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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 21 de enero de 2026

El estado de la vía / por Hughes


'..Ahora pasamos a otra fase: el miedo. Ir en AVE siempre exigía un depósito de confianza cercano al avión. Parecía todo fino e inestable y el destino incierto. ¿Cómo se puede confiar en el estado de la vía con tanto desaprensivo, cabestro. sobrista y robacobre como hay? Era mucho confiar..'

El estado de la vía

Hughes
Cada cierto tiempo hay en España una horrible catástrofe que deja muchos muertos, como si el país demostrara así cumplir un destino tortuoso, dramático e histórico. Ya no es una guerra o el terrorismo, sino tragedias periódicas en forma de «catástrofes» o «accidentes» y, aunque haya alrededor una cierta lucha por su definición, se suelen quedar así, como meros episodios del azar que permiten demostrar la «grandeza del pueblo español», el desfile de almas bellas, y un matrimonio extraño entre el pueblo sufridor y solidario y el Estado (Estado Plañidera) que se hace «presente» en «toda su plenitud». El desastre sirve así se punto de cohesión, de contacto Estado-Pueblo, de reencuentro, a menudo sellado (para que no se hable más) en esas ceremonias frías y geométricas que tan bien presiden, con mudo sentimiento civil, nuestros reyes, Los Contemporáneos.

Depurar responsabilidades y preguntarse por las causas se considera manifestación de hostilidad política fuera del consenso. El Consenso exige cruzar comunicados en todas direcciones de la administración, «aparcar las diferencias», coordinarse y condolerse, apuntar si acaso un futuro forcejeo y dejarlo para estar a la altura de un pueblo que redime al Estado, como una mujer que ha perdonado tantas veces al esposo y aún lo hará una vez más.

No siempre es así. Aquí funciona la asimetría tan conocida. Por ejemplo, no hubo completa paz política cuando el tren de larga distancia descarriló en Galicia, o cuando el vagón del metro se siniestró en Valencia.

Ahora estamos ante un accidente ferroviario que significa mucho más. El AVE era el hijo del 92, expresión de la nueva modernidad española, un almodóvar metálico con pasajeros; triunfo de nuestra democracia y evidencia de internalización en los dos sentidos: ser un poco japoneses y enseñarlo por el mundo como enseñamos nuestra Transición: trenes y abrazos, marca España.

Primero fueron las dudas sobre su rentabilidad. El AVE, como la inmigración, resulta en apariencia indudablemente positivo, pero un negocio desigual con la calculadora. Quizás la línea Barcelona-Madrid fuera, como el Barça-Madrid en una liga que no interesa, lo único rentable. En ese puente ferroviario casi casi éramos Europa e iba y venía la terrible intelligentsia.

Luego llegaron, más recientes, los problemas de gestión, de puntualidad, los trenes parados en la nieve o la canícula y las dudas razonables sobre el estado de las líneas.

Ahora pasamos a otra fase: el miedo. Ir en AVE siempre exigía un depósito de confianza cercano al avión. Parecía todo fino e inestable y el destino incierto. ¿Cómo se puede confiar en el estado de la vía con tanto desaprensivo, cabestro. sobrista y robacobre como hay? Era mucho confiar.

El traqueteo de lata era ya de diligencia y uno pensaba que al asomarse a la ventanita aparecerían unos indios a caballo. Pero seguía confiando y se echaba una cabezadita entre gentes en calcetines y chicas con los pies en el asiento.

El AVE era ya un espacio común, habitual para muchos españoles. Una clase media que iba y venía perdiendo en la fuga espacio-temporal su propia condición.

El vagón clásico del AVE era un espacio más de la vida española, una sala de espera, un tiempo de convivencia, un intermedio cordial que nos ponía en contacto…

Y esto, ahora, está en entredicho; ese reducto de vida agradable peligra porque el AVE inspira miedo. ¿Confiaría su vida, a 300 kilómetros por hora, a una vía que dependiera en lo más mínimo de personas como las que nos gobiernan? Los niveles de corrupción, pobrismo y estupidez no permiten correr tanto. La alta (nunca altísima) velocidad no nos la podemos permitir. No me subiría en nada que dependiese del Estado español y mucho menos de este gobierno que circulara a más de 80 kilómetros por hora.

Sobre las tragedias españolas habría que arrojar seriedad y trascendencia (debatir la gran cuestión general: el estado de la vía), pero llegarán cierres por luto, silencios, medias astas, pésames y dolor de Estado («unidad en el dolor»), como una gran corona de flores llevada por las más altas magistraturas.

© La Gaceta de la Iberosfera / 21 de enero de 2026

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