la suerte suprema

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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

lunes, 27 de mayo de 2013

Aldabonazo de Alberto Aguilar / Por Antonio Lorca

Cornada a Chechu

"..Alberto Aguilar mató mal, pero el público estaba de su parte y decidió que debía salir por la puerta grande.
La decisión antirreglamentaria del presidente lo impidió; pero gracias a ello, la fiesta no está hoy un poco más decadente que ayer. Alberto Aguilar dio un aldabonazo, y se reivindicó como torero, pero la puerta grande es otra cosa..."

Aldabonazo de Alberto Aguilar

  • El diestro, que sustituyó a Fernando Cruz, tuvo una tarde meritísima
  • Dijo a los cuatro vientos que quiere ser figura del toreo

Antonio Lorca / El País
El cartel, que no era de los que más expectación había levantado, se rompió a media mañana cuando Fernando Cruz presentaba un parte médico por problemas respiratorios que le impedían cumplir con su compromiso. Alguna fuerza extraña se ha empeñado en que este muchacho no siga adelante; después de la tremenda cogida que sufrió en esta plaza el 15 de agosto pasado, se suspendió por lluvia el festejo de su reaparición, a finales de marzo, y, ahora, una enfermedad lo deja fuera de combate. Un caso de auténtica mala suerte que, ojalá, algún día no lejano le cambie para bien.

Su puesto lo ocupó Alberto Aguilar, que ha sido el triunfador y el protagonista de una encendida polémica sobre si el presidente debía de haberle concedido la oreja del sexto, pedida por el público, que hubiera significado su salida a hombros por la puerta grande. ¡Bendita polémica!

Posiblemente, con el Reglamento en la mano, el respetable tenía razón. Pero este lo que es se inclina por la valiente decisión del usía por dos razones: primera, la actuación en conjunto de Aguilar fue valiente, entregada, y artista, en ocasiones, pero no de puerta grande; y segundo, el público demuestra cada tarde que valora mucho más lo accesorio que lo fundamental, y la aceptación de su criterio hubiera significado un nuevo bajonazo a la exigencia que debe presidir la fiesta de los toros. Por la puerta grande deben salir los toreros que protagonizan una gesta sin igual, y ese, sin ninguna duda, no fue el caso de Alberto Aguilar.

Dicho lo cual, es incontestable que su tarde fue meritísima, que dijo a los cuatro vientos que quiere ser figura del toreo, que tiene valor más que suficiente, gracia en las muñecas y sentido del temple. Tiempo tendrá, seguro, de volver a esta plaza y armar el taco que, ayer, por culpa de los toros, no pudo alcanzar.

La tarde había comenzado con el triunfo del gafe. De entrada, Chechu, que confirmaba la alternativa, se presentó con un vestido de color amarillo y azabache (‘lagarto, lagarto’), evidenció instantes después que no le acompañan los andares ni las condiciones, y tuvo la mala suerte de que el toro lo volteara en un momento en que le perdió la cara y lo mandó a la enfermería con una heridas grave en el muslo izquierdo. Llevaba cinco años esperando la confirmación y se ha encontrado con la cara más amarga de la fiesta.

Del cartel original solo quedaba El Capea, que ha vuelto a dejar claro que no le adornan motivos para estar en San Isidro. El capote no es lo suyo, a pesar de un airoso quite por verónicas al sexto, y, con la muleta, torea despegado, siempre al hilo del pitón, sin hondura, como si no sintiera lo que hace, y su labor resulta insulsa y vulgar. Aburrió soberanamente con su desclasado primero y no estuvo a la altura del noble quinto.

Y la tarde quedó toda ella para el nuevo, al que habían llamado a las doce de la mañana para que vistiera de torero y llegó dispuesto a reivindicarse como tal. Su actitud en la plaza dice a las claras que busca el triunfo con desesperación. Pudo sobradamente con la falta de clase de su primero, muy dispuesto en todo momento, bien colocado, cruzado al pitón contrario, y le robó un par de naturales de alto calibre, y otro más, después, y un largo pase de pecho y un garboso molinete. Acabó con unos ayudados por bajo con enorme gracia torera y cuando mató de una estocada casi entera le concedieron una oreja que llevaba el signo de la generosidad.

Nada pudo hacer ante el cuarto, un marrajo que embestía con la cara alta y un peligroso cabeceo. Preparó pronto la espada y se eternizó con el descabello.

Y la polémica llegó en el sexto, un toraco largo y muy serio, al que recibió con una larga cambiada en el tercio, y lo veroniqueó con elegancia en tres capotazos y una larga de mucho sabor.

Brindó al público después de que no encontrara a quien buscaba en el tendido, citó a lo lejos al toro y ligó una primera tanda de redondos que hacían presagiar faena grande. Pero el toro no lo permitió; adolecía de un molesto cabeceo, se empleaba muy poco y deslucía las buenas intenciones de Aguilar. De uno en uno le robó dos naturales, y, después, una tanda con la derecha, muy ajustada y honda. El animal se rajó definitivamente, y aún entonces dibujó un cambio de manos y una trincherilla airosa. Mató mal, pero el público estaba de su parte y decidió que debía salir por la puerta grande.

La decisión antirreglamentaria del presidente lo impidió; pero gracias a ello, la fiesta no está hoy un poco más decadente que ayer. Alberto Aguilar dio un aldabonazo, y se reivindicó como torero, pero la puerta grande es otra cosa.

Plaza de Las Ventas. 26 de mayo. Decimoctava corrida de feria. Casi lleno.

Montealto/El Capea, Aguilar, Chechu

Toros des Montealto, muy bien presentados, mansos, descastados y sin clase; noble el quinto, ovacionado en el arrastre.
Pedro Gutiérrez El Capea: estocada (silencio); dos pinchazos y estocada (silencio); tres pinchazos y estocada (silencio).
Alberto Aguilar: casi entera (oreja); estocada y siete descabellos (silencio); pinchazo y estocada caída (petición y vuelta).
José R. García Chechu, que confirmó la alternativa: cogido durante la faena de muleta a su primero.

Parte médico: Herida en la cara posterior del muslo izquierdo, con una trayectoria de 25 cm., que causa destrozos en los músculos isquiotibiales, contusiona el nervio ciático y contornea el fémur. Pronóstico grave.

OVACIÓN: Rafael González y Tito se lucieron con las banderillas, y Raúl Ruiz con el capote. Los tres, de la cuadrilla de Alberto Aguilar.
PITOS: A pesar de la nobleza del quinto, la corrida de Montealto decepcionó por su mansedumbre y falta de clase.
DESTACADOS: Aguilar no salió a hombros como pedía el público, pero la fiesta de los toros ha ganado en exigencia y seriedad