
Vinícius en la Batalla de la Castellana
David Barberá
Es un tópico eso de que quien no conoce la historia está condenado a repetirla, pero si algo nos gusta a los filósofos, a pesar de todo, es alertar para no repetir errores. Y, precisamente, entre las páginas de nuestro pasado, se conserva un episodio tan absurdo como fundamental: la Batalla de Karánsebes, donde se demuestra que la estupidez puede tener una influencia decisiva. Por no extenderme, lo resumiré contando que el ejército austriaco, presa de la confusión, la oscuridad y el pánico, creyó ver otomanos donde solo había compañeros de filas. Entre gritos y disparos erráticos, las tropas se diezmaron a sí mismas antes de que el verdadero enemigo llegara al campo de batalla. Al amanecer, miles de soldados yacían muertos por fuego amigo. Ayer, bajo la fría luz de la tarde madrileña y ante un rival presente, el Bernabéu decidió escenificar su propia versión de aquel desastre, demostrando que no hay imperio lo suficientemente grande como para sobrevivir a su propia neurosis.

Lo que ha ocurrido en el feudo blanco, con la sinfonía de pitos, los pañuelos contra el palco y la hostilidad visceral dirigida hacia sus propios jugadores —focalizada especialmente en Vinicius—, no es un acto de exigencia histórica como a muchos les gusta repetirse para justificar su ira. Es, desde un punto de vista estrictamente científico, un suicidio ritual. Quien silba a su equipo mientras el balón está en juego, ignora los principios más elementales de la neurobiología: el cerebro no procesa la hostilidad del propio entorno como un estímulo para la excelencia, sino como una amenaza directa a la supervivencia. Esto activa la amígdala y dispara los niveles de cortisol, y bajo este estado bioquimico, el lóbulo frontal —encargado de la creatividad, la toma de decisiones y la visión espacial… CASI NADA PARA UN JUGADOR DE FÚTBOL— se inhibe. El aficionado que silba cree ejercer su «soberanía de cliente», pero en realidad está saboteando el producto que tanto dice amar. Es como la paradoja del padre que golpea la mano del cirujano exigiéndole que no tiemble. El resultado, como hemos visto, sobre todo en la primera parte, es un equipo atenazado, impreciso y roto.
'No es un acto de exigencia histórica como a muchos les gusta repetirse para justificar su ira. Es, desde un punto de vista estrictamente científico, un suicidio ritual'
Esta dinámica de autoboicot revela una crisis filosófica, más profunda de lo que parece, en el seno del madridismo actual: la transformación del aficionado en cliente. El cliente exige garantías y devoluciones inmediatas; el aficionado, en su concepción clásica, ofrece soporte incondicional precisamente cuando la garantía falla. Los pañuelos blancos dirigidos ayer al palco presidencial en medio del partido son el síntoma de una masa social que ha perdido la tolerancia a la frustración, comportándose como una turba que quema el palacio real porque la cosecha ha sido mala en invierno, sin entender que el fuego solo garantiza el hambre para los años venideros.

Si el madridismo quiere salir de esta espiral, debe comprender que el estadio es un santuario, nuestro templo, no un tribunal. La historia del Real Madrid se forjó en las remontadas imposibles, donde la grada empujaba el balón hacia la red con su propio aliento. Ayer, el aliento se utilizó para que fuera el rival el que jugara con 12, olvidando que en el fútbol como en la guerra, destruir la moral de la tropa es la forma más rápida y estúpida de perder una batalla antes incluso de iniciarla. Y como aprendieron en Karánsebes, si disparas a tus propios hombres en la oscuridad, cuando amanece solo encuentras cadáveres propios y un enemigo que sonríe sin haber gastando una sola bala.
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