la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 30 de enero de 2026

Cuán largo me lo fiais / por Carlos Esteban

'..Lo que tenemos delante no es un error que vaya a afectarnos durante unos pocos años; es algo que cambiará la composición de nuestra nación, de lo que es España, para las próximas generaciones, quizá para siempre, alterando los valores, lealtades y visiones del mundo del país en que vivirán nuestros descendientes. Es una sola generación arruinando una paciente labor de siglos...'

Cuán largo me lo fiais

Carlos Esteban
A la tristeza de nuestras perspectivas nacionales y la exasperación de ver los males avanzando sin que nadie a cargo quiera hacer nada para frenarlos hay que sumar, y no es cosa menor, la humillación.

Puestos a sufrir los desmanes del poderoso, hay un oscuro consuelo en que exista alguna grandeza en este, siquiera como genio del mal. Sufrir bajo la férula de Stalin fue sin duda terrible, pero menos vergonzoso que padecer los desmanes de un mindundi arribista como Sánchez, un trilero bastante más afín a Rinconete y Cortadillo que a Nerón.

En ‘Sonámbulos: Cómo Europa fue a la guerra en 1914’, el historiador Christopher Clark hace la crónica de los 37 días en que unos líderes que no querían la guerra acabaron precipitándola de un modo casi inconsciente. Y uno recuerda ese fatal sonambulismo hacia la perdición en nuestra civilización, caminando resueltamente hacia desastres perfectamente visibles y evitables en el horizonte inmediato.

La regularización de medio millón más de recién llegados, con garantías risibles, es algo que apenas nadie quiere en una ciudadanía ya abrumada con los muchos y graves males derivados de esta rápida sustitución demográfica. Y, sin embargo, pocos están dispuestos, en un régimen democrático, a dejar de lado consideraciones menores para evitar el desastre.

Lo que tenemos delante no es un error que vaya a afectarnos durante unos pocos años; es algo que cambiará la composición de nuestra nación, de lo que es España, para las próximas generaciones, quizá para siempre, alterando los valores, lealtades y visiones del mundo del país en que vivirán nuestros descendientes. Es una sola generación arruinando una paciente labor de siglos.

Y ni siquiera es algo tan oscuro que no pueda preverse, calcularse incluso. Son números, operaciones matemáticas sencillas, al alcance de cualquiera: tasas de natalidad comparativas, ritmo de penetración, capacidad de nuestro sistema de bienestar social.

Pero ni aún así conseguimos superar banderías ya más tribales, heredadas y emocionales, cercanas al fervor futbolístico, que producto de una reflexión ideológica. Es la ceguera que fomenta el propio régimen de partidos de ignorar el largo plazo en favor de la mezquina ganancia inmediata y electoralista de «los nuestros».

Recordaba ayer en estas mismas páginas nuestro impagable Enrique García-Máiquez la ínfima calidad de quienes nos dirigen, la degradación de las élites. Y uno de los aspectos en que más se advierte esa putrefacción es en la aversión hacia lo grande y en la ceguera frente a las consecuencias que vayan más allá de unos meses.

La actitud de nuestros gobernantes con respecto al cambio demográfico, a dejar de ser lo que somos tan de golpe, es muchísimo más grave pero, en el fondo, la misma que afloró en la gota fría de Valencia o en el reciente desastre de Adamuz: un olvido de lo que llegará mañana y una concentración suicida en el inmediato beneficio político.

Algo que distingue al ser humano de los animales es, precisamente, su capacidad de prever y de sacrificar beneficios presentes menores por un bien mayor en el futuro. Así se construyeron no sólo catedrales que tardaron generaciones en terminarse, sino también redes de infraestructuras más prosaicas pero extraordinariamente convenientes.

Hoy nos estamos condenando, a ojos abiertos, a un futuro no sólo peor, sino más ajeno; no a un estar más desagradable, sino a un ser otra cosa, a un dejar de ser.

No hay comentarios:

Publicar un comentario