
Antonio Caballero. Foto: El Colombiano
'..Antonio murió hace cinco años, el 10 de septiembre. Más o menos así creo recordar esa lejana primera conversación..'
Aquellos sesenta… (XXIX)
Jorge Arturo Díaz Reyes
CrónicaToro / Cali 14 IX 2026
Varias veces antes nos habíamos cruzado por ahí sin cambiar palabra. Volteábamos por los mismos barrios de lo que fue norte bogotano. Me caía más bien mal. Un larguirucho de pelo castaño, gesto pausado y mirada indiferente. Parecía uno más de los engreídos, sabelotodo del Gimnasio moderno. De esos que no jugaban fútbol sino bolos en el “Tout va bien” y tomaban malteadas faroleando con las bonitas de cola de caballo en el “Cream helado”.
Así lo clasificaba, en ese catálogo automático que vamos llevando de todo lo que vemos por ahí. Era evidente que nos reconocíamos, pero no lo mostrábamos. La casilla “innecesario” en que lo tenía registrado me lo impedía, y él por su lado menos, con esa manera que parecía decir —no me fijo en nada indigno de mi pedigrí.
Yo estudiaba unas cuadras más abajo. En el Fray Cristóbal de Torres, sobre la carrera 13, que pese a su nombre era tan laico y “liberal” como el suyo situado sobre la 11, aunque no tan caro. Uno con la calle 70, el otro con la 74, cerca. Por eso las fortuitas coincidencias de lugar.
Hasta una vez, a mediados del 62. Lejos de allí, en el centro. En uno de los pisos de la librería Buchholz. Quizá el tercero, no lo puedo precisar hoy, pese a que era uno de mis cotos preferidos de lectura furtiva.
Estaba en eso, frente al bien surtido estante “Tauromaquia”. Tema de producción editorial abundante, apreciada y demandada entonces. Absorto, hojeando “Death in he afternoon”, aun no traducido a “Muerte en la tarde”. Cuando escuché a mi espalda.
—Es un imbécil —- me giré sorprendido y encontré su mirada nada en su ya visto rostro juvenil, de una edad similar a la mía, y por tanto incongruente con la gravedad de la voz. Luego supe que solo era un mes mayor.
¿Cómo? —repliqué sorprendido y molesto.
—Hemingway —repitió como extrañado de que no se advirtiera la obviedad —Bueno, era un imbécil. Se mató hace un año.
Lo ignoré, preguntándome —a qué habrá venido este por acá. —Mientras reencontraba la página interrumpida —Imposible que haya sido a lo mismo que yo, libros y toros. —Pero insistió
—Ve y describe las corridas como lo hace con todo —regresé el libro a su lugar y lo encaré.
—Usted qué sabe.
—Porque lo he leído, a él y sobre él.
—Yo algo, y me parece que el imbécil es otro —contesté, dispuesto a la pelea.
La esquivó con un —Mejor este —y extrajo la “Tauromaquia” de Pepe-Hillo, esa sí en castellano.
—Es otra cosa —repliqué.
—Otra cosa sí. Como dice él mismo, uno solo debería escribir sobre lo que ha vivido.
—Él vivió lo suyo.
—Sí. Como un turista en el tendido. El otro como lidiador en el ruedo, y muerto por un toro.
—Bueno, pero este no lo escribió, lo dictó, era analfabeto —alegué.
—Es lo mismo. Escribir, dictar… Homero, Milton, Borges…
—Ciegos y tampoco vivieron lo que dictaron.
—Creación, arte, no falso testimonio — dijo despectivamente, mientras ponía a Pepe-Hillo en su sitio.
—En el fondo son lo mismo. Este libro hasta donde entiendo es ficción y no ficción. Un diálogo imaginario de un aficionado con una señora ignorante.
—Solo una patraña para colar un tratado sin fundamento, alzar un edificio sin cimientos. Además, mucho de tercera mano, se lo contaron o lo leyó… —argumentó levantando el tono por única vez.
—-Pero sus diálogos siempre son verosímiles, sus narraciones estupendas, sus personajes, su estilo…
—Y…
—Qué es un buen escritor. Hace buena literatura. Me gusta.
—Problema suyo. Eso que tiene ahí es un manual en inglés para gringos. Como esos de “Cómo ver una corrida”.
—Sí, sus opiniones seran discutibles para cada quién. Pero seguro este manual está bien escrito como los otros suyos. —insistí.
—-Tan bien escrito como concebía la literatura.
—Cómo
—Desnuda, directa, pobre. La obra literaria perfecta, es el cartel de toros, no le sobra ni le falta nada. Dijo una vez.
—Una metáfora
—Falsa, el texto de un cartel es artesanía publicitaria. “Seis bravos toros seis…”. Redundancia y mentira. Nunca salen así, los seis. Además, las imágenes, los colores, la diagramación…, es todo lo adjetivo y cursi que dice despreciar en la prosa.
—Era periodista, se formó así, fue lo que trajo al relato ficticio. La ruda y real sencillez.
—Claro. Fiesta, su mejor novela que lo lanzó joven, es poco más que un libro de viajes y ese que tiene usted ahí sin entenderlo, es una cartilla para principiantes.
—Así cautiva, vende a montones y es imitado
—Éxito comercial más que otra cosa. Sobrevalorado.
—Al menos indica el gusto mayoritario, no la moda, este libro, se publicó hace treinta años y sin estar traducido al idioma de las corridas aún se compra mucho y la crítica lo aprueba.
—La literaria, que no sabe de toros, y la taurina que no sabe de literatura, y no lo tratan igual.
— Pero coinciden en la importancia.
—Se sabía vender. Asociado desde el principio a los grandes: Anderson, Stein, Joyce, Pound… que le ayudaron a escribir y a proyectarse; y más con la imagen comercial de macho romántico que se construyó. Todo un montaje —siguió aduciendo ya sereno y sarcástico.
—Que funcionó. Cuando le dieron el premio Nobel hace ocho años, García Márquez que fue reportero como él escribió en El espectador la nota: “Para su obra literaria está bien por ahora el Nobel, para su obra vital quizá no haya premio suficiente.” Qué le parece.
—La opinión cómplice de un admirador —dijo alzando las cejas
—El estilo
—La suma de virtudes y defectos de un escritor.
—Como el toreo. En eso coincidieron él y Belmonte —recordé
—Bueno. El arte es un asunto personal así sea torpe, y el toreo y la literatura lo son. Arte, digo.
—Tan personal como el honor en un duelo, que también es.
—Para mí el arte. La belleza de lo terrible—afirmó
—Para mí las tres cosas.
—Para mí Ordóñez hoy.
—Para mí también…
Conversando habíamos bajado, salido de la librería, cogido a la izquierda por la Jiménez, luego a la izquierda otra vez por la séptima, pasando San Francisco, la plaza de Las Nieves, el nuevo puente de la veintiséis, la plaza de toros, y por la trece sin darnos cuenta entramos en Chapinero.
Llegados al parque de Lourdes paramos. Allí me ofreció la mano diciendo —Soy Antonio Caballero, por qué no vamos juntos a la novillada el sábado.
—Está bien, a las dos y media en la entrada siete. Le di la mía y nos fuimos cada cual por su lado.
Antonio murió hace cinco años, el 10 de septiembre. Más o menos así creo recordar esa lejana primera conversación.
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