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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 10 de junio de 2017

30ª de San Isidro en Madrid. Inesperada por indigesta moruchada de Aldolfo Martín / por J.A. del Moral



Salvo el muy prolongado esfuerzo de Antonio Ferrera con el cuarto toro que apenas le dejó estirarse por inconclusos aunque saboreados naturales, los demás dieron un juego desesperante por lo imposible que fue sacarles partido. En tal naufragio, lo peor de lo peor se lo llevó Juan Bautista y el más peligroso sexto Manuel Escribano que se la jugó sin la más mínima contrapartida. En tamaño desastre ganadero, la mayoría de los presentes que casi llenaron la plaza no cesaron de echar pestes salvo los ayer extrañamente silentes y casi todas las tardes reventadores del tendido 7 que permanecieron callados como muertos pese al mayúsculo petardo que pegaron las reses que tanto jalean cuando dan buen juego.

  • Finalizado el paseíllo y sin deshacerse el desfile de cuadrillas, todos descubiertos, se guardó un sentido minuto de silencio por Ignacio Echeverría, muerto en el atentado terrorista de Londres.

Inesperada por indigesta moruchada de Aldolfo Martín

J.A. del Moral · 10/06/2017
Madrid. Plaza de Las Ventas. Viernes 9 de junio de 2017. Trigésima de feria. Tarde muy calurosa con casi lleno.
Seis toros muy bien aunque desigualmente presentados, varios cinqueños y todos cárdenos de Adolfo Martín. Dieron pésimo juego en distintos grados porque los hubo sosos como el segundo, el tercero y el cuasi inválido quinto, mínimamente manejables como el cuarto, y peligrosos como el primero y, sobre todo, el sexto.
Antonio Ferrera (turquesa y oro): Pinchazo y estoconazo trasero, silencio. Tres pinchazos, otro hondo, bajonazo y dos descabellos, dos avisos y ovación que agradeció desde el callejón. 
Juan Bautista (verde ingles y oro): Tres pinchazos y media caída, silencio. Estocada corta, silencio.
Manuel Escribano (berenjena aterciopelada y azabache): Estocada casi entera de rápidos efectos, silencio. Estocada, palmas de despedida.
Destacó en la brega José Montoliú.

Finalizado el paseíllo y sin deshacerse el desfile de cuadrillas, todos descubiertos, se guardó un sentido minuto de silencio por Ignacio Echeverría, muerto en el atentado terrorista de Londres.

Por demasiado confiado en el saludo del primer toro, Antonio Ferrera fue alcanzado y de puro milagro no corneado en el bajo vientre – le reventó la bragueta y hubo que envolverle con un ancho fajín de esparadrapo – pasando a escenificar exageradamente varios lances de pura brega, mas un breve quite por chicuelinas y media afectada, antes de ofrecer palos a Manuel Escribano alternando ambos en un segundo tercio que cubrieron con notable desahogo. El toro había cumplido en varas, recargando en el primer puyazo y acudiendo al paso en el segundo, quedando cuasi imposible para la muleta, pese a lo cual, Ferrera apostó demasiado hasta sufrir un serio amago de cogida y rematar su labor con un abaniqueo que precedió al pinchazo y la estocada trasera con que mató.


Al cuarto toro lo saludó Ferrera con lances de pura brega antes de derribar con estrépito en el primer encuentro con el caballo, yendo de lejos al segundo con engañosa bravura. Hizo bien Ferrera en no banderillear como suele y bien quedó demostrado por qué, dado el evidente peligro que tuvo en el segundo tercio, esperando y persiguiendo con guasa a los peones que apenas lograron clavar un solo palo en cada intento y menos mal que Montoliú les protegió con una brega magistral. Pero el peligroso morucho acabó dejándose torear por el lado izquierdo sobre todo tras un largo e infructuoso prólogo. Medios viajes que poco a poco fue alargando Ferrea con apuntados naturales en los que quiso sentirse estéticamente, contentando al público que jaleó varios aunque dando lugar a prolongar el trasteo creo que excesivamente, quedando el animal descolgado para entrarlo a matar. Resultó muy difícil de cuadrar y aún mas de matar, lo que Antonio consiguió en varias agresiones infructuosas con los aceros – en una de ellas casi le cogió buscando la igualada -, dando lugar a que sonaran dos avisos, lo que no quitó para que el público agradeciera al torero su ímprobo esfuerzo.


Nada de particular y nula importancia consiguió el espada francés, Juan Bautista, con ninguno de los toros que le cupieron en desgracia. El segundo acabó muy soso con medios viajes yendo de medio potable hasta pararse. Juan Bautista también tardó en matar en cuatro intentos. Y menos mal que al cuasi inválido y mansísimo quinto lo despenó de una estocada corta tras breves y frustrados intentos con la muleta.


Manuel Escribano, en cambio, hizo todo lo humanamente posible por destacar. Al tercer toro lo recibió con una muy limpia larga cambiada de rodillas, sufriendo luego una colada por el lado izquierdo al llevarlo al caballo, entrando el animal con fuerza y violencia tanto en la suerte de varas como en la de banderillas, tercio que Escribano compartió con Ferrera sin demasiado brillo. Escribano sacó al toro hasta el tercio para empezar su faena de muleta, sufriendo una colada por el lado derecho, momento en el que el animal perdió el brío que había mostrado en los inicios de su lidia, quedando soso e insulso y para nada lucido en los frustrantes intentos que provocaron el hastío del respetable hasta sonar pitos hasta morir de una estocada de muy rápidos efectos.

Al sexto lo saludó con meritorias verónicas antes de que fuera muy difícil de colocarlo ante el caballo. Hubo que intentarlo varias veces para ser picado. Tras un quite por revolera y enredosa serpentina de la que Escribano de libró de milagro, el sevillano banderilleó en solitario con vistosidad, arrojo y mucha exposición. Y tras brindar la faena al público, jugándose la cornada varias veces  mientras duró el angustioso trasteo en el que el peligrosísimo animal hizo hilo y a poco estuvo de ser cogido y herido varias veces sin que el suicida esfuerzo mereciera la pena tal cual le señalaron muchos espectadores. Por fortuna divina, Manuel mató pronto y con efectividad. Y respiramos todos los presentes.  Tanto por el gran y largo riesgo que padeció el valentísimo sevillano como por llegar el fin del horrible espectáculo.