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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 2 de junio de 2017

Extremadura: a gustísimo / por Joaquín Albaicín


El recital de Salomé Pavón ante el retrato del inmortal Marqués de Porrina -gafas, pelliza y porte- se ve hasta cierto punto marcado por su preocupación por que su alergia al polen no le permita dar su mejor medida, pero la verdad es que su cante por siguiriyas, tangos y fandangos nos sabe a gloria a mí y a la concurrencia por el derroche de valentía, flamencura, dolencia y verdad con que es trenzado por su garganta de estirpe y de afinación supina. 

Extremadura: a gustísimo

Hasta Mérida llegamos Salomé y yo, tras cruzarnos en la autovía con dos carros de gitanos del siglo XIX, por la Ruta de la Plata, flanqueada por las fincas de bravo en que los astados de más pedigrí viven en solaz. ¡Emérita Augusta! Una de las cunas más egregias del ars flamenco, circuito de ruinas imperiales espolvoreadas con el pimentón de la Vera que venden junto al anfiteatro y que tan peculiar gusto da a los huevos rotos de Casa Patas… A menudo recuerdo aquellas noches flamencas en su Teatro Romano -unos años han corrido- por las que desfilaron Enrique Morente, Joaquín Cortés, La Kaíta con Miguel Vargas, Manolete, El Güito, Ketama y otros cuantos artistazos más. Miguel y Juan Vargas, tándem de guitarras de rango, nos recogen al atardecer en el Hotel Las Lomas y partimos hacia Badajoz, donde Paco Zambrano -médico eminente, historiador del flamenco y desde hace muchos años promotor escénico del arte hondo en la región- ha dispuesto que sea Salomé la protagonista de esta velada de cante en la Tertulia Flamenca de la Asociación de Arte Flamenco de Badajoz, peña con ya alrededor de cinco décadas de solera. Hace mucho que nos conocimos en una comida organizada en Madrid en los tiempos en que comenzaba a cobrar forma el proyecto de la erección de una estatua a Porrina en la Plaza Alta.

Paco nos obsequia nada más llegar con su más reciente libro: Artistas flamencos extremeños en discos de 78 rpm (1899-1960), al que acompaña la recuperación en formato CD de grabaciones en pizarra de Porrina, Manolo Fregenal, Manolo y Pepe de Badajoz, Pepe Azuaga… Lo abro y voy a caer sobre una foto de mi tío Miguel y Pepe de Badajoz impresionada en la época en que, él como bailaor y en calidad de guitarrista el segundo, recorrieron América con Argentinita. Y bueno, una copita y a ir tomando asiento.

El recital de Salomé Pavón ante el retrato del inmortal Marqués de Porrina -gafas, pelliza y porte- se ve hasta cierto punto marcado por su preocupación por que su alergia al polen no le permita dar su mejor medida, pero la verdad es que su cante por siguiriyas, tangos y fandangos nos sabe a gloria a mí y a la concurrencia por el derroche de valentía, flamencura, dolencia y verdad con que es trenzado por su garganta de estirpe y de afinación supina. Las guitarras de los Vargas padre e hijo -el mayor de los cuales es prácticamente el “constructor” sobre el diapasón del toque por jaleos tradicionales, que en su día, al llevarlos Porrina a Madrid, pasarían a integrar una variante de la bulería- conducen la nave con el son y sabor que les caracterizan, ganándose también lo olés por derecho. Han llegado además a escuchar a su compañera otros artistas, como Francisco Escudero Perrete, la joven y gran promesa de la tierra, y como La Kaíta y Alejandro Vega, a quienes vimos hace no mucho formarla a lo grande en Casa Patas con ese cuadro extremeño que integran junto al toque de los Vargas y el baile de Peregrino y que -Nimes, Bruselas, Lisboa, Praga…- está recorriendo el mundo en triunfo. Los tres se incorporan al fin de fiesta y esto echa más chispas todavía, porque, además de aunarse fuerzas, pocos pueden, a ritmo de tangos, chistar ni de lejos a estos talentos.

Vamos después a regalarnos una buena cena en Nuevas Redes, el restaurante regentado por Santiago Centeno y Mari Carmen Rosado en la Plaza de las Américas de Badajoz, con el que todo amante del arroz tiene contraída una cita ineludible y donde se sirve la mejor tarta de queso que he probado en mi vida. El queso tira mucho por estos pagos, como dan fe esos bocadillos de ídem que Kaíta no cambia por ningún otro manjar del mundo. Y bueno, aquí Alejandro Vega es, con permiso de los dueños, capitán general, y aquí somos por él emplazados a volver y comer un arroz mañana, cuando por la tarde actuará mano a mano con Kaíta.

Lo prometido es deuda, y aquí estamos ya ante el arroz con pulpo y a sólo un ratito de disfrutar del programado recital del ala dura del flamenco extremeño. Pasa por nuestro lado un cura y saluda a Alejandro. Pasa un militar, y también. Llegan Asunción Solís, Yolanda, Ruth Pérez Pardo, Paula Rubio, Quique Herrero, más aficionados… Y más fuerzas vivas, porque a Alejandro y Kaíta no les siguen sólo la Iglesia y la milicia. También se sientan a tomar una copa y disfrutar de su duende Guillermo Fernández Vara, Presidente de la Junta de Extremadura, y Celestino Vegas, diputado en la Asamblea y que quiere retomar el asunto del pendiente y merecido homenaje a tributar a Juan Cantero, la voz que después de Porrina más contribuyó a la difusión los estilos flamencos de este solar de conquistadores.

Suenan ya con timbre añejo los bordonazos en la guitarra de Nene Salazar y rompe plaza Alejandro Vega con su minera desgarrada por el hervor del duende. Tío de Remedios Amaya, el cante de Alejandro es inspiración o no es, como debe ser, y los olés no cesan, desde esa y aquella otra mesa, de surcar el aire. Se duele después Kaíta por fandangos y tangos con su arrojo legendario y ese metal suyo privilegiado, en el que resplandecen las mejores vetas de la Ruta de la Plata. Bordan los dos en pie y a dúo Al alba en una versión que desata también los olés y que firmaría el más exigente de los melómanos. Invitan a sumárseles a Salomé Pavón -sabrosa patada por bulerías y doliente fandango caracolero- y Perrete, que borda dos rizados fandangos por Porrina. Una fiesta, en fin, de las de punto y final.

Estamos ya al otro día y, mientras Antonio Maya -que pronto se pondrá a cincelar por encargo de Flamenco On Fire una estatua de Sabicas que será instalada en la calle donde nació- nos informa por teléfono de que se dispone a emprender con dos libros y una mochila el Camino de Santiago, llegamos a la plaza de toros de Mérida, sucesora desde 1914 del mitreo hoy visitado por el turismo y donde hemos quedado para comer con Miguel y Juan Vargas. Carteles de El Viti, de Paula, de Talavante, de Roca Rey, una placa en recuerdo de Paquirri… Es una sorpresa y una alegría encontrar con ellos a Fernando, de los Verdinos, la familia a que Cantero pertenece por el lado materno e indiscutible referencia si de hablar de los jaleos gitanos de Badajoz se trata. ¡Fuente fundamental! Con ellos aprendió Miguel, jovencísimo, el compás por jaleos y con Fernando -familia por matrimonio del Indio Gitano– viví yo noches flamencas inolvidables en la época gloriosa del Candela y del primer Casa Patas, donde triunfaban el cante y el baile de su hija La Pilonga. Hablamos sobre lo mucho que nos gustan a todos El Pele y Pansequito por siguiriyas y soleá, del baile de José Maya y Pepe Torres y del disco en solitario que prepara Miguel. Después de comer caen unos chupitos, suenan los flamenquísimos pulgares de los Vargas y allí mismo, en el pasillo de la plaza, nos deleita Fernando con varias delicatessen por jaleos y una incandescencia en el cante por soleá que para sí quisieran innumerables profesionales, y Salomé con las siguiriyas y tangos brotados de su eco meloso y de fragua.

Aquí se está a gustísimo, la verdad, y se marcha uno con la sensación de que en estos tres días ha escuchado y disfrutado todo el flamenco que un alma necesita para poder decirse sana. Me parece que en los próximos meses nos vamos a dedicar a viajar y a hacer un poquito de cura de ayuno de las citas flamencas oficialmente ineludibles, en las que el reflejo de quién es quién en el planeta hondo se nos muestra, la verdad, cada día más desdibujado. Un solomillo de retinto, un plato de pluma, unos chupitos, un arroz y una tarta de queso o una dulcísima herradura preparada por Mari Carmen mientras tararea una de José Manuel Soto en la cocina de Nuevas Redes… Entre medias, una minera, una siguiriya, unos jaleos… Yo se lo recomiendo, vamos. En el inmediato futuro, lo dicho: me voy a enplear a fondo en esta línea. En los festivales a los que va todo el mundo, se me va a ver poco. O menos de lo usual, quiero decir, pues tampoco es cosa de abanderar un exilio a tiempo completo. Pero conviene dosificarse y, desde luego, poder comunicar a quien interese y sin suscitar en el oyente duda alguna que uno ya ha dejado la Cuesta y ahora, mayormente, vive en el Gurugú.

Foto: José Luis Chaín