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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

domingo, 19 de mayo de 2013

Talavante, grandeza a media luz / Por Antonio Lorca


Despachando al primero / Fotografía la Loma

  • Al margen del resultado del festejo, un tanto decepcionante a causa de los toros, Talavante ha demostrado que es un grande
  • Los toros descastados y el ánimo apagado del torero acabaron en una profunda decepción
  • Y da la impresión de que Talavante estuvo muy por debajo de sus teóricas posibilidades. Muy bien vestido con un precioso terno sangre de toro y azabache sobre fondo de oro, se le vio apagado, como dominado por el miedo escénico, y con pocas ideas.
Talavante, grandeza a media luz

Antonio Lorca / El País
Fue precioso mientras duró. El anuncio de la gesta de Talavante fue en sí mismo un sueño maravilloso que devolvió la ilusión a una afición alicaída. El torero extremeño devolvió la grandeza a la fiesta, la expectación creció como la espuma y la plaza de Las Ventas colocó ayer el cartel de “no hay billetes” en una de esas tardes que se presumen grandiosas.

Al margen del resultado del festejo, Talavante ha demostrado que es un grande, que quiere pasar a la historia y se atrevió con lo que solo se atreven los muy elegidos: seis victorinos en Madrid. Respeto y admiración para un torero moderno que, sin necesitarlo, asumió un compromiso de los gordos de verdad. La fiesta ha ganado con esta corrida, aunque el prestigio del torero, en cambio, no haya subido enteros.

Al final, no pudo ser. Ni las ganas del público, que recibió a Talavante con una atronadora ovación de ánimo, ni la ilusión del torero pudieron con las adversas circunstancias que rodearon el festejo. No llovió, como había hecho todo el día, pero arreció el viento, a veces, muy molesto, y los toros de Victorino Martín no respondieron a las expectativas. Protestados casi todos de salida por parte del público, mansearon en los caballos, recortaron en banderillas y llegaron sin fuelle, ni casta a la muleta. Solo el tercero desarrolló nobleza en el tercio final y permitió los momentos más lucidos del festejo. Los otros cinco compusieron toda una sinfonía de decepción por su falta de codicia y bravura. En fin, un fracaso inesperado de Victorino cuando más falta hacía para engrandecer a un torero que quiso ser uno de los más grandes y a una fiesta que necesita como el agua una tarde de gloria.

Ni las ganas del público ni la ilusión del torero pudieron con las adversas circunstancias del festejo

¿Y el torero? Una gran parte del público abroncó a Talavante cuando abandonó el ruedo. Fue, sin duda, una reacción exagerada, precipitada, quizá, porque abrevió con el sexto, que no tenía nada en las entrañas. La decepción después de tanta ilusión conduce al enfado.

Cualquiera sabe qué tipo de nervios son imprescindibles para salir con bien de un compromiso tan dificilísimo. Una cosa es la admirable decisión de encerrarse con seis toros de ganadería tan prestigiosa y complicada, y otra la realidad de estar a la altura de las exigentes circunstancias que se plantean en un festejo de este tipo.

Los toros descastados y el ánimo apagado del torero acabaron en una profunda decepción

Y da la impresión de que Talavante estuvo muy por debajo de sus teóricas posibilidades. Muy bien vestido con un precioso terno sangre de toro y azabache sobre fondo de oro, se le vio apagado, como dominado por el miedo escénico, y con pocas ideas.

A todos los toros los recibió con enormes precauciones con el capote, perdiendo pasos en cada envite y a la defensiva; hasta el cuarto no hizo un quite por chicuelinas, cosa insólita en quien debe buscar el triunfo desde el principio; y solo al quinto lo recibió Talavante con unas aceptables verónicas. Muy poco bagaje con el capote para seis toros.

Más justificado estuvo, quizá, con la muleta, pues todos los toros, a excepción del citado tercero, fueron un dechado de falta de casta, que hizo imposible el toreo tal y como hoy se entiende.

En ese toro realizó una labor de menos a más, toda ella sobre la mano izquierda, y brillaron un par de tandas, especialmente una rematada con una trincherilla. Fue el único momento en que reaccionó la plaza y esperó el ansiado triunfo, pero mató mal y todo se vino abajo. Por cierto, mató mal, muy mal, al primero y al quinto en los que cobró sendas estocadas que hicieron guardia, lo cual está feísimo y es impropio de una figura.

Sin recorrido el primero y con tendencia a dar tornillazos al aire, reservón y sin recursos, nada pudo hacer el torero. Con la cara a media altura el segundo, y soso; apagado el cuarto y muy descastados quinto y sexto.

En fin, que todo quedó, al final, en una profunda decepción; se acabó el sueño maravilloso que comenzó el día que Talavante anunció su serio compromiso. La gente se enfadó porque estaba, quizá, convencida del triunfo; convencida de que uno o dos toros meterían la cabeza, hoyarían la arena y veríamos a un Talavante en plenitud encaramado a la cima del toreo.

Pero la realidad es tan dura que nos negamos a aceptarla. El toro de Victorino Martín, tan grandioso a veces, también es capaz de protagonizar fracasos como los de ayer; y se esperaba más de un torero que tuvo la gallardía de dar un heroico paso adelante y no ha sido capaz de convertirlo en un éxito.

Grandeza, que nadie lo olvide; grandeza de encerrarse con seis toros, pero todo a media luz, con demasiada oscuridad, como si Talavante hubiera salido con la derrota en la cara; como si no tuviera claro qué debía hacer en cada momento; con muchas, demasiadas, dudas; sin las ideas necesarias para transmitir suficiente confianza en el triunfo.

Una vez más, una encerrona se convierte en un fracaso no anunciado; quizá, hace falta una madurez de la que Talavante carece; o unos nervios de acero. Sea como fuere, quede claro el respeto que merece quien asumió el compromiso más serio del año.