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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 30 de mayo de 2018

La “lealtad” que un villano incapaz puede guardarle a un presidente melindroso y cobarde se llama “moción de censura”



Aquí se está negociando una reforma constitucional a espaldas del pueblo que, lejos de acabar con las autonomías cancerígenas que nos devora, y lograr la recuperación por parte del gobierno central de competencias en educación, sanidad, justicia y seguridad, como creo que está demandando el pueblo, lo que pretende es la voladura controlada de la nación y venderla después como almoneda.


La “lealtad” que un villano incapaz puede guardarle a un presidente melindroso y cobarde se llama “moción de censura”

Hace escasas semanas el presidente Rajoy, encolerizado con el líder de Ciudadanos, ponía en alza la firme “lealtad” de Pedro Sánchez y del PSOE en asuntos de Estado. Me imagino al dirigente socialista desternillarse de risa en la intimidad, mientras ante los medios de contaminación se vanagloriaba de las alabanzas recibidas.

Es evidentes que los dos personajes están más que amortizados. La “lealtad” que un villano incapaz puede guardarle a un melindroso cobarde, se llama “moción de censura”. Todavía tengo en la retina aquella imagen de Mariano Rajoy frente a Pedro Sánchez en un plató de televisión, y recuerdo con detalle el momento en el que el incapaz y ambicioso discípulo de Zapatero llamaba “indecente y retrógrado” a un presidente del gobierno que, en aquella campaña electoral, fue golpeado públicamente por un joven podemita visiblemente crecido y envalentonado.

La única razón que ha llevado a los líderes del bipartidismo a ofrecer esa falsa imagen de unidad, no es otra que saberse responsables, ante la crisis institucional por el golpe de estado en Cataluña, del daño causado a España y a los españoles por gobiernos del PSOE y del PP desde 1982, en su concubinato con quienes siempre han tenido como objetivo independizarse de España.

De esa falsa unión se desprende la ineficaz aplicación del 155 a la carta, que nunca ha tenido como objetivo la intervención de la autonomía y los medios independentistas, ni detener a los golpistas, ni disolver el cuerpo de los mozos de escuadra por traición a la Patria. Se pretendió con ellos tapar la corrupción generalizada de sus partidos y de la antigua Convergencia, con Pujol a la cabeza, en busca de una salida pactada.

Aquí se está negociando una reforma constitucional a espaldas del pueblo que, lejos de acabar con las autonomías cancerígenas que nos devora, y lograr la recuperación por parte del gobierno central de competencias en educación, sanidad, justicia y seguridad, como creo que está demandando el pueblo, lo que pretende es la voladura controlada de la nación y venderla después como almoneda.

Mariano Rajoy ha vuelto a ser “sodomizado” por quien le redacta el guion. La moción de censura presentada por el líder socialista, so pretexto de la corrupción del PP tras la detención de Zaplana y la sentencia del caso “Gurtel”, mientras se olvida del latrocinio y la podredumbre de su propio partido en Andalucía, solo es el resultado de su ambición e interés personal para llegar a la Moncloa, aunque para ello tenga que aliarse con el más sinestro elenco de actores que se sientan en el Parlamento español: comunistas y separatistas.

A los actuales líderes de un bipartidismo que ha gobernado España desde 1982, respaldados por la mayoría de los medios de contaminación, les importa nada lo que la gente piense en momentos tan decisivos. Ambos se pasan por el forro de los caprichos el reproche que con más insistencia se les hace: haberse vendido durante cuarenta años a los nacionalismos separatistas y antiespañoles por un puñado de votos. Prueba de ello es la miserable y vergonzosa bajada de pantalones del gobierno ante los separatistas vascos, para sacar adelante los PGE.

Considero más necesario que nunca que, en lugar de enojarse por la puñalada trapera asestada por su “leal” jefe de la oposición con la presentación de una moción de censura, el presidente del gobierno debería disolver las Cortes y convocar elecciones. A continuación, si les quedase un ápice de dignidad, los dos líderes del bipartidismo se marcharían a sus casas, y solicitarían la disolución de sus respectivos partidos.