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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 17 de enero de 2026

Ley de Memoria Climática / por Carlos Esteban


'..Usted puede creer que pasó frío el pasado invierno. Incluso puede recordar que las temperaturas le daban la razón. Afortunadamente, las autoridades están aquí para sacarle de ese nefasto error. No es culpa suya, se trata, leo en un titular de La Vanguardia, de «la amnesia climática». Esa no la vieron venir..'

Ley de Memoria Climática

Carlos Esteban
Usted puede creer que pasó frío el pasado invierno. Incluso puede recordar que las temperaturas le daban la razón. Afortunadamente, las autoridades están aquí para sacarle de ese nefasto error. No es culpa suya, se trata, leo en un titular de La Vanguardia, de «la amnesia climática». Esa no la vieron venir.

En realidad, usted tenía calor en diciembre, y si se le permite decir lo contrario en alto es porque todavía no se ha aprobado la Ley de Memoria Climática. Pero todo se andará.

Llega un momento en que se hace casi imposible seguir pensando que los que nos gobiernan —formal o informalmente, tanto me da— son tan completamente estúpidos como para creerse la mercancía que nos venden, los presupuestos ideológicos evidentemente falsos que están arruinando nuestra civilización.

Y entonces comienzan las teorías de la conspiración. Es imposible llegar tan alto creyendo que el planeta está cada año al borde de la extinción por culpa de las vacas o el carbono, así que tiene que haber otros intereses que nos oculta.

No puede ser que se estén preparando en serio para ir a la guerra contra la potencia con más armas nucleares del planeta al tiempo que su gran aliado, Estados Unidos, intenta hacer las paces, así que debe de haber algún motivo escondido.

No tiene sentido alguno que nuestros gobernantes pretendan de verdad que un hombre es una mujer, o viceversa, en el momento en que así lo declara el interesado, o que todos los varones somos violadores y maltratadores en potencia y todas las mujeres siempre dicen la verdad (salvo a Hacienda, que insiste en tener justificantes de todo), de modo que deben obtener un beneficio que no nos cuentan con toda esa política suicida.

A nadie con dos dedos de frente se le puede ocurrir que llenar las sociedades occidentales con cientos de miles de inmigrantes procedentes de culturas distintas y distantes, con otras lealtades, valores y preferencias, pueda llevar a otra cosa que al desastre. Incluso si en algún momento le pareció una buena idea, a estas alturas los resultados son claros. Y por eso hay que buscar fines siniestros muy diferentes de los que nos cuentan.

Y tengo que reconocer que varias de las teorías de la conspiración que se plantean para explicar por qué quienes mandan adoptan todas estas políticas suicidas son bastante convincentes, quizá acertadas. Pero se me ocurre una explicación alternativa, una especie de crisis de señalización a escala planetaria en nuestras élites.

Sería como un juego de la silla, en el que el primero que ataque el sistema de creencias que todos han aceptado, pierde. Algo así como ser el primero que deja de aplaudir tras un discurso de Stalin. Nadie cree ya en todas esas disparatadas doctrinas, pero para descartarlas sin riesgo tendrían que ponerse previamente de acuerdo, y eso mismo destruiría su legitimidad. ¿Quién querría hacerse responsable del desastre?

Así que el único expediente de la élite progresista es doblar las apuestas en todos los ámbitos, la huida hacia adelante, aterradas ante la idea de que denunciar la mascarada equivale a perder su posición de dominio.

De ahí que, cuando son cada vez más quienes expresan abiertamente su oposición al wokismo y sus derivados, las medidas sigan siendo las mismas o aún más extremas. Su dominio no es prueba de la fuerza irresistible del sistema, sino de su debilidad. Son más peligrosos que nunca porque se saben amenazados.

Su situación es desesperada, porque hay fuerzas poderosas que han surgido para contradecir todo el engranaje. Donald Trump es el caso más obvio de enfrentamiento total. Quizá ya sea imposible parar el derrumbe y les quede poco, en la inminente reunión de Davos veremos por dónde salen. Pero tal vez lo peor está aún por llegar.

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