'..La tiranía no es una cuestión de forma de gobierno: cualquiera de ellas es susceptible de degenerar en un poder despótico, basta que los gobernantes gobiernen exclusivamente en su propio beneficio, ignorando el bien común..'
Hacia el fin de nuestra historia
Siendo así que no conocen otro término de comparación, cada vez que se habla de alguna proeza propagandística se compara con Goebbels (el adjetivo ‘goebbelsiano’ ha hecho relativa fortuna). Lo gracioso es que cualquier comparación en este sentido es como comparar a Cicerón con un bebé que balbucea sus primeras palabras.
Goebbels era capaz de convencer a los alemanes de mentiras que, en cualquier caso, el ciudadano medio no podía comprobar en un sentido o en otro: que los judíos conspiraban para destruir Alemania, que Alemania estaba ganando la guerra.
Juego de niños: la propaganda hoy nos convence de lo contrario de lo que ven nuestros ojos, de lo que sabemos por experiencia directa. Eso sí tiene mérito. La propaganda hoy es hacernos decir que un hombre es una mujer si así lo proclama; que hombres y mujeres son idénticos salvo por irrelevantes diferencias anatómicas; que un invierno gélido y lluvioso es el más seco y cálido en cientos de años; que millones de personas entrando en tu país desde otros radicalmente distintos en cultura, lealtades, códigos morales y visión del mundo es algo enriquecedor y positivo.
Pero debo rectificar: no es que nos convenzan, es que nos desaniman en un repetido ritual de humillación. Encuesta tras encuesta en Europa y Estados Unidos arroja el mismo resultado: una abrumadora mayoría cree que hay que controlar las fronteras y deportar (al menos) a los ilegales. Pero, teniendo todos esos países un régimen supuestamente basado en la voluntad popular, la política que se aplica es la contraria, y la gente se alza de hombros.
El artista Ai Weiwei, uno de los disidentes chinos más célebres, que se refugió en Estados Unidos para acabar volviendo a su país, expone esta paradoja occidental. En China hay muchas cosas que no puedes decir sin que el gobierno actúe contra ti. En Occidente, en teoría, puedes decir lo que quieras, y algunos lo hacen. Pero mientras en China un mero susurro público puede cambiar una política, en nuestros países miles de protestas vociferantes pueden ignorarse tranquilamente.
El gobierno ha anunciado la regularización de medio millón de extranjeros extracomunitarios, que luego serán casi un millón, cuando se acaben de hacer las cuentas.
No sabemos nada de ellos, tienen ideas y referentes absolutamente ajenos a los nuestros, pero se van a convertir, de golpe, en nuestros compatriotas. Eso, en otro tiempo más sensato, no hubiera supuesto la automática dimisión del gobierno, sino algo bastante más radical.
Se consideraría, con motivo, alta traición, cooperar en la invasión del país. Por muchísimo menos en otras épocas se alzó el pueblo como un solo hombre. Hoy se pone un tuit o, como es el caso, se escribe una columna.
La tiranía no es una cuestión de forma de gobierno: cualquiera de ellas es susceptible de degenerar en un poder despótico, basta que los gobernantes gobiernen exclusivamente en su propio beneficio, ignorando el bien común. En este caso diría que hay algo más que ignorar el bien común, que hay una especie de sadismo en la imposición de medidas no solo contrarias al sentir general, sino irreversibles. No es solo un ataque directo y planificado contra el pueblo que ahora habita nuestra nación, sino contra la nación misma, su supervivencia, su futuro. Un ataque, en fin, que cancela nuestra historia común.
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