
'..No hay, pues, lugar al debate. La ciencia no opina, prueba. Y en este caso, ha probado que el toro no sufre durante la lidia y persiste en su ataque porque su sistema neuroendocrino gestiona el dolor infligido por los útiles con poderosa e instantánea eficacia. Y punto. Está científicamente probado. No cabe la discusión..'
EN CORTO Y POR DERECHO
Donde se demuestra que la lidia del toro es incruenta
Por José Carlos Arévalo
La semana pasada quedó claro, en mi anterior artículo, que el toro no sufre durante la lidia. No por lo que aseveraba el viejo aficionado: “El toro bravo no se duele al castigo”. Afirmación empírica, avalada por el hecho de que, tras recibir un puyazo, si se le vuelve a colocar al toro frente al caballo, repite su embestida.
¿Por qué lo hace? ¿Para defender qué ideal? ¿Para proteger a su tropa? ¿Lo hace porque en el círculo cerrado del ruedo no le queda otra? Entonces, ¿por qué repite y repite su embestida cuando se le pica a campo abierto, con todas las posibilidades de huir?
De acuerdo, lo que opinaba el viejo aficionado era razonable. Pero una opinión, por razonable que sea, solo es una opinión. Más taxativa es la ciencia, que jamás opina: le basta con probar. Y eso fue lo que hizo la investigación del biólogo Fernando Gil Cabrera sobre las “variables neuroendocrinas del toro durante la lidia”, presentada en la Universidad Complutense de Madrid en el año 2013 y aprobada por la autoridad académica con la calificación cum laude.
No hay, pues, lugar al debate. La ciencia no opina, prueba. Y en este caso, ha probado que el toro no sufre durante la lidia y persiste en su ataque porque su sistema neuroendocrino gestiona el dolor infligido por los útiles con poderosa e instantánea eficacia. Y punto. Está científicamente probado. No cabe la discusión.
Esta semana toca demostrar que millones de españoles están equivocados cuando afirman que la corrida de toros es un espectáculo cruel y que, por tanto, esos millones de españoles que van a los toros disfrutan con la crueldad de la lidia.
Pero una cosa es lo que el antitaurino cree que sucede en el ruedo y otra muy distinta es lo que en realidad pasa. El antitaurino piensa que en el ruedo hay un victimario, el torero, y está en lo cierto, y por eso sabe que acepta gustoso el nombre de matador. Pero también piensa que en el ruedo, frente al matador, hay una víctima, el toro.
Y al respecto, no es que se equivoque. Es que designar al toro como víctima contradice todo lo que este hace desde que sale por el toril: ser un desatado emisor de violencia, cuyo receptor es precisamente su victimario. Una evidencia incuestionable, pues para torear es ineludible asumir toda, absolutamente toda la violencia del toro. En cada lance, en cada pase. Ya sean estos ejecutados con prudencia o con valor.
Y esta tesitura, que es la misma entraña del toreo, suscita una inevitable ley natural de solidaridad de la especie humana con su semejante en peligro, que actúa siempre porque siempre la lidia plantea esta expectante y abismal situación: “toro agresivo = hombre en peligro”.
Una ecuación que en toda lidia va de menos a más, pues a medida que el toro se atempera, las suertes se van tornando más comprometidas y peligrosas, de manera que no desaparezca jamás el equilibrio dramático entre el hombre y el toro, siendo la última suerte, la llamada suprema, la más potencialmente letal para el torero, quien para matar al toro ha de arrojarse sobre sus cuernos y, sin verlos, torearlos con su mano izquierda, mientras su derecha, armada con la espada, acaba con el fiero toro bravo y despeja el ruedo del peligro abismal propagado por ella, cuyo autor es su vituperado torero.
No hay sacrificio animal tan ético como el llevado a cabo por el torero, el único que, para ser llevado a cabo, exige a su autor, el hombre, jugarse la vida.
El gran error del inquisidor antitaurino consiste en considerar la lidia como un combate, cuando el toreo consiste en negar dicho combate, en convertir la inextinguible violencia del toro en la armonía cadenciosa del arte. De hecho, el toreo es el arte cuya más estricta función es transformar la violencia del toro en la cadencia inefable del toreo.
En el logro de esa fabulosa y temporal sumisión de la violencia a la armonía reside la fascinación provocada por el toreo. Así como la muerte del toro es el único final factible, el único que acaba con su inacabable violencia, con su sublime bravura.
Por desgracia, estos inobjetables argumentos de nada sirven al fanático antitaurino. El puritanismo siempre ha sido la manifestación más cerril de una causa perversa.
En el mundo se producen anualmente 60 millones de toneladas de carne bovina, lo que no me permite calcular cuántos millones de reses representa dicha cifra. Pero no me escandaliza que el número de animales sacrificados para el consumo aumente en proporción al crecimiento de la población humana. Sí me subleva el prudente silencio animalista para con las grandes corporaciones multinacionales que los financian.
Ahora vuelven a presentar la ILP, iniciativa legislativa popular, contra la tauromaquia desestimada el año pasado. ¿Por qué lo hacen? Saben que por estos pagos prolifera el tonto útil. ¿Por qué se admite? Mucho me temo que para ganar un debate parlamentario no hagan falta razones. Tener razón empieza a ser una ingenuidad. Como, por ejemplo, ingenuo es este artículo.
--Próxima entrega: ¿Quién es el torero y por qué se le oculta?
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