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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 25 de mayo de 2018

A LA VEJEZ …, RECUERDOS / por BENJAMÍN BENTURA REMACHA


A LA VEJEZ …, RECUERDOS

BENJAMÍN BENTURA REMACHA
Zaragoza, mayo de 2018.
Gracias a Juan Lamarca y su portal “Del toro al infinito” me enteré de  algo que renovó mi juvenil gozo. Hace muchos años publiqué en “El Ruedo” una serie de artículos sobre le historia taurina de Méjico (con j), el primero, el 19 de noviembre de 1953, y el último de los once totales, el 18 de febrero de 1954. Tenía por entonces 22 años y veía crecer la hierba periodística. Podía con todo, hasta con emprender tan gran empresa. Existía desde 1924 la “Historia del México Taurino” de Nicolás Rangel, pero yo no la conocía. Mi madrina, Clotilde Íñiguez, era bibliotecaria de la Nacional y fue mi máxima consejera para informarme del devenir torero de aquellas latitudes. Con esa sólida base hice todo el esfuerzo posible para que mi trabajo tuviera cierta altura y validez. Años después completé ese trabajo hasta llegar a nuestros días y se lo ofrecí a la Casa Domecq, que por entonces tenía una prestigiosa delegación en la tierra de los aztecas y algunos indígenas más. Me argumentaron que no era conveniente la publicación de un libro escrito desde España. Ahí se quedó la carpeta con sus docenas de folios a máquina y mis ilusiones mustias como las hierbas que veía crecer. 

Repaso el blog (¿se dice así?) de Lamarca y encuentro mi nombre añadido al seudónimo con el que me inicie en estos menesteres: “Barico II”. Hablaba de mí y de mi trabajo don José Francisco Coello Ugalde, lo hacía elogiosamente y justificaba mi condición y naturaleza, la española, claro, y lo de escribir México con j. Esto lo corregí pronto, en 1964, cuando estuve unos meses al otro lado de los mares. Me sirvió de mucho aquel viaje. Fue como el estallido de una nueva galaxia en mi propia mente. Una ventana al exterior. Aquel año estuvieron en México Paco Camino, Diego Puerta, Miguelín, Álvaro Domecq y Manuel Benítez en su paseo termonuclear por la plaza de “El Toreo”, fuera de las fronteras del Distrito Federal, aquel tremendo edificio de hierro que tenía una cubierta abatible que hacía un ruido infernal cuando se ponía en marcha. A Juan García “Mondeño” le despidió Carlos León con una carta al Papa Juan XXIII, a Camino, en su salida a hombros de la México, le sacaron del estuche la Rosa Guadalupana que había ganado en buena lid y la grey taurina mexicana no tenía otro peón que Jaime Rangel para plantarle cara a uno de los españoles que ha mandado en sus ruedos, “El Niño Sabio de Camas”, ya no tan niño y recién casado con Norma Gaona, la hija del empresario de la Monumental. Conocí a unos cuantos toreros históricos: “Armillita”, Garza, “El Soldado”, “El Calesero”, Fermín Rivera y luego, en España, a los hijos de algunos de ellos, Manolo Espinosa, Alfonso Ramírez y Curro Rivera, el que cortó cuatro orejas una tarde en Las Ventas. Tres toreros nuevos en esa campaña mexicana de 1964 que maduraron en las plazas españolas, Fernando de la Peña, al que le dio la alternativa Antonio Bienvenida en Barcelona, Guillermo Sandoval, también doctorado en la capital catalana, y Oscar Realme, en Oviedo, los tres confirmados en Madrid antes de volver a su tierra para continuar sus inciertos caminos. Don Isidoro, murciano y masón, era el conserje de la Monumental, la que me enseñó por dentro y por fuera y hasta el bar de la logia a la que pertennecía. Nada más.

Tuve contacto con excelentes escritores como Álvaro Albornoz, hijo del ministro de la II República Española y jefe del Gobierno en el exilio, autor de unos aforismos a los que llamó “revoleras” y persona de sutil humor: “Tuvo que suspender la batalla porque con tantos tiros no podía escuchar bien la música que tocaban las bandas militares”. A mi tío José María, primo hermano de mi madre, que decía que no volvería a España hasta que se muriera Franco, le recomendaba: “Pues vuelve y no le hables”. El citado Carlos León, sus cartas a famosos y los diálogos de las películas de Cantinflas. Se parecía mucho a Alfonso XIII. Otro mucho más vinculado a los toros, Carlos Fernández y López de Valdenebro, madrileño de nacimiento (1912), hijo del secretario de las Cortes de la II República y de “veraneo” en tierras mexicanas. En los carteles, “Pepe Alameda”, locutor, escritor, poeta, recitador y, en inglés, “showman”, hombre espectáculo. Vino a España a retransmitir “la corrida del siglo” desde Jaén y con “El Cordobés” de protagonista. Le entrevisté en la cafetería del hotel Wellington y me sorprendió que desayunara con coñac francés, Napoleón. Su frase: “El toreo no es graciosa huida sino apasionada entrega”. Su obra: “Los Arquitectos de la Moderna Tauromaquia”. El toreo ligado de Manuel Jiménez “Chicuelo” y su faena con el toro “Corchaíto”, de Pérez Tabernero. Madrid, 24 de mayo de 1928. En estos días se cumple el noventa aniversario. “Chicuelo” fue también uno de los favoritos de los aficionados mexicanos. De Rodolfo Gaona, el Indio Grande, tenía referencias por mi padre cuando visitó España y le preguntó por Paquita Escribano, una cupletista de gran fama y con vínculos en Ejea de los Caballeros. Gaona se casó con la Moragas y su matrimonio duró menos que el de Rafael el Gallo con Pastora.

Una hermana de “Pepe Alameda”, María Victoria Fernández y López de Valdenebro, divorciada de José María Jardón, empresario de Las Ventas con don Livinio y Escanciano, fue la segunda esposa de Domingo (López) Ortega. La primera, la hija de los marqueses de Amboage, murió joven y como consecuencia de un acceso en la cabeza que se le infectó con un tinte que le aplicaron en la peluquería en abril de 1944. Su familia pleiteó denodadamente para conseguir el cincuenta por ciento de lo que había ganado el de Borox  en las plazas de toros durante los siete años de matrimonio (No recuerdo que hiciera a mi lado ningún paseíllo y vestida de luces”). Creo que se conformaron con las joyas de la fallecida. Dos años después, el 21 de septiembre de 1946, Domingo se casó en Madrid, en San Fermín de los Navarros, con María Victoria, “Picuqui”.

Recuerdo un libro del cronista de la ciudad de México, Artemio de Valle-Arizpe, “Calle Vieja y Calle Nueva”, en el que menciona a  Bernardo Gabiño, un torero de Puerto Real, Cádiz, y del que dice que “ocupa lugar preeminente y campea lleno de prestigio en la historia de la tauromaquia mexicana”. Asegura que vivía en el número 5 y medio del callejón de Tarasquillo y cita a la señora de Calderon de la Barca y su obra “Vida en México”, en la que hace unas encarecidas alabanzas de Gabiño, su garbo y fina gracia bailando la zarabanda, el vito, la farruca, el polo, las peteneras, soleares o la jota aragonesa, valenciana o murciana, el zapateao, la jarana, el palomo, la zanchenga o el jarabe. No había baile que se le resistiera. Dicen que el de Puerto Real asombraba a los aficionados con sus fulgurantes e incomparables metisacas. Cuenta el cronista un ataque de indios comanches (¿?) en un viaje en el que le acompañaban su picador Ignacio Cruz y su banderillero Fernando Hernández, su defensa con las balas de las carabinas y su llegada al lugar de destino heridos pero respondiendo a su función de toreros. El portorrealense  ganaba y gastaba largo, quebró la casa comercio (hoy, Banco) donde tenía sus ahorros de 80 mil pesos y, entre la pobreza y los achaques de la vejez, se contrataba por 30 pesos por corrida, hasta que el 31 de enero de 1886, en Texcoco, cuando un toro de Ayala, “Chicharrón”, le pegó una cornada junto al recto, no se dejó intervenir en el cochambroso cuarto que servía de enfermería, lo trasladaron a la capital y, en el cuchitril del callejón de Tarasquillo donde residía, murió el 11 de febrero, a las 9 y media de la tarde. 

Dice don Artemio de Valle - Arizpe que Gabiño tenía cuando falleció 83 años, no sale la cuenta, y que llevaba 51 de torero. Puede que esos años fueran los que llevaba en México, a los que habría que sumar los que toreó en España antes de partir hacia las Américas. Según mis noticias en realidad tenía 73 años, tampoco edad muy propicia para enfrentarse a los toros. La figura de Gabiño ha sido realzada por don José Francisco Coello Ugalde, mi panegirista mexicano que se considera a sí mismo como “maestro de Historia”. Ni profesor, catedrático o doctor, MAESTRO. Y sus apellidos me recuerda, el primero a uno de los banderilleros más artista de Portugal, Mario Coello (Conejo), matador de toros después, y el segundo, Ugalde, al más auténtico caricaturista español, de Tarazona de Aragón y cuarenta años en las páginas de ABC. El maestro Coello Ugalde dice que Gabiño nació en Puerto Real el 20 de agosto de 1812, que no tomó la alternativa en España, que se la dio Manuel Domínguez “Desperdicios” en Montevideo, Uruguay,  y que su presentación en México se dio entre 1829 y 1834. Fue Gabiño el primero que otorgó una alternativa en las plazas mexicanas, en 1879 y a Ponciano Díaz, que una vez doctorado sí vino a la península para torear y sorprendió más que nada por su poblado bigote.

En el libro de Luis González Obregón publicado en 1947 con ilustraciones de Bardano y Molina, “Las calles de México”, se cita la Plaza del Volador como el lugar de la ciudad de México en la que se celebraban las grandes fiestas populares, perros y liebres, peleas de gallos, juegos de cañas y suelta de toros bravos. Citan como especiales las fiestas de febrero de 1773 y las del mismo mes de 1803, en la que hubo un eclipse de sol. Como anécdota de los festejos de la “Plaza del Volador”, no sé si fidedigna y creíble, la de que Hernán Cortés, en unos juegos de cañas en el siglo XVI, sufrió tal cañazo en un pie y del que anduvo mucho tiempo cojo y enfermo. Fue peor lo de “la noche triste”.

El caso es que gracias a mi padre y su actividad como cronista de toros yo tengo un antiguo y buen recuerdo de los diestros mexicanos. El 24 de agosto de 1934 se publicó en “El Debate” una crónica firmada por “Barico”, Benjamín Bentura Sariñena, de un mano a mano entre Lorenzo Garza y Luis Castro “El Soldado”. Calor sofocante, Joselito Gómez como sobresaliente y novillos de Coquilla. Lleno a reventar en la plaza que se iba a clausurar a finales de aquel mismo año para ya inaugurar la de Las Ventas del Espíritu Santo. Garza y su compañero brindaron sus respectivos primeros novillos a Domingo Ortega. Lorenzo “el Magnífico” cortó sendas orejas al primero y al tercero, pasó a la enfermería y no mató al quinto. Lo mató Luis Castro que obtuvo las dos orejas y el rabo del sexto. La crónica  fue ilustrada con cuatro apuntes a pluma de Roberto Domingo, dos muletazos de Garza, uno de “El Soldado” y la estampa de un toro. Le regalaron a mi padre aquellas obras de arte que yo vi siempre en las paredes de nuestra casa madrileña de la calle Libertad y luego de Colomer, junto a la Avenida de Los Toreros. Y ahora los contemplo cada día, privilegiado que soy, en mi cuarto de estar zaragozano. Mi santo y seña por los siglos de los siglos. 

A Luis Castro “El Soldado” lo conocí en mi viaje a México, también a Garza que recuerdo que alternó una tarde con José Fuentes creo recordar que en su tierra natal, Monterrey, regiomontano, maravilla expresiva, y luego, en Madrid, en el Museo de Las Ventas, el día en que Pablo Ignacio Lozano presentaba su escultura, reproducción en bronce de una extraordinaria foto de Arjona de un lance de Antonio Ordóñez con una rodilla en tierra. Otra maravilla. A Fermín Espinosa “Armillita” le saludé en Pamplona en el hotel Yoldi, antes de que el Maisonave nos recogiera a los escribidores taurinos, entre los que estaba también don César Jalón “Clarito”, ministro de la República que me contó que le había retirado de la crítica Franco al reconocerles a algunos de los ministros republicanos una jubilación. “Si tengo alguna necesidad especial escribo un artículo para El Ruedo” – me contó don César en nuestro último “sanfermín”. Ya había publicado sus interesantes y sabias memorias”.

Bueno, me he alargado demasiado. Me puede la inquietud de no tener el tiempo suficiente para contar mis recuerdos y me motiva el impulso que me ha dado el reconocimiento del MAESTRO DE HISTORIA don José Francisco Coello Ugalde, a quien dedico esta mi memoria de más que un octogenario superviviente.