la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 21 de mayo de 2013

Undécima. La novillada de Nazario. Una merienda parda y un señor de marrón / Por José Ramón Márquez


 
 
José Ramón Márquez

Vuelta a Las Ventas tras el festivalillo orejero del domingo. Mientras en Vic Fezensac sueltan los toros de La Quinta, los de Murteira, los de Cebada Gago; mientras en Nimes sueltan los de Miura o los de Escolar, en la Primera Plaza de Pueblo del Mundo avían al selecto público con una de Fermín Bohorquez, que lo mismo podía haber sido del Cortijillo, de La Palmosilla o de La Dehesilla. Fiesta española, con los toros lidiándose en Francia y dejando para España a las cabras regordías. ¡Así nos va!

Hoy en Madrid, novillada de Nazario Ibáñez, procedencia Núñez. Corrida bien presentada, en tipo y multicolor. Parado el primero, Fundadas, número 34, que parecía que se le había agotado la cuerda; manso huido y violento el quinto, Luna, número 40, y manso también el sexto, Cornialtas, número 48, fueron los que se encargaron de traer los problemas a la terna. En el otro extremo puede decirse que también cada uno de los novilleros tuvo a su disposición un toro sin grandes complicaciones, salvo las naturales. El toro más claro para el torero por su bobería congénita fue el cuarto, Leopardo, número 20, pero también el segundo y el tercero dejaron estar.

Para despachar los nazarios se anunciaron Álvaro Sanlúcar, Gonzalo Caballero y César Valencia, de Caracas como Antonio Bienvenida.

Álvaro Sanlúcar representa el neotoreo a la perfección. En su primero mostró de forma plena su concepto, gracias a la colaboración del toro, ya que como el animal se paraba entre pase y pase se podía observar con gran precisión la julianesca actitud de este Álvaro Sanlúcar, resumida en su cite alcayatero, en su ocultación de la pierna de carga -para prolongar al infinito el muletazo, dice un iluminado- en su continua carrerita de recolocamiento y en toda la sarta de memeces que a estos pobres chicos les venden como el torero del Siglo XXI. En su primero es como si nos hubiese enseñado una radiografía de su concepto del toreo y en su segundo novillo, el cuarto de la tarde, que se movía más y no estorbaba, ya echó toda la maquinaria a rodar. Se debe reseñar que hay gente que cuando contempla al torillo corriendo de acá para allá jalea con ímpetu esa ensalada de pases, pues es de sobra conocido que hay gente pá tó. Digo yo que, sin salir de Sanlúcar, podía buscarse por allí a José Luis Parada y pedirle que le explicase cómo es el cite con el medio pecho, cómo se torea hacia adelante sin ceder la posición al toro y cómo se puede construir una faena con pocos pases y mucha enjundia.

Gonzalo Caballero presentó en Las Ventas dos caras bien distintas. En su primero, el toro «bueno», echó un jarro de agua fría a los que hemos apreciado en él su sello personal y su frescura de torero que tiende a lo clásico. La faena que planteó fue demasiado superficial, demasiado vulgar y montonera, como si en esta dura travesía que le llevará a ser matador de toros estuviese dejándose a jirones su personalidad y estuviese siendo abducido por el mainstream a cambio de ir adquiriendo recursos técnicos. Tiene esa faena, no obstante, dos cosas de valor. La una es la manera tan torera en que resuelve una situación apurada con un molinete de pura inspiración, de pensar en la cara del novillo. La otra, la visión clara de, tras las bernardinas finales y casi antes de que se hubiesen apagado los aplausos, igualar con mucha celeridad y tirarse a matar. Falló el que no mató, pero la cabeza funcionó de maravilla. En cualquier caso, la sensación que queda a la muerte de su primero es más bien de desánimo, de que el torero no ha traído a la Plaza lo que se esperaba de él. En su segundo, la cosa cambió. El toro había estado a su albedrío por la Plaza yendo de acá para allá, sin atender a capotes ni a caballos, sin fijar y sin que de su lidia -por llamarlo de alguna manera- se pudiesen sacar conclusiones sobre las intenciones del bicho más allá de la constatación de su mansedumbre. Caballero plantea la faena frente al 7 -hoy transformado en merendero- y se dedica con gran entereza a aguantar las embestidas del toro, Luna, haciendo un derroche de entrega para que no se le fuese la tarde de vacío. El bicho tenía sus problemas y Caballero se plantó con firmeza, le sacó los pases a base de tesón, hasta diríamos que se pasó de faena, y puso sobre la arena de Las Ventas su mayor activo, que es, hoy por hoy, su valor. Mantiene su cartel.

César Valencia es un torero que no debería haber venido a San Isidro aún. Si el torero tiene algo que decir, eso es algo que apenas debe importarles a los que le han traído hoy a Las Ventas, porque lo que queda de sus dos actuaciones es la constatación de que nos encontramos ante un torero poco placeado y de aire bastante pueblerino. Se supone que Valencia es otro de tantos como traen a jugársela a una carta, a estrellarlos.

Ahora que se ha puesto de moda eso de inventarle hermanos picadores a los toreros, alguien apuntó que Germán González, de la cuadrilla de Sanlúcar, quizás podía ser un hermano pequeño de Dámaso González, aunque yo creo que los únicos hermanos que hoy había en la Plaza eran los Otero, Ángel y José,  que iban con César Valencia y que anduvieron sueltos con los palos y en la brega. Una entrada al sesgo al sexto protagonizada por José cuando el toro estaba aquerenciado en toriles fue de gran exposición y aunque se cayó uno de los palitroques eso no quita mérito a la manera en que Otero buscó al toro, que esperaba, y reunió en la cara. En la cuadrilla de Caballero, El Lipi también anduvo bien con los palos en el segundo de la tarde.
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Don Enrique, el señor de marrón que no dejó ni a sol ni a sombra al pobre Caballero