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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 22 de julio de 2017

Dejad que los niños se acerquen aquí / por Paco Delgado




Todo un éxito ha resultado la iniciativa de la Diputación de Valencia, organizando un certamen en su plaza de toros para que actuasen alumnos de las escuelas de tauromaquia de España, Francia y Portugal. Un evento en el que se ha visto a chavales que, el día de mañana, pueden ser figuras.

Dejad que los niños se acerquen aquí

Todo un éxito ha resultado la iniciativa de la Diputación de Valencia, organizando un certamen en su plaza de toros para que actuasen alumnos de las escuelas de tauromaquia de España, Francia y Portugal. Un evento en el que se ha visto a chavales que, el día de mañana, pueden ser figuras.

Y aunque el camino es mucho más largo y sinuoso que al que cantaban The Beatles en el histórico hit de Lennon y McCartney, halagüeño es el futuro, visto lo visto, para, por ejemplo, Manuel de los Reyes, de la Escuela de Cataluña, Rafi, de Nimes, Francisco de Manuel, de Colmenar Viejo, Borja Collado y Jordi Pérez de Valencia, Joao d’Alva, de Villafranca de Xira o el murciano Ramón Serrano. Y, aunque ejercieron como subalternos, también es de destacar y resaltar como merece la actuación de otros dos chicos de la escuela valenciana, Mario Hueso, que a lo largo de los tres días derrochó afición, pundonor y ganas, dejando ver sentido de la colocación y visión de la lidia, y Alejandro Contreras, que lidió con criterio y eficacia.

Pero con ser todo eso importante, muy importante, también lo es el que la plaza registrase grandes entradas a diario. Y eso que apenas se dio publicidad a la cosa y hubo mucha gente que ni se enteró. Aún así -si, también es verdad que era gratis- los tendidos del viejo coso de Monleón tuvieron más público que muchos espectáculos de abono, lo que va muy bien para ir haciendo clientela, acostumbrando al personal a ir a la plaza y, ojo, esto es vital, aficionar a los más jóvenes.

Ese fue el otro gran éxito del concurso de escuelas que sirvió de prólogo a la feria de julio. Muchos niños, cientos o hasta miles de ellos, desde casi bebés hasta adolescentes, se pudieron ver estos días por la plaza. Pequeños futuros aficionados que en muchos casos no aguantaron bien la duración de los festejos -es excesivo, también para los mayores, que una clase practica se vaya hasta las dos horas y media- pero que en muchos otros siguieron atentos y expectantes lo que pasaba en el albero. No fueron pocos los que, al finalizar la función, saltaban al ruedo y trataban de repetir e imitar lo que habían visto un poco antes. Otros, incluso, acompañaron a los destacados en sus triunfales y orgullosas vueltas al ruedo, dejando ver que la afición por los toros la llevan ya muy dentro.

Y de entre tanto crío como se pudo ver, es de destacar el ejemplo de un infante creo que inglés -en inglés hablaba y por su aspecto, y el de sus papis, pecosos, más pelirrojos que rubios, con sandalias y calcetines, camiseta y pantalón corto, sombrerito de exploradora la mami, puede que no yerre haciéndole británico-, absorto, embobado con lo que veía en el ruedo. Me hizo gracia y me fijé en él un buen rato. No quitaba ojo de lo que sucedía en la arena y, como había cosas que no entendía, preguntaba a su padre, que tampoco parecía darle respuestas satisfactorias. Esperé a ver cómo reaccionaba cuando se matase al eral, pero la verdad es que no pareció dar más importancia al hecho que la que realmente tiene. No retiró la vista, ni dio muestras de repugnancia, temor ni rechazo: hasta incluso esbozó un amago de aplauso cuando el astado dobló y el espada saltaba jubiloso por lo hecho. No le sentó nada bien en cambio, que su progenitor, al cabo de un rato, le dijese que había que irse. El chiquillo quería seguir contemplando aquella novedad que tanto le fascinaba y protestó lo que pudo pero sin éxito, siendo sacado casi a rastras de la localidad que ocupaba.

Pero la sorpresa más grande me la llevé al día siguiente, cuando, junto a sus padres, le ví llegar a su sitio, más contento que unas pascuas. No se perdía detalle, seguía la lidia con tanta admiración como curiosidad y tentado estuve de bajar de mi localidad e ir explicándole los cómo y porqué de lo que sucedía entre toro y torero. Pero ni tengo tanto dominio del inglés ni podía dejar de hacer mi trabajo, aunque no estaría de más que alguien tomase nota y se llevase cada tarde de corrida a grupos de niños a los que se les fuese contando qué es lo que pasa en una festejo taurino. Así es como se va fomentando la afición y así es como se debe ir renovando al público, sin que se deje esta cuestión al albur ni que ello se produzca por generación espontánea.

Foto: Andrés Verdeguer