
'..Cuando el mandatario americano dice que es probable que haya nuevas operaciones en el futuro en otros lugares donde se violan de manera cruel los derechos humanos más básicos, uno sabe que cualquier día puede ver a Petro, a Ortega o a Díaz Canel vestidos de flamante naranja..''
Los trajes naranjas de Trump
Rafael Nieto
Hace un par de semanas les comentaba que 2025 había sido el año de Donald Trump, y la verdad es que no hace falta tener dotes de adivino para apostar a que puede serlo también de 2026 y siguientes. Porque por mucho que sus millones de detractores se empeñen en no querer ver la tozuda realidad, es innegable que la personalidad política del reelegido mandatario norteamericano hace que sus decisiones sean casi siempre mortales para los consensos clásicos del statu quo sistémico mundial. Y, de nuevo, a los hechos nos remitimos.
La operación que llevó a Nicolás Maduro a ser primero detenido y después puesto a disposición de la Justicia norteamericana pasa por ser uno de los eventos de estrategia militar más singulares y asombrosos de los últimos tiempos. Nada que deba sorprender en la primera potencia mundial, si bien el ejercicio de audacia política que originó dicha estrategia tiene también pocos precedentes. La guerrilla tuitera antitrumpista se desgañita apelando al derecho internacional para echar por tierra la detención del tirano caribeño, pero muchos de sus miembros han estado durante años pidiendo una solución para el torturado y expoliado pueblo de Venezuela. ¿No era esto lo que pedían?
Pues no. No era eso. En realidad, no era nada real, nada tangible. Era un imposible metafísico: intervenir sin intervenir, hacer pero sin hacer del todo, estar pero sin estar. Malo era que estuviese el tirano torturando a su pueblo y riéndose de ello, pero aún peor es, según parece, «violar las fronteras de Venezuela» y «secuestrar a un jefe de Estado», siempre en palabras de estos maestros de todo, expertos en criticar lo que hacen los demás sin aportar nunca soluciones realistas y factibles a los problemas más urgentes.
Como les dije en mi última columna del año pasado, Trump tiene a su favor el hecho (nada desdeñable) de estar de vuelta de casi todo. Tiene más dinero del que cualquier persona puede gastar en dos vidas, ha logrado el sueño americano del hombre hecho a sí mismo, y ahora llega a una senectud activa en la que exprime los días para que le dé tiempo, con unas horas de diferencia, a ocuparse de Venezuela, dirigir una rifa benéfica o remodelar la pirámide nutricional de la población mundial. No sabemos si también hará sudokus antes de irse a dormir para cansar al cerebro.
Lo que diferencia a Trump de cualquiera de los bustos parlantes, muy bien pagados, que tenemos en las instituciones europeas es que, como decía esta semana Marco Rubio, uno sabe que las cosas que promete las va a cumplir; que no habla de boquilla porque no tiene necesidad de hacerlo, ni tiene que dorar la píldora a ningún poderoso porque seguramente el que más poder tenga sea él. Cuando el mandatario americano dice que es probable que haya nuevas operaciones en el futuro en otros lugares donde se violan de manera cruel los derechos humanos más básicos, uno sabe que cualquier día puede ver a Petro, a Ortega o a Díaz Canel vestidos de flamante naranja. Y no porque los haya fichado el Valencia Basket. Son los trajes naranjas de Trump.
Los patriotas españoles que plantean ideas como «a nosotros no nos gustaría que un país extranjero violase nuestra soberanía» hay que recordarles varias cosas. La primera, que es España no es Venezuela, al menos de momento. La segunda, que es muy cómodo hablar de las soberanías ajenas cuando uno tiene su nevera llena, el alquiler pagado y agentes de la policía a los que poder recurrir en caso de flagrante delito; ver el sufrimiento ajeno y no conmoverse dice poco a favor de quienes defienden el anterior statu quo venezolano. La tercera es que no hay legitimidad política que resista un desempeño político basado en el terror, la tortura y la miseria de la población.
Trump ha librado al mundo de un tirano que llevaba años pidiendo a gritos que alguien le pusiera un límite insalvable. No lo hubiesen hecho nunca quienes se pasan la vida opinando y cruzados de brazos, viviendo de la sopa boba.
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