
Pero el agotamiento le ha durado un plis plas. Una vez descansado, ha recibido al empresario de La Maestranza y se ha mostrado incapaz de decir no a una sabrosa propuesta (“pídeme lo que quieras…“) de gloria popular. Ya se sabe que el público es veleidoso y olvidadizo, y algunos genios jamás se refugiarían en una isla desierta porque los peces no aplauden.
Total, que el próximo 5 de abril, Domingo de Resurrección, aparecerá en la puerta de cuadrillas de la plaza de La Maestranza como si tal cosa, y Sevilla, sin duda, lo recibirá con una sonora ovación, porque para eso es Morante, que no es decir cualquier cosa.
Es decir, que Morante no se fue, ni vuelve. Morante mintió y nos estafó a todos; sentimentalmente, se entiende, pero nos engañó.
Su despedida de los ruedos fue un espectáculo digno de una ópera de Wagner, una puesta en escena excelsa, solemne, majestuosa, conmovedora, un homenaje extraordinario al rito de la tauromaquia, con un protocolo improvisado, pero desbordante de sentimiento.
Las Ventas, emocionada y conmovida en la vuelta al ruedo del torero, ajena al pensamiento del protagonista. A nadie se le olvidará el momento en el que Morante se dirige al centro del anillo, y cuando todos esperábamos que saludara al respetable, se echó las manos a la cabeza y se cortó (o se desprendió, es lo mismo) la coleta y la mostró al público con la cara desencajada y las lágrimas rodando por sus mejillas.
Ese instante de profundo desconcierto y asombro no se le olvidará jamás a quienes estaban en la plaza o veían el festejo por televisión. Es uno de esos momentos que se te quedan grabados en la memoria para siempre. Es una pincelada de grandeza humana y artística. Y la plaza entera quedó conmocionada.
¿Y ahora resulta que aquel espectáculo se ha diluido en el tiempo que desaparece un terrón de azúcar?
Seguro que no hay mala fe. Morante no quiso engañar, nunca estuvo en su ánimo, seguro. Simplemente, es genio para lo bueno y para lo malo. Para crear belleza en estado puro en un chispazo improvisado, y para romperte el alma con una decisión impropia de alguien inteligente.
Lo suyo ha sido una estafa sentimental.
Volver a los seis meses después de esa despedida inolvidable es no entender nada, una falta de respeto a quienes gozan y sufren con su particular vida interior. Él ha roto la seriedad del rito, él ha perdido la credibilidad ante los demás.
Ojalá triunfe en Sevilla, pero Morante ya no será el mismo para quienes se sienten estafados en lo más hondo. La próxima vez solo llorará él.
Por eso, ayer miércoles, monosabio_blog escribía con razón en su cuenta de X: “Morante, seguiré yendo a verte, pero devuélveme mis lágrimas del 12 de octubre”.
Y las mías…
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