
Mi padre tenía 10 años el 18 de julio de 1936, por lo que perteneció a la generación de los niños de la guerra que sufrieron los rigores y privaciones de la contienda, sin participar en ella. Perteneciente a una familia de clase media, tradicionalista y castrense –con familiares muy queridos luchando en ambos bandos– se alistó a la Falange al día siguiente de la liberación de Málaga por las tropas nacionales, tras la explosión de júbilo provocada por el final del terror rojo, que tan cruelmente se había cebado con aquella ciudad.
Alistado en el Frente de Juventudes, pronto destacaría por sus dotes de mando y brillante oratoria y por su empeño en unir reconciliados, bajo banderas bautizadas de sueños imperiales, a los hijos de los que mataron con los hijos de los que murieron, en un patriotismo doliente y un anhelo real de justicia social.
Nombrado Gobernador Civil de Ciudad Real con apenas 30 años, imprimió su mandato de autenticidad, eficacia y cercanía, recorriendo sin descanso sus 102 municipios y abriendo su despacho en audiencia pública dos días a la semana para conocer de primera mano los problemas reales de sus habitantes. En la Ciudad Real de 1956 estaba todo por hacer y del acierto y fecundidad de su gobierno dan fe los miles de manchegos que, en un día frío y lluvioso de febrero, abarrotaron literalmente la Plaza del Gobierno Civil para despedirle entre lágrimas y aclamaciones, en una muestra de gratitud que jamás olvidó.
Tras un paso fugar por el Gobierno civil de Burgos, fue nombrado por Franco Gobernador Civil de Sevilla, una tierra en la que persistían aún atávicas situaciones de injusticia social y con un grave problema de vivienda y analfabetismo.
No era nada fácil para un malagueño entrar en Sevilla, pero, al igual que sucediera en la Mancha, el pueblo sevillano le devolvió, en torrentes de gratitud, la enorme tarea de transformación que sus ocho años de mandato representaron para la capital hispalense, en el que vio cumplido su sueño de poder entregar más de 12.000 viviendas sociales, creando nuevas barriadas para realojar con dignidad a familias que vivían en situaciones verdaderamente precarias e inaugurar más de 2.000 centros escolares. En su carta de despedida, mi padre dejó escrito lo siguiente: “quiero, cualquiera que sea el lugar de mi reposo, tener sobre mi pecho un poco de tierra de Sevilla, el lugar que más he querido y donde siempre tuve el depósito de mi más noble nostalgia”.
La política, para mi padre, no era otra cosa que la emoción de poder hacer el bien y toda su acción política estuvo siempre impregnada de un sentido profundo de justicia social que le generó no pocos recelos entre las oligarquías de la época, cuya miopía no les permitía ver que, tras el verbo encendido de su retórica falangista, se escondía un verdadero hombre de acción que jamás se inclinó ante los poderosos y jamás conoció la fatiga o el cansancio a la hora de mejorar la vida de los más necesitados.
Los ecos de su acción política hicieron que Franco –con quien jamás practicó ninguna suerte de adulación cortesana y a quien siempre habló con la franqueza que su acendrado código de valores le exigía– pensara en él para su gobierno. Tras cinco años como Subsecretario del Ministerio de Trabajo, el Almirante Carrero le ofreció la cartera de Vivienda, sabedor de la gran labor que en ese terreno había desarrollado en su etapa de gobernador civil.
Precisamente el día en el que Carrero pensaba hablar a calzón quitado con sus ministros ante las disidencias que ya había adivinado en el seno de su gobierno, y de las que había hecho confidente a mi padre, un salvaje atentado terrorista acabaría con su vida y, de paso, con cualquier posibilidad de que el régimen evolucionase a la muerte de Franco sin hacer tabla rasa del colosal esfuerzo regenerador que llevó a España a ser la octava potencia industrial del mundo.
El asesinato de Carrero anticipó la hora de los enanos y muchos se apresuraron para situarse adecuadamente de cara al futuro. Desde la Secretaría General del Movimiento, designado por el propio Franco, trató inútilmente de regenerar las oxidadas estructuras del Movimiento para adaptarlas al reto del futuro, pero la sentencia de muerte del régimen estaba ya dictada por quienes debían garantizar su continuidad. Le tocó la ingrata tarea de decirle al propio Franco, por un imperativo de lealtad, que su sucesor no tenía ninguna intención de mantener la fidelidad a los principios, tras conocer que había enviado a su sobrino Nicolás –Consejero Nacional– a entrevistarse con Santiago Carrillo para hacerle partícipe de sus compromisos.
A la muerte de Franco, rechazó los ofrecimientos de jugosas sinecuras a cambio de su silencio y decidió salir de la política sin ninguna ganancia personal, para constituirse, desde el inicio de la democracia –tras presentarse en las primeras elecciones como independiente y financiar su campaña de su bolsillo– en una de las pocas voces que nunca cesó de reclamar justicia para un tiempo de la historia de España que el consenso político quiso sepultar para siempre de la memoria de los españoles. Como escribió de él Fernández de la Mora, “la política partitocrática no está hecha para hombres de su frontal decoro”.
Los motivos del “exilio” interior de mi padre –que tanto le costó en lo material– estaban muy lejos de la nostalgia: el amor a la verdad, la preocupación por el futuro de España y los juramentos contraídos no le dejaron otra alternativa que cargar sólo, en muchas ocasiones, contra poderosos molinos de viento. Tuvo la convicción profética de que construir España desde el desprecio injusto al pasado inmediato, sin asumir razonablemente el balance del tiempo anterior, alimentaría un mañana enfermo por el rencor y la falta de identidad auténtica. Ninguna nación puede saltarse su pasado, ni dejar de asumirlo. Nunca se resignó, nunca dejó de indignarse por aquello que lo merecía.
Desde su sincera humildad fue consciente de que el legado político del Régimen de Franco, la España reconstruida que hizo posible la transición, ha permitido el periodo más largo de paz en España en los últimos dos siglos, posibilitando un desarrollo material indudable. Esa victoria silenciada, a la que el tiempo hará justicia, le sostuvo siempre frente a la tentación del derrotismo y el desánimo.
Pero también tuvo tiempo de comprobar –no sin dolor– que su postura frontalmente contraria al sistema autonómico diseñado por los constituyentes, que le había condenado a ser un apestado en la política, estaba más que justificada y que el daño producido a la nación superaba los más negros presagios que advirtió entonces, en la más ardiente soledad.
Humilde hasta el final, ofreció a todos el ejemplo de integridad más extraordinario que se pueda concebir, sin presumir jamás, pero manteniendo hasta el final su fe y su lealtad a sus convicciones. Y lo que es más difícil: fue leal incluso a quienes no lo habían sido con él, afirmando así su formidable humanidad y su profundo cristianismo.
Pepe Utrera, mi padre, representó siempre la rebeldía frente a lo políticamente correcto, el coraje medido en la defensa de sus convicciones y la antítesis del sectarismo, pues fueron muchos los que, desde uno y otro lado del arco político, le mostraron admiración y respeto.
No podía encontrar un mejor resumen de su vida que el que él mismo hizo en el prólogo de su libro Sin Cambiar de Bandera y en su carta de despedida:
“No estoy dispuesto a olvidar lo que fui, ni me arrepiento por tanto de lo que soy. El ayer, el hoy y el mañana enlazan mi irrevocable filiación falangista. Me reconforta la seguridad de que mi vida no ha sido una promesa incumplida o un destino traicionado y que todavía no tengo que poner en mi esperanza ninguna negra colgadura. No podría, pues, hacer cuenta nueva porque las cifras serían las mismas y, fatal o felizmente, el resultado habría de ser también invariable; morir sin cambiar de bandera es el sueño que acaricio día tras días y hora tras hora. Ante la realidad actual de la vida política española, que frecuente contemplo con ojos atónitos, donde toda gallardía es inexorablemente condenada y toda lealtad a lo que fue nuestro pasado maldecida y proscrita, Dios quiera que este último sueño al menos se cumpla con honor y, si es posible, también con ventura.”
“Quiero ser enterrado con mi camisa azul. No es un gesto romántico sino la postrera confirmación de que muero fiel al ideal que ha llenado mi vida. (…) “Quiero pedir perdón a cuantos ofendí en mi vida y reiterar mi creencia en Cristo y mi fe en España, cuya bandera ha de ser mi sudario”.
Ojalá algún día, superado el odio cainita inoculado de nuevo en nuestra patria, pueda España reconocer con justicia la figura de mi padre, que ha legado a los suyos el patrimonio impagable de su integridad.

Amor y orgullo de buen hijo es lo que expresa Felipe Utrera-Molina de su padre don José, un hombre leal, ejemplar, y benefactor desde su trayectoria política durante el Régimen de Francisco Franco. Que Dios lo tenga en su gloria. ¡Arriba España! Bernardo Fuentes
ResponderEliminarEspléndido artículo.
ResponderEliminar