de 2026

Hughes. Benfica, 0; Real Madrid, 1. Why?


Hughes

Pura Golosina Deportiva

El partido duró poco. Duró hasta que Prestianni se tapó la cara como un barra brava y dijo “mono”. Pero hasta entonces, fue el mejor partido del Madrid en Europa desde la última Champions. Fue eso: un Madrid de hechuras europeas.

Y fue según lo apuntado contra la Real. Muy pronto embridó el ímpetu previsible del Benfica y se vio que Tchouameni y Camavinga dominarían con nuevo despotismo la zona de tránsito del mediocampo.

Pero después, muy pronto, hubo otra cosa: se desplegó una forma de construir el juego desde atrás. Habíamos visto la salida con tres, lo hizo Xabi Alonso, pero los tres que se juntaban ahora --aunque pudiera caer por allí un Rudiger-- eran Trent, Huijsen y Güler bajando a recibir mientras Tchouameni, a la Casemiro, se iba un poco adelante. ¿Cómo lo dijo Arbeloa? ¿Hacia las “estructuras del rival”?

Había por tanto una línea imaginaria que unía a los tres, que se buscaban para ir cosiendo la jugada. Ninguno de los tres es Vitinha, pero con ellos la pelota rodaba de otra forma y los pases eran precisos y directos. Los toques tenían un propósito y el juego cobraba sentido desde el inicio.

Y así, a la altura del minuto siete, se desventó el Benfica y el Madrid comenzó a llegar, primero con un Mbappé a medio gas, luego con Güler de lejos y con una ocasión de Vinicius, tras larga combinación coral en la que Trent lanzó de nuevo a Valverde.

Después de esa fenomenal jugada, que fue cosa seria, la cara de Mourihno ya expresaba que sabía lo que iba a suceder (minuto 18). Vimos dibujado en su rostro, que tan bien conocemos, el destino del partido.

En defensa, el 4-4-2 se aposentaba en un bloquecito semibajo bueno, con suficiente espacio a los dos lados.

Trent era un espectáculo y añadió el populismo de una ruleta marcelesca.

El Benfica no inquietaba, sólo tiros largos, pero uno de ellos, peligroso, desviado, avieso, como si llevara dentro mourinhismo y otamendismo todo junto, lo atajó Courtois con una parada irreal en la que se corrigió a sí mismo o se acrecentó con un rebrinco y una mano baja y fuerte.

El Madrid tiene al mejor portero del mundo, la mejor banda derecha de Europa, y la mejor delantera. Con cinco del once mundial se aspira a Champions. Con seis, se gana.

Aunque esos tres del toque sulibeyaban, lo más evidente pasaba en la línea siguiente, donde Camavinga y Tchouameni mandaban, cortaban, barrían todo el juego como esos aspiradores pequeñitos que te ponen como un gancho en el dentista mientras maniobra el facultativo. Tchouameni, especialmente, hizo un partido memorable. “Oscuro en su brillantez” creo que lo definió el comentarista Maldini.

Mou tomaba notas en su libretilla, señal de que ya pensaba en el futuro, no en el hoy.

El Madrid daba completa seguridad asegurando su Macizo Central. Su centro era inexpugnable, como una ciudadela o una montaña que tuviera, como en las leyendas, un gigante dentro (Tchouaméni).

Y de esa solidez, que da ese gustito tan característico del Madrid europeo, ese gustito de ver al Madrid seguro y mandón y que es una sensación tan placentera casi como verlo desatado porque se sufre menos; de esa solidez salían los chispazos zurditos, casi adolescentes de Güler.

El Madrid podía salir a la contra pero también podía construirse en “posicional”, y era un disfrute ver cómo hundían poco al Benfica partiendo de los toques de Trent, Güler y Huijsen, y cómo, una vez llegado al último tercio, de Trent salían los pases a Valverde, de Huijsen la búsqueda de Carreras y en Güler se activaba su conexión con Mbappé.

Hay que precisar algo sobre Huijsen: fue el que más pases dio, con una precisión del 90% y una cuarta parte de ellos fueron pases hacia la zona de ataque. Además, estuvo bien en el corte y la anticipación. Huijsen es un fichaje de época y por supuesto se beneficia de tener al lado un central experto.

El realizador enseñaba el rostro de Rui Costa, mala cara, y la de Solari, que veía el partido como hay que verlo, como se ve el fútbol: echando la cabeza hacia atrás con gesto congelado de aprensión.

Pero no había nada que temer porque ahí comenzó la traca de fútbol del Madrid con ocasión de Mbappé tras intercambiar Trent y Valverde sus papeles, otra del mismo Mbappé tras respuesta geométrica del lado izquierdo (Vini, Carreras); otra tercera (no era su noche) tras colosal acarreo de Camavinga y aun hubo un par más, sumándose la zurda de Güler a la fiesta. Era un fútbol champán, un Madrid de escaparate.

Todo era euforia y regocijo, puro placer, pero con la espinita del gol, y nada más volver, Vinicius lo arregló con un chicharro por la escuadra, una auténtica caipirinha voladora que dejó mudo al estadio.

La clavó y se fue al córner a celebrarlo con un baile en el que parecía fecundar al banderín. Esto, por lo visto, molestó mucho (quizás en Portugal el banderín es algo con lo que no se puede bromear) y además de formarse una bronca de la celebración salió con una amarilla. Él respondió al árbitro con un why? que sustituye al purque de Mou en las preguntas pendientes del madridismo.

Why? ¿Por qué a Vinicius le pasan estas cosas? Además, en su baile no tocó el banderín con su péndulo de samba.

Y ahí fue cuando todo se acabó. Porque el diminuto Prestianni, tapado como un bandolero, le dijo mono, mono, y Vinicius corrió a pedir el protocolo, apoyado por Mbappé, que fue más capitán de lo que han sido muchos.

En un momento, Mourinho cogió a Vini, hablaron y la concentración emotiva se hizo casi imposible. Dos épocas, dos razones dialogaban... ¿con quién iría la prensa al siguiente o irían a la vez contra los dos?

El partido dejó de interesar y sólo teníamos ganas de ver la rueda de prensa y que alguien explicara todo eso.

Pero quedaba mucho aún. El Benfica metió cambios rápidos, no así el Madrid. Todo siguió parecido, aunque más equilibrado. Tchouaméni siguió sosteniendo todo. “Partido descomunal... en lo suyo, lógicamente”, insistía el comentarista parabólico Maldini.

Hubo una amarilla a Prestianni por tirarse al llegar al área. Qué joya el muchacho, qué canchero. Le faltó robarle al árbitro el pinganillo.

Cuando sacaban a Mou sentíamos un poco de pena por él y se vio claro que se autoexpulsó buscando o evitando algo.

Entró Pitarch, y hubo que entenderlo como promesa de continuidad en el toque, y de la grada cayeron mecheros, vapeadores, y una botella que impactó en Vinicius, al que todo le resbala. Se las veía con el patibulario Otamendi, que le enseñaba un tatuaje, probablemente el de la Copa del Mundo (menos mal que se lo tatuó ahí). De esa Copa del Mundo tendría tanto que decir Mbappé que sólo se reía con sorna.

El partido acabó revelando la superioridad de Mbappé sobre todo y recordándonos que el Benfica, Lisboa, Portugal son, pese a que a veces nos queramos ilusionar, tan ibéricos como los demás.


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