
'..El feminismo ha sido más nocivo para Occidente que un bombardeo de alfombra con ojivas nucleares. Es perfectamente posible que la civilización nunca se recupere de este cáncer..'
Europa no busca amazonas
CARLOS ESTEBAN
La súbita retórica bélica de los líderes europeos sería una incesante fuente de hilaridad si estos tipos no tuvieran tanto poder en sus manos. Cuando hablan de enfrentarse con Rusia por Ucrania o con Estados Unidos por Groenlandia, suenan como el alfeñique cincuentón que le cuenta a su mujer, al volver de la oficina, cómo le ha parado los pies a García, que se estaba poniendo tonto.
Pero están en esas y hay que seguirles el aire, qué remedio, y están venga a tirar de propaganda guerrera mientras siguen financiando cursillos contra la masculinidad tóxica, la única capaz de sacar las castañas del fuego en situaciones como esta.
En medio de tanta verborrea me ha llegado por redes sociales un cartel, no sé si oficial u obra de un europeísta motivado, en el que aparecen siete soldados (27 no cabrían bien en la imagen) medio cubiertos de nieve, cada uno con una bandera en la manga del uniforme: Alemania, Francia, Holanda, Dinamarca, Finlandia, Italia y, cómo no, Ucrania. De fondo, tanques y aviones y una enorme bandera europea. El tuitero que la publica pone el pie: «El Ejército europeo está tomando forma».
Nada del otro jueves; como me han hecho notar, recuerda a carteles parecidos distribuidos por Alemania y sus aliados en la Segunda Guerra Mundial. Tan parecidos, de hecho, que el cartel resulta extraño para nuestra sensibilidad. Carece de esa diversidad forzada pero imprescindible en toda publicidad moderna. Todos son blanquísimos, lo que parece sugerir que el autor considera, digamos, problemático arrastrar a las trincheras a esos recién llegados que son tan españoles como Abascal o tan franceses como Marine Le Pen.
Además, pecado de lesa diversidad, todos son varones. Exudan testosterona.
Esa es una de las pocas cosas buenas de la guerra y de los rumores de guerra: que se dan de lado las blandas ficciones de la modernidad, se abandonan los experimentos ideológicos que son el lujo de las sociedades prósperas. Se abandona, en fin, la más letal de las ideologías, el feminismo.
El feminismo ha sido más nocivo para Occidente que un bombardeo de alfombra con ojivas nucleares. Es perfectamente posible que la civilización nunca se recupere de este cáncer.
Como tantas otras ideologías derivadas del progresismo, parte de la premisa de que la humanidad, en todas partes y en todo tiempo hasta la llegada de nuestros ilustrados mandarines intelectuales, no entendía de qué va la vaina; que sus estructuras esenciales, que les han permitido sobrevivir y prosperar a lo largo de milenios, no eran el resultado evolutivo de un proceso de prueba y error, sino un absurdo capricho.
Pero, a diferencia de otras ideologías que marcan nuestro tiempo, el feminismo no es una ‘religión del Libro’. La doctrina ha venido después de la imposición, a toro pasado. No hay un Capital que haya iniciado el movimiento, una preparación teórica. Todo lo que han escrito las autoras feministas ha venido cuando el proceso estaba ya en marcha, imparable.
También al igual que otras teorías progresistas, se basa en una hipótesis indiscutida que no sólo es falsa, sino opuesta hasta el ridículo a lo que cualquier zote puede apreciar por propia experiencia, a saber: que, exceptuando diferencias biológicas juzgadas irrelevantes, hombres y mujeres somos iguales.
Ahora, si se tratara de una teoría confinada al mundo académico o un supuesto que posteriormente tenga que someterse a una experimentación imparcial, la broma no tendría mayor trascendencia social. Por ejemplo, si se hace la ley igual para ambos sexos y luego se respeta el resultado, sin forzarlo desde el poder, no habría el menor problema.
El problema es que, siendo hombres y mujeres colectivamente distintos, de media, en aptitudes y preferencias, los resultados nunca son idénticos. Y como la arrogancia del ideólogo le impide permitir que la realidad contradiga la Idea, habrá que forzar todas las estructuras sociales para que lo sean.
Las consecuencias han sido, como hubiera podido prever el más idiota, devastadoras. Porque la unión del hombre y la mujer, su complementariedad, es lo que mantiene unida a cualquier sociedad, y su destrucción se lleva por delante la civilización más poderosa.
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