Arbeloa
'..El caso de Vinicius es de estudio, pues un jugador que no ha manifestado nada extraño —aparte de querer reivindicarse como titular indiscutible, algo lícito si el entrenador consiente o no—, de pronto, entre la prensa, digamos «canalla», con intereses ocultos, y la implicación en acosarle por parte de «la masa», con todo su poder, le están llevando a un camino sin salida en su carrera como futbolista..'
El Real Madrid de Arbeloa y el poder de la masa
Pepe Campos
El Real Madrid vive introducido en un tiempo de cambio que no se sabe a dónde le conducirá. El tiempo como magnitud siempre es un misterio y su resultado se conoce una vez transcurrido, momento en el que casi todo el mundo asegura haberlo pronosticado. Hace justo una semana, tras el partido de la final de la Supercopa de España entre el Real Madrid y el Barcelona, pocos aficionados al fútbol hubieran pensado que se iba a producir la destitución de Xabi Alonso. Pues el Real Madrid en ese partido recuperó parte del carácter perdido a lo largo de la actual temporada futbolística, y que consistió en mostrar una mayor capacidad de respuesta —respecto a las dos últimas temporadas— al juego más ordenado de su máximo rival en España, el Barcelona. El Real Madrid en dicho partido exhibió un juego que se pareció al mostrado por el equipo en la segunda etapa de Ancelotti, como fue llevar al oponente a un estado de nervios según se acercaba el final del duelo, que pudo terminar, en los últimos instantes, con su derrota; pero en esta ocasión no ocurrió debido a que la suerte del campeón parece habérsela arrebatado al Madrid, el Barcelona. Hacerse merecedor a esa suerte —la del campeón— es una de las claves del éxito en el escenario futbolístico, y el Real Madrid parece haberla extraviado, cuando era una de las características psicológicas y anímicas que poseía y que ningún otro equipo del mundo había dominado de una manera tan férrea como el Real Madrid de las últimas nueve Copas de Europa.
Se puede suponer que todo esto tiene una explicación, con un origen, un desarrollo y un camino de salida. El origen puede que esté en la desaparición de la línea de medio campo que el Real Madrid poseyó durante varias temporadas, con Kroos, Casemiro y Modric, y que ya es historia del fútbol. Una línea que tenía la capacidad de robar balones al contrario, de mantenerlos en propiedad mediante una posesión pausada, y de lanzarlos hacia la delantera con criterio para situarlos en los puntos donde había espacio libre para la llegada de jugadores que se iban hacia el ataque. Fue una línea de centrocampistas única, creativa, equilibrada y gestora de esa suerte del campeón que el Real Madrid administró a modo, a medida que sus partidos avanzaban en el crono y que los rivales no podían detener ni entender. Se podría definir como una gestión de esa suerte «generadora», no «depredadora».
Suerte del campeón que comenzó de manera austera en la etapa de Jupp Heynckes, que se aposentó en la de Vicente Del Bosque, aumentó con Carlo Ancelotti, se recreó con Zinedine Zidane y colapsó en la segunda etapa de Ancelotti. Tanta suerte en la última época de Ancelotti parecía de origen divino, pero estaba asentada en esa línea media que hemos referido más arriba. Tras la retirada de Kroos —un matemático del fútbol— y la salida de Modric —un temporizador—, el juego del Real Madrid ha ido cayendo en un descontrol, y, con ello, la desaparición de la suerte del campeón, porque en el medio campo del equipo madrileño no hay un mando del balón con una circulación del mismo dominadora, si no que se ha entrado en la necesidad de buscar un sentido nuevo en la distribución del juego, pues los futbolistas que el equipo posee a pesar de disponer de calidad tienen la deficiencia de no saber controlar el dominio del juego, algo fundamental en todas las grandes formaciones de la historia. Por ello, apartado Ancelotti de la dirección del equipo —una urgencia que no era del todo necesaria—, su sucesor, Xabi Alonso, desde que llegó se obsesionó por darle un orden al juego, algo que los jugadores, parece ser, no han entendido y es la clave de la actual debacle, no solucionada.
Xabi Alonso se encontró con jugadores —como indicábamos— no «mantenedores» del balón aguantándolo el tiempo suficiente para darle pausa y criterio a los lances. Ha disfrutado de buenos jugadores pero no de una distribución «atemperada». En la línea media supo situar a Tchouaméni, lo cual ha sido su mayor éxito. Pero no ha dado con la tecla de hacer jugar juntos a Valverde, Camavinga, Bellingham, Güler y Ceballos. Aquí está la problemática y el misterio. Ninguno uno de ellos, por distinto motivo, ha sabido hacerse con las riendas del equipo —desde la irrupción de la individualidad o a través de una asociación de estos jugadores—, y en esa ansiedad se mueve el Real Madrid, en querer encontrar una línea de creación nueva que lidere de nuevo los registros de las acciones defensivas y ofensivas, con sus tiempos, pausas, arrancadas y aceleramientos.
De la corta etapa de Xabi Alonso en el Real Madrid, habíamos hablado en anteriores artículos y definido como el intento de darle ese orden y un juego coral al conjunto. Un aspecto no conseguido porque los jugadores de los que dispone un entrenador para llevar a cabo su plan, son los que son y no otros. De ahí que la coordinación en la media no se haya producido, pues ningún jugador del actual Real Madrid es un organizador. En la etapa de Xabi parecía que las cosas iban a llegar a buen puerto por su acierto en la colocación y rendimiento de Tchouaméni, pero ahí quedó todo, al ser éste un jugador de corte pero con corto despliegue organizativo. Tchouaméni necesita un medio centro por delante, y esta pieza futbolística no ha aparecido. Ni Ceballos, por su intermitencia. Ni Camavinga —falto de más temple, de evitar pérdidas de balón, y saber llevarlo cosido—. Tampoco Bellingham —que se caracteriza por largos recorridos en el césped y llegadas por sorpresa al área rival, si bien sin ese tempo y visión, ni pausa, en el eje del equipo—. Ni siquiera Valverde —al que Kroos quería dar el testigo, y al que le falta, a pesar de tantas virtudes, el centrarse en el juego en corto, para recibirla, darla y devolverla con pausa y ritmo, y ubicado en el espacio central adecuado—. No ha funcionado la máxima apuesta de Xabi por Güler, pues ha perdido muchos balones en el inicio de la recepción del balón para después distribuirlo a uno y otro lado, y eso que Güler tiene la facilidad para dar el pase vertical al espacio —lo que ahora llaman pase filtrado, en un intento de definir el pase al hueco, aquello que Laudrup inventaba continuamente —; no obstante, Güler no dispone de la contundencia física del medio centro, ni del nervio que eso implica, y por ello le han robado muchos balones en el inicio de las jugadas y los ha perdido por ausencia de ese coraje y garra, o precisión, que el medio centro debe mostrar e imponer. Fuera de este dibujo ha quedado la figura de Mastantuono, un jugador de medio campo de difícil emplazamiento para un juego tranquilo —su despliegue de intensidad es portentoso, tanto como la rareza que le acompaña para situarle en una localización determinada que no se le conoce—.
Con la llegada al banquillo de Álvaro Arbeloa la situación y la búsqueda de soluciones es la misma. De hecho lo primero que hizo, y no funcionó, fue poner como medio centro clásico a Cestero —canterano— el día del Albacete, que se quiso mover como lo haría Casadó o Zubimendi —salvadas, en este caso, las distancias—. Hacía tiempo que no se veía en el Real Madrid a un jugador moverse con la característica de un seis clásico. Por ejemplo, con la cualidad de Rodri. Ahora de un modo interino lo ha hecho Cestero. Y en esa búsqueda del equilibrio en la medular, hace un año, lo vimos en Ceballos, cuando Ancelotti quiso encontrar un remedio al estilo Milan Jankovic —cuando «entonces»—, aunque con mayores esfuerzos —movimientos— por parte del jugador sevillano en la misión de darle armonía al dibujo del balón, y sin llegar a alcanzar una continuidad en su rendimiento, algo que este jugador nunca ha encontrado en su carrera. No sabemos si la aparición de Cestero volverá a producirse como desenlace final, o si Arbeloa tendrá que abundar en la alquimia «de un seis compartido» que Ancelotti aplicó en parte de la temporada pasada —no completa porque contaba todavía con Modric—, sin fortuna; o si tendrá que superponer nuevamente el sistema de Xabi, y así incidir, principalmente en Güler como cerebro; o en rescatar a Valverde para la misión; o en bajar varios tramos de terreno a Bellingham para un sacrificio que no demanda; también, como complemento a ese seis inexistente, podría confiar en una media de cuatro, y así reinventar a Mastantuono, o acudir a Brahim o Rodrygo para la colaboración de un cuarto elemento. La mejora del Real Madrid pasa por encontrarle el mecanismo adecuado al funcionamiento de la línea medular, al margen de las rémoras de las lesiones en la defensa, y de la plena recuperación del juego de Vinicius, que ya entra en otro cantar.
El caso de Vinicius es de estudio, pues un jugador que no ha manifestado nada extraño —aparte de querer reivindicarse como titular indiscutible, algo lícito si el entrenador consiente o no—, de pronto, entre la prensa, digamos «canalla», con intereses ocultos, y la implicación en acosarle por parte de «la masa», con todo su poder, le están llevando a un camino sin salida en su carrera como futbolista, pues se le está abocando a una retirada para siempre de los terrenos de juego, ya que no va a tener paz con ese «hostigamiento» perpetuo al que está siendo sometido.

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