'..La irrupción de valores nuevos que ilusionan a la afición es real, una realidad histórica y periódica que el sistema taurino ha tratado tradicionalmente de controlar y administrar para que el gallinero permaneciera bajo la tutela de los mismos gallos..'La feria del primer pasito
Carlos Bueno
La feria de la ilusión, así denominó Rafael García Garrido al ciclo de Fallas 2026 durante la presentación oficial del abono que inaugurará la temporada taurina en cosos de primera categoría. El empresario de la plaza de toros de Valencia razonó su eslogan en la confección de unos carteles que combinan realidad, necesidad, renovación y talento consolidado. Y aseguró que ha conseguido hacer realidad un cambio, el de una renovación obligada y necesaria en las ternas porque el panorama taurino ha mutado a lo largo de los últimos años.
La afirmación tiene fundamento. La irrupción de valores nuevos que ilusionan a la afición es real, una realidad histórica y periódica que el sistema taurino ha tratado tradicionalmente de controlar y administrar para que el gallinero permaneciera bajo la tutela de los mismos gallos. El asalto a la parte alta del escalafón siempre ha sido más que complejo; era un ejercicio de paciencia y de resistencia mientras la tarta se repartía entre los mismos matadores durante el máximo tiempo posible. Así, las grandes figuras de hoy acumulan tantos años de alternativa como jamás se hubiera imaginado en ningún tiempo pasado, prolongando un liderazgo que ha aplazado la llegada de los relevos naturales.
Pero la renovación es imparable porque responde a una lógica generacional evidente, pero también es lenta porque se enfrenta a inercias estructurales profundas, a la prudencia de los empresarios, al conservadurismo de quienes mandan en el organigrama y a la incertidumbre de un mercado de ferias que ha reducido fechas, huecos y oportunidades. Las cifras del ciclo fallero lo revelan con claridad, pues sólo tres matadores de los anunciados se doctoraron en los últimos tres años: Marco Pérez, Samuel Navalón y Víctor Hernández. Del resto de nombres señalados como renovadores, David de Miranda cumple una década de alternativa, Borja Jiménez una docena y Fortes una quincena. Que se les considere novedosos no responde tanto a su juventud como al escaso espacio que, durante todo este tiempo, el sistema les ha concedido en las ferias, a pesar de que la afición ya había depositado expectativas en torno a ellos.
Ese desfase entre la aparición de los valores emergentes y su incorporación efectiva a los carteles de responsabilidad es uno de los síntomas más claros del desbarajuste que atraviesa el toreo contemporáneo. La afición percibe la necesidad de abrir las ventanas y dejar correr aire fresco; los públicos buscan estímulos nuevos, rivalidades todavía no exploradas. Y, mientras tanto, los empresarios intentan equilibrar la confianza en quienes sostienen la taquilla con la obligación moral de garantizar el relevo que todo espectáculo necesita para perdurar.
En ese contexto, Valencia ha dado un primer paso. En un ambiente en el que la veteranía domina casi por completo la nómina de matadores que hoy hacen los paseíllos, el coso de la calle Xàtiva ha apostado por rejuvenecer y regenerar las combinaciones, aunque sea de forma parcial. No es una revolución; es un movimiento leve pero significativo, un mensaje en el que se anuncia que el inmovilismo ya no es una opción realista para sostener la Fiesta. Un pasito corto y a la vez simbólico que debería ser el inicio de un camino que no convendría demorar demasiado, por el interés del público y por el bien del futuro de la tauromaquia. Porque el porvenir se construye abriendo puertas, no cerrándolas.
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