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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

jueves, 1 de enero de 2026

‘La Fiesta Nacional’: el gran poema taurino de Manuel Machado / por Andrés Amorós


‘La Fiesta Nacional’: el gran poema taurino de Manuel Machado

Amaba profundamente Manuel Machado el cante hondo (un título suyo). Y, también, la tauromaquia

Andrés Amorós
Sólo los prejuicios políticos han intentado desacreditar a Manuel Machado y oponerlo a su hermano Antonio. En realidad, los dos fueron grandes poetas y estuvieron siempre muy unidos, personal y poéticamente.

Un dato concreto. En este mes de diciembre se ha publicado el libro de José Manuel López Gómez «Los años burgaleses de Manuel Machado (1936-1939)», con prólogo de René Payo, director de la Institución Fernán González. Comenta en él la entrevista que le hizo a Manuel Machado la periodista francesa Blanche Messis, en Burgos, en julio de 1936, y que le trajo malas consecuencias: acusado de tibieza patriótica por Mariano Daranas, corresponsal de ABC en París, fue detenido y encarcelado durante tres días.

Pues bien, según el testimonio que recoge Blanche Messis, Manuel le dijo una vez a Antonio: «Tú eres el más grande poeta español». Y su hermano le contestó: «No, el más grande poeta eres tú, Manuel».

Lo repitieron los dos por escrito. Manuel: «Para mí, Antonio es el primer poeta español actual… quizá el primero de Europa». Y Antonio: «Después del soneto de Góngora y alguno de Calderón, no hay más sonetos en castellano que los de Manuel Machado. Es un inmenso poeta».

Las raíces poéticas de los dos son las mismas: Bécquer, el modernismo y la poesía popular andaluza, recogida por su padre, Antonio Machado y Álvarez, Demófilo. Colaboraron los dos en sus obras de teatro poético: nadie es capaz de distinguir qué parte escribió cada uno.

Su carácter, eso sí, era diferente: Antonio, melancólico, soñador, hacia dentro; Manuel, garboso, simpático, hacia fuera. Gerardo Diego los comparó con dos estilos andaluces de torear: la gracia de Manuel le recordaba a Rafael el Gallo; la hondura de Antonio, a Juan Belmonte.

Permaneció siempre fiel Manuel Machado a los postulados del modernismo, que vivió en su etapa bohemia de París. Antonio, en cambio, derivó pronto hacia la inquietud ideológica propia del 98.

Logró Manuel una extraordinaria compenetración con los cantares populares andaluces. Cuentan que, una vez, escuchó un cante flamenco y se asombró al advertir que la letra era suya, aunque el cantaor no lo supiera. Ése era su ideal:

«Hasta que las canta el pueblo,
las coplas, coplas no son
y, cuando el pueblo las canta,
ya nadie sabe el autor».

Amaba profundamente Manuel Machado el cante hondo (un título suyo). Y, también, la tauromaquia. Recordemos lo que dice, con modestia ejemplar, en su precioso poema autobiográfico Retrato:

«Y, antes que un tal poeta, mi deseo primero
hubiera sido ser un buen banderillero».

Y, en su poema ‘Yo, poeta decadente’:

«… Que los toros he elogiado
y cantado…».

Por eso, recientemente, Carlos Marzal le dedicaba su poema ‘Media verónica para don Manuel Machado’.

En este mes de diciembre, Gonzalo Santonja, uno de los grandes estudiosos de la historia del toreo, acaba de publicar una excelente edición facsímil del gran poema taurino de don Manuel Machado, La Fiesta Nacional.

En el estudio que la acompaña, incluye Santonja dos reacciones contrarias que suscitó el poema, al aparecer. Por un lado, el crítico Edmundo González Blanco lo puso verde, usando el peregrino argumento de que un poema no debe dedicarse a una persona concreta. (¿Qué sería entonces de las elegías de Jorge Manrique e Ignacio Sánchez Mejías, por ejemplo?).

Manuel Machado había dedicado La Fiesta Nacional «al maestro Antonio Fuentes»: un diestro caracterizado por su elegancia, al que llamaron «el Petronio del toreo». Lo canonizó el orgulloso Guerrita con su famosa sentencia: «Después de mí, naide. Después de naide, Fuentes».

En realidad, la crítica de Edmundo González Blanco parece responder a esas querellas frecuentes entre poetas; recuerda el consejo del Juan de Mairena de Antonio Machado: no confundir la crítica con las malas tripas… Resume Santonja: al crítico, «se le fue la mano».

Rubén Darío, en cambio, elogió mucho a Manuel Machado y proclamó que «una corrida de toros es uno de los más bellos espectáculos que un hombre puede imaginar». (Le molestaba, eso sí, la visión de los caballos heridos: algo que terminó, años después, en 1928, cuando Primo de Rivera implantó el peto).

Podemos considerar que La Fiesta Nacional, de Manuel Machado, constituye un libro independiente: así se publicó, en Madrid, en 1906. En el facsímil de la primera edición que ahora ha publicado Santonja veo que tenía sólo 14 páginas y que se vendía a 0’75 pesetas. Comprende siete poemas, que van siguiendo el desarrollo completo de la lidia, ajustándose perfectamente a sus tiempos. Por ello, es habitual que nos refiramos a él como un solo poema.

Le caracteriza, desde luego, la riqueza sensual: los sonidos, los colores, los movimientos… Es decir, todo lo que percibimos por los sentidos, el espectáculo que nos sorprende y emociona, seamos o no entendidos.

El comienzo es ya deslumbrante:

«Una nota de clarín
desgarrada,
penetrante,
rompe el aire con vibrante
puñalada.
Ronco toque de timbal».

Sitúa el poema Gonzalo Santonja dentro de una línea «de tradición arraigada en el alma de una cultura, por fortuna incorregible». Y señala la feliz síntesis, con esos versos que quedan grabados en nuestra memoria:

«La hermosa fiesta bravía
de terror y de alegría
de este viejo pueblo fiero…
Oro, seda, sangre y sol».

Para Gerardo Diego, el mejor conocedor de la poesía taurina, éste es, sencillamente, «el poema más completo y revelador de la esencia y de la belleza de la fiesta».

Me gusta a mí repetir tres de los versos iniciales:

«Da principio
el primero
espectáculo español».

Quieran o no quieran Urtasun y algunos ignorantes, eso ha sido siempre la tauromaquia, lo que afirma el título de don Manuel Machado, con mayúsculas: La Fiesta Nacional.

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