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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 27 de mayo de 2013

Décimoquinta. La de Montealto. ¿A quién defiende la Autoridad? / Por José Ramón Márquez


Del "¡Ya está bien, señor Font!" al "¿A quién defiende la Autoridad?"

Con un gran criterio de dignidad, el Presidente de la corrida, don Julio Martínez Moreno, defendió la decencia del palco y de la Plaza no accediendo a la petición de las gentes de que sacase su pañuelo blanco, pues ni la faena, ni la ejecución de la suerte suprema, ni la colocación del estoque merecían tal galardón. Así se debió actuar el pasado viernes en defensa del prestigio de la Monumental de Las Ventas, pero ahí estuvo la eléctrica mano de Manolo for President que regaló, con sus cesarianos golpes de muñeca, su pañuelo blanco a Manzanares III, a Castella y a Talavante.

José Ramón Márquez

En el pecado llevan la penitencia estos ganaderos de nuevo cuño que se creían que juampedreando se iban al Olimpo, que no sé qué pasa que a poco que el juampedreo está fuera de las manos del amo se va, se va y empiezan a sacar malos modos, mansedumbre a raudales, genio y mala leche, que no hay quien los conozca.

Hoy la corrida era de Montealto, que no debe confundirse con Montecillo aunque las dos desciendan del Mount Saint John Peter, pero hay una substancial diferencia entre ellas, que es un hecho administrativo de honda relevancia pues el Montealto de hoy, Agropecuaria Montealto S.L, fue creada al amparo de un artículo, el 5 bis b) de los Estatutos de la Unión de Criadores de reses de Lidia, y pasó al grupo primero de dicha Unión en virtud de severos acuerdos tomados en Junta Directiva de la referida Unión. Se ve que donde otros ponen casta y acierto ganadero estos ponen leguleyos que les van abriendo puertas gracias a autos, reglamentos, codicilos o memoriales. Lo malo de eso es que no hay artículo ni acuerdo que les quite a los toros la mansedumbre, las ganas de huir o los cabezazos que pegan, ni que haga que salga una corrida pareja en presentación en tipo y en encornaduras, que es donde se ve la mano del ganadero, el cual por lo visto hoy debe ser bastante limitado, especialmente porque ya lo anuncian en el propio nombre de la razón comercial propietaria de la bueyada.

El primero tenía los pitones como esos del bos primigenius que hay en el Museo Arqueológico Nacional que se encontraron en Rivas. Fue salir el bicho con esa desproporcionada leña en la cabeza y ponerse Faustino el del 7 a aplaudir como un poseso, y como uno ya tiene observado hace años que lo que Faustino aplaude de salida luego no vale para nada, nos entristecimos por la mala suerte que había tenido Chechu en el toro de su confirmación. La apuesta era sobre seguro, que la premonición de las palmas de Faustino no falla nunca, y el buey estuvo boyanqueando a lo largo y ancho de la Plaza, huyendo de los pencos guateados y de las afiladas aristas de las puyas, sin hacer caso a Otero, que tiene su oficio, y proclamando el desasosiego que le producía verse en Las Ventas, donde el pobre animal no sabía a qué había venido ni por qué. Después de un trasteo la mar de insulso, en el que pareció que Chechu presentaba un perfil bullidor y optimista, pues hay que tener un enorme optimismo para venirse a confirmar Madrid vestido como venía, le perdió la cara al toro en el tercio, frente al 9, a la salida de unos muletazos, y yendo el toro hacia él, le derribó y le pegó una cornada, cuando ya estaba el torero en el suelo. Se lo llevaron a la jurisdicción de los galenos y desde ese momento la corrida se transformó en un mano a mano entre Pedro Gutiérrez «El Capea» y Alberto Aguilar, que a su vez sustituía a Fernando Cruz, que no pudo venir por algo relacionado con una lesión.

Para quien viniese hoy por vez primera a los toros, a partir de ahí se creó el galimatías, pues como Capea se tuvo que encargar de matar el primero, se corrió turno y Aguilar mató en segundo lugar al tercero, Capea al segundo en tercer lugar, Aguilar al quinto en cuarto lugar, Capea al cuarto en quinto lugar y Aguilar, por fin, al sexto en sexto lugar, que ese lío el único que lo explica bien es Manolo Morán en Tarde de Toros, la gran película de Ladislao Wajda.

La parte de Capea es, previsiblemente, lo que se puede esperar de Capea. El hombre pone su leal saber y entender y los malintencionados dicen que si el chico funciona como matador de toros es porque es hijo de su padre; y la verdad es que hay tantísimos toreros con tan poco interés como Capea que han ido quedándose por el camino, que uno puede llegar a pensar que algo de eso debe haber. Por otro lado se puede pensar que no debe ser un torero que cobre una millonada, que además seguro que le liquidan a final de temporada, y que a la Empresa le viene estupendamente este muchacho para rellenar un cartel de domingo con un nombre que medio suena, aunque suene por méritos ajenos. Dicho lo anterior, digamos que a él le tocó el mejor toro del encierro, Colgado, número 40, que salió en quinto lugar y por no perder más el tiempo, correremos un tupido velo sobre la actuación de este Pedrito y su toreo campero perfectamente imaginable.

A Alberto Aguilar le hemos visto por Madrid con ganado de compromiso. El año pasado, en la corrida de Victorino que cerró la feria, malogró con el estoque una actuación de gran mérito. Hoy hemos tenido la ocasión de verle con tres toros de diversa condición. Su primero, Fandanguero, número 52, sacó genio y violencia en su mansedumbre. Alberto Aguilar comenzó su faena por la derecha bastante aceleradamente, mandando muy poco al toro, más bien acompañando el viaje, pero con la decisión de quedarse. El toro no era ni mucho menos el borreguito del otro día de Manzanares, pues su descompuesta embestida anunciaba la incertidumbre de la cogida. La faena cambia cuando Aguilar se echa la muleta a la izquierda, el mejor pitón del toro, y le torea al natural, algunas veces por ayudados, pues el toro no era como para tomarse confianzas; entonces consigue arrancarle algunos pases largos y mandones, algunos de gran hondura, y supera la prueba cuando se queda impávidamente ante un amago del toro, sin moverse. Faena enjundiosa y de menos a más la de Alberto Aguilar con este toro, por su disposición y por las condiciones del animal, que supera en muchísimo, por las dificultades del toro, la perrez del otro día de Talavante que tanto hizo extasiarse al respetable.

En su segundo, otro buey que se defendía a cabezazos, no pudo dar otra medida similar a la del primero, pues además el bicho no tenía la condición agresiva y violenta del primero. Le probó por los dos lados y no hubo manera de llegar a nada.

En su tercero quiso Aguilar dejar el toro crudo. Ordenó al picador, Francisco Javier Sánchez, que le diese poco castigo y a causa de eso, de no estar picando, el toro derribó al caballo en la primera entrada. La segunda vara fue muy bonita con el picador moviendo bien el penco, toreando con el aleluya y agarrando bien al toro, al que señaló el puyazo sin castigar. Muy bien con los palos en ese toro Tito, que iba de tercero. Principió Alberto Aguilar la faena en los medios, haciendo galopar al toro y sin sujetarle mucho y luego continuó su faena, de aire más moderno que la de su primero, por las afueras correteando mucho entre pase y pase, pues no quedaban rematados, y sin ligazón en las series. La faena no llega a cobrar vuelo en ningún momento, siendo lo más celebrado de la misma las trincherillas y otros pases de adorno finales antes de perfilarse a matar. Al toro le pega un pinchazo quedándose en la cara y luego una estocada baja, ejecutada de igual manera.

Con un gran criterio de dignidad, el Presidente de la corrida, don Julio Martínez Moreno, defendió la decencia del palco y de la Plaza no accediendo a la petición de las gentes de que sacase su pañuelo blanco, pues ni la faena, ni la ejecución de la suerte suprema, ni la colocación del estoque merecían tal galardón. Así se debió actuar el pasado viernes en defensa del prestigio de la Monumental de Las Ventas, pero ahí estuvo la eléctrica mano de Manolo for President que regaló, con sus cesarianos golpes de muñeca, su pañuelo blanco a Manzanares III, a Castella y a Talavante. Sin embargo, cosas de la vida, será a don Julio a quien le van a dar más palos que a una piñata mexicana por cumplir con su deber.

Como estrambote grotesco reseñemos, en el final de la corrida con la gente moviendo los pañuelicos blancos en sus localidades, la completa performance que ha sido la entrada de las mulillas al ruedo, que parecía un tiro de caracoles o de tortugas por la velocidad desusadamente lentísima con que se fueron aproximando al despojo de Novillero, número 42, completada magistralmente con un pequeño y teatral intermezzoque se produce en la procesión, cuando uno de los mulilleros, solícito, detiene el tiro para arreglar algo que se había descolocado en una de las cabezadas.

Don Julio Martínez Moreno, que hoy defendió lo que queda de la imagen de
la Primera Plaza de Pueblo del Mundo,
negando el descuartizamiento que exigía la talanquera, más el parón bribón del tiro de mulillas
¡Y con Joselito Calderón en la asesoría!
En Bilbao, los aficionados cabales gritan: "¡Aguanta, Matías!"
(Matías es el custodio del prestigio de la plaza de Bilbao)
En Madrid habrá que gritar: "¡Aguante, Don Julio!"