la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 15 de mayo de 2018

San Isidro'18. VI de Feria. El Presidente indulta porque sí al ramblero "Opaco", un buey del Santo con tipo de Rubia Gallega / por José Ramón Márquez


Opaco, el indultao (por el morro, como todos) de la Feria


Se han debido de correr las voces entre el enemigo y ahora resulta que estamos locos. Va bajando el aficionado J. hacia Las Ventas con sus prismáticos y su entrada honrada y religiosamente adquirida desde hace casi cuarenta años y al coincidir en el semáforo junto al comentarista Molés, le increpa a costa de las barbaridades que éste ha dicho acerca del presidente Magán, por lo de la oreja de Fortes, y el comunicador de pelo extremadamente negro le recomienda a J. que visite al médico, a lo que varios transeúntes -¡el roce hispánico!- rápidamente se suman al torbellino:

-¡Las cosas que hay que oír, Manolo!

Anda uno por la cosa del tuiter comentando tan ricamente sobre los toros de Baltasar Ibán, sin meterse con nadie, y allí salta el torero Cámara recomendando que el dinero que nos gastamos en la entrada de los toros, mejor lo gastemos en un psiquiatra.

-¡Disfrutan viendo el fracaso de un ser humano!

Ya no es aquello de “¡Tú es que no tienes ni p… idea!”, perfectamente asumido a lo largo de los años, ahora es que te mandan directamente a la jurisdicción del Doctor Esquerdo, que son capaces de dar por amortizado lo que se paga por la entrada con tal de que te pongan una camisa de fuerza y no vuelvas a pisar la Plaza y te ingresen en un manicomio, que como todo el mundo sabe es palabra que deriva de manía. Y, efectivamente, algo hay de eso: la manía de no ser de nadie salvo del que lo hace, la manía de querer ver toros complicados y de poder y ver cómo los toreros resuelven esas complicaciones, la manía de que importen un bledo las orejas y de no querer ni indagar qué diablos es eso de “reponer”, la manía de que cuando el toro es boyante el torero no se guarezca en la ventaja; la manía de no hacer ni repajolero caso de lo que digan los de los periódicos (¿alguien los compra?) o los de la inmunda sentina de la TV, la pública y la de pago. Manías.

***

Para esta innecesaria corrida programada para el día de hoy, víspera de la festividad de San Isidro, el equipo dombiano de Plaza1, como quien dice el Chief Commercial Officer o el Chief Global Resources Officer, decidió que había que adquirir la chatarra de Las Ramblas para traerlas a Las Ventas, para que se pudiese comprobar de manera fehaciente lo birria que es esa ganadería albaceteña, acaso porque los toros los deben dar de saldo: si compras cuatro te regalan dos y te invitan a una fiesta campera en un sitio que no sea la finca donde los crían, que no está aquello como para que vaya la gente.

Si ayer hablábamos de la manera de salir de los Ibán, tan listos, tan vivaces y despiertos, hoy tuvimos el más perfecto contrapunto con las salidas lentas, desganadas, faltas de vigor de las Ramblas juampedreras, que hubo dos que al ver la calle se dieron la vuelta a lo oscuro, y no querían salir del chiquero ni a estacazos. El primero, un chorreado en verdugo herrado con el número 26 había sido bautizado proféticamente con el nombre de Surcador, pues efectivamente su condición demandaba un arado para tirar de él y trazar una besana en el ruedo. Era el “toro” una especie de buey, que si lo pilla el del restaurante de Jiménez de Jamuz lo transforma en unas chuletas con cuatro meses de maduración como para quitar el sentido, pero para desgracia culinaria el bicho en vez de estar echando el rato al lado de La Bañeza infiltrando grasilla entre sus carnes, se tuvo que venir a Las Ventas a infiltrarnos de hastío mientras le veíamos ir de acá para allá con sus chichas bamboleando y mientras veíamos a David Moradando otra ración de davidmorismo al mundo y para el mundo. Por no alargarnos, que de verdad no merece la pena, cuando le pegó cuatro pases empalmados le jalearon lo de ¡Bieeeennnn!, y cuando el toro no se tragó esa sucesión ligada de pases que se suele confundir con el toreo, se quedó claro que bastantes problemas ha tenido el hombre con la pierna como para ponerla en el viaje donde te pueden clavar el pitón, o sea que pata atrás y a otra cosa, mariposa. La mundial vino en su segundo, Opaco, número 10, que el bicho, por lo visto en el rato que le vimos, era manso como la vaca de Milka, como la Vaca que Ríe, como la vaca del Portal de Belén, y no quería ni mirar hacia los capotes, que si le presentaban uno salía huyendo en dirección contraria. Bien es verdad que no daba la impresión de que ni la cuadrilla ni el matador estuviesen lo que se dice ansiosos de ir al toro, que era un manantial de incertidumbre, y le echaban los capotes con muy poquita convicción.

 Ahí estaban puestos todos ellos con sus oros y sus platas y moviendo los capotes, pero pidiendo que el bicho no se arrancase, no fuera a ser que la fuera a liar con el previsible arreón, que no llegó a producirse porque el animal no quería cuenta alguna ni con aquellos señores, ni con sus capotes, y el matador en vez de ordenar a su cuadrilla y comportarse como debía, se dedicaba a hacer señas de que ese toro había que cambiarlo, moviendo en círculo la mano con el dedo índice estirado, como cuando quieren que cambien en el tercio de varas. La verdad es que el público estaba estupefacto ante tal tsunami de mansedumbre y todos esperábamos la resolución de la ecuación, que podía haber dado lugar a un primer tercio curioso, con el caballo buscando al toro en los medios, o un segundo tercio de banderillas negras, además de las dificultades que el animal fuese poniendo sobre la marcha, pero los que así pensábamos debíamos ser unos pésimos aficionados, que queríamos ver el “fracaso de un ser humano”, carne de manicomio, y el Presidente del festejo, don Jesús María Gómez Martín, hombre cuerdo y enemigo del fracaso, decidió por su cuenta y por sus gónadas que ese toro manso no debería estar ahí, así que atendiendo la demanda del matador y, acaso por razones humanitarias pero de manera absolutamente no reglamentaria, sacó el pañuelico verde que echaba al toro y desataba la furia contra él y contra David Mora. Nos hurtó don Jesús la lidia del manso, vaya usted a saber por qué, quizás porque en estos tiempos que corren ese raudal de mansedumbre no debía ser políticamente correcto. Otro fiasco. A cambio salió una cucaracha negra de José Cruz y el respetable estuvo mortificando al torero durante lo que duró su lidia y muerte, que se desarrolló con argumentos como los descritos en el primero de la tarde, salvo en un hermoso inicio de faena andando y rematado con una inspirada trinchera, que fue un humo de pavesas.

Con Juan del Álamo -Iván del Álamo también podría valer- pasó lo de siempre: el primero de sus bueyes se medio movía y cuando se produjo la sacrosanta ligazón cosechó sus canónicos ¡Bieeennnnnn!, y cuando el toro no siguió el trapo de forma perruna se vio que su tauromaquia bebía de las fuentes de ese Nilo que es King of Seville, el Curro de San Blas: toreo ventajista, feo y extremadamente pueblerino, como de aquellos novilleros que veíamos en las fiestas de Becerril a finales de los setenta, aunque allí tenía su gracia. No merece la pena detenerse más en Juan del Álamo, que es torero muy visto en Madrid y que no muestra propósito de enmienda en su seguimiento de las pompas y seducciones de ese Príncipe de las Tinieblas taurinas al que nos referíamos más arriba.

Y de postre Garrido, que hoy cerraba su paso por San Isidro. Ya nos hubiera gustado que los que le llevan –los Garzón- se hubiesen atrevido a meterle mismamente en la corrida de Ibán, una corrida con casta donde el extremeño pudiese haber dicho algo frente a un toro de los que dan valor a lo que se hace frente a ellos y no echarle de cabeza al manantial de carne y mansedumbre de Las Ramblas para que su segunda tarde de Madrid se pasase “en pointe” y ahora se largue al campo a lamerse las heridas de cuatro toros para nada. Lo de matar lo lleva de pena, que ya decían nuestros abuelos aquello de que al matar “el que no hace la cruz se le lleva el diablo”, pues Garrido ni cruz, ni raya ni punto de cruz.

Los picadores no trabajaron, porque el que tenía que haberlo hecho a destajo, José Mario Herrero, se libró de esa mortificación por la atrabiliaria decisión del Presidente. Decir que Jarocho y Ángel Otero estuvieron bien ya es casi una reiteración cada día que se ve su nombre en los carteles.


El programa
Homenaje de (a) Óscar Escribano

El orden de Felipe IV
En la Feria de Chamaco, Curro Puya ha puesto una caseta
En la Feria de Domb, el Dr. Zaius ha puesto una consulta
(Alguacilillos dando número para consulta a la que te envía el Dr. Zaius,
si le llevas la contraria)

Cuadri desbadanado añorando las marimas en las goteras de Las Ventas