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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 20 de mayo de 2013

SAN ISIDRO: OREJAS Y GRANIZO A GRANEL / Por Antolín Castro

Juan Del Álamo

"...Los espadas, por orden de antigüedad, un francés, un español y un mexicano, Juan Bautista, Juan del Álamo y Diego Silveti, han puesto todo de su parte, en franca competencia en quites y luego en sus respectivas faenas para no dejar sin trofeo al país que cada uno representaba..."

OREJAS Y GRANIZO A GRANEL

Antolín Castro
España
S.I. Tarde entretenida con cartel internacional la celebrada esta tarde en Las Ventas, con sorpresas y casi todas positivas.

Quizá la única negativa sea la meteorológica, aunque haya sido muy adversa, pero que también ha puesto su ‘granizo en la arena’ -como ven hemos cambiado el dicho popular para ajustarnos a la realidad- para que la épica diera sentido a ciertos momentos de la lidia.

Precisamente la descarga de la gran tormenta de granizo sea la protagonista de la sugestión popular como para que el corte de orejas haya sido equitativo además de sucesivo, 3º, 4º y 5º han sido los toros desorejados, en el 6º ya no caía ni el agua ni oreja de toro tampoco.

La primera sorpresa ha sido el juego de los toros de Fermín Bohórquez, por encima de lo esperado y que han permitido a los toreros estar con ellos con bastante comodidad. A ellos se unió un remiendo, a la postre el mejor, de Carmen Segovia. Toros manejables en términos modernos, que tras mansear se entregaban a sus matadores con cierta nobleza.

Los espadas, por orden de antigüedad, un francés, un español y un mexicano, Juan Bautista, Juan del Álamo y Diego Silveti, han puesto todo de su parte, en franca competencia en quites y luego en sus respectivas faenas para no dejar sin trofeo al país que cada uno representaba.

Lo de más calidad ha sido el recibimiento con el capote, por parte del salmantino, al quinto de la tarde. Verónicas abrochadas con media que han levantado la ovación de la tarde. Sin duda, lo mejor de la feria con el percal.

Decíamos que todo empezó en el tercero, se abrió el cielo, llegaron truenos y relámpagos, y con todo ese estrépito comenzó a caer agua primero y granizo después, La gente huía de los tendidos, cosa lógica, y Diego Silveti no huyó. Enfrentó las dos cosas, el diluvio y el toro, y se dispuso a dejar muy alto el pabellón de su México natal, también el apellido, que pesa lo suyo, lo puso sobre la arena, -ya movediza a esa hora- y trenzó una actuación muy digna, con mucho corazón y voluntad. Los pases por la espalda con los que comenzó su faena pusieron en claro su disposición. Lo que caía del cielo lo interpretó como una bendición y con la muleta se entregó entre el fango que era el ruedo.

Las bernadinas finales pusieron el colofón a su arriesgada disposición. Mató tras un pinchazo y los que quedaban en la plaza se lo agradecieron de verdad. Flamearon pañuelos y D. Trinidad dio por sentado que había mayoría entre tantos claros y sacó el pañuelo tarde, tanto que hubo que buscar la oreja del toro ya en el desolladero. Que duda cabe que la oreja contenía buenas dosis de sugestión por la situación, pero México 1, Francia y España, 0. Un resultado negativo para los europeos.

El francés tuvo pronto ocasión de resarcirse, de empatar. El toro de Carmen Segovia lo tenía todo y Bautista puso también lo suyo en ese su paso intermitente por los ruedos. En este se centró y sacó buenos muletazos y otros menos, pero la tarde se había puesto generosa en agua y en ganas de conceder trofeos. Oreja para el de Arles, que dejaba al español en fuera de juego.

Juan del Álamo, de nuevo con los de Bohórquez, se empeño en no salir derrotado y mostró su disposición con dos largas de rodillas en el tercio para recibir al quinto, ese que dicen que nunca es malo. Y no lo fue, concediendo al español la opción de llegar al empate con sus compañeros. A poco estuvo de truncarlo la larga agonía del toro, pero el público quería empate y empataron los tres toreros internacionales. Ya quisieran en la ONU tener esta misma forma de ponerse de acuerdo.

Tal y como estuvo la tarde, tal y como llevamos la feria, no parecía hoy el día de medir con el calibre ni ninguna otra regla de medir a los toreros. Con la plaza casi medio vacía por los obligados desertores, y el ruedo hecho un fangal, los presentes quisieron que su mojada tuviera compensación, máxime cuando algunos fueron apedreados sin compasión.
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