
Regu-regularización
HUGHES
La regularización por decreto fue presentada por la ministra Saiz como un hito histórico, que lo es, dentro de un «Plan de Convivencia Intercultural en el marco de los Derechos Humanos». Y el marco de los derechos humanos quedó reforzado por monseñor Argüello, que ve en la regularización un modo de «reconocer la dignidad humana». Pensábamos que todo ser humano es merecedor de dignidad, y que esto lleva a los derechos humanos, pero es más que eso: requiere papeles por vía extraordinaria y exprés.
La Conferencia Episcopal, dijo Argüello, impulsó esta medida con otros agentes sociales en lo que llamó una «confluencia». No es broma. Confluencia con Podemos cantando «¡Regu-regularización! (Papeles) de calidad y baratos»…
La Iglesia encuentra su papel cerca del Estado: para el siglo XX, apuntalar el relato histórico-simbólico del PSOE y del 78, a costa de su gran benefactor, y en el siglo XXI, preparar la gran justificación para la inmigración masiva.
El gran argumento solía ser y sigue siendo el crecimiento, propio del PP, hoy forzado a objetar que se trata de «una cortina de humo» (¡sanchismo, sanchismo!). Ahí salen curillas pero no con crucifijo colgando sino con la cruz ladeada que forman Oferta y Demanda. El gran argumento social-cristiano lo aporta la Iglesia con su sello: la dignidad. Así que, a sensu contrario, negar papeles al que llega de modo irregular es no reconocer la dignidad humana.
El obispo tiene la facultad, por su cargo y condición, de sacar semejante palabra a pasear, ellos la custodian, pero en lo demás suenan como cualquier otro «agente social». La regularización se vende como una subsanación humana de un fallo que no se sabe quién ha producido, un proceso en que el Estado arregla un desaguisado a unas víctimas que lo sufren. Esto lo expresó de un modo increíblemente cómico el locutor oligárquico Alsina:
«A diferencia de quienes por tener padres españoles y habernos quedado aquí, hemos tenido siempre una vida, en comparación con la suya, bastante ordenada. Esforzada, sin que nadie nos regalara nada, trabajando como el que más, pero con los papeles en regla desde que nacimos, que no es poco».
Los inmigrantes son como los de Bilbao, nacen donde les da la gana, por eso no hemos de dar nada por supuesto, y los que tenemos papeles somos unos privilegiados que hemos vivido con la suerte de que nuestros padres, por accidente, nacieran aquí. La oposición español-extranjero se supera por persona con papeles ex ante–persona con papeles ex post.
El gobierno convierte una situación de hecho en una de derecho, pasándose por el arco del triunfo parlamentos, democracia, deliberaciones… La gran regularización no es tan distinta de la gran Amnistía o de la federalización en curso. «Si de facto ya son federales», se excusan… y aquí se dice: si ya trabajan y aportan… A las personas a regularizar no se las llama irregulares sino «personas que viven y trabajan» aquí. Consideración muy optimista y además falsa, pues no se exige el contrato de trabajo. Esa fórmula pujolista la usan todos y siguiendo la división de funciones, mientras Argüello habla filosófico y moral del «reconocimiento de la dignidad», Alsina (los medios) profundiza en las bondades y efectos psicológicos:
«Es la diferencia entre la tranquilidad de tener tus papeles en regla y la intranquilidad de temer que cualquier día te puedan deportar».
Al final, va a ser que tenía razón el niño de la piscina que hace tantos años avisó, y con esto se lo reconocen: la tranquilidad es lo que más se busca. Claro que entonces pensábamos que era la nuestra.
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