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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

viernes, 16 de octubre de 2026

Las Ventas: elitismo, tensiones y consenso / por François Zumbiehl


'..Definitivamente Madrid, por lo menos en su plaza de toros, no es una fiesta, o se resiste a serlo. Aquí todo sea por el rigor, la ortodoxia y la verdad..'

Las Ventas: elitismo, tensiones y consenso

Por François Zumbiehl
Ya se sabe, muchos aficionados de fuera, viniendo por primera vez a Las Ventas, se llevan una sorpresa: la alegría festiva no es lo primero que predomina en el ambiente, a pesar de los aplausos de compromiso que saludan la entrada de los toreros para efectuar el paseíllo, acompañados por los escasos acordes de la música, intermitente y accesoria en este coso.

Definitivamente Madrid, por lo menos en su plaza de toros, no es una fiesta, o se resiste a serlo. Aquí todo sea por el rigor, la ortodoxia y la verdad. Esta obsesión por no dejarse atraer por las sirenas de una espectacularidad barata y fraudulenta convierte a menudo una parte de la afición venteña en unos guardianes del templo, que vigilan a los toreros - sobre todo si
son figuras o en vía de serlo, por si su éxito pudiera tener un origen sospechoso - y procuran que no cometan el menor desliz con respecto al tetrálogo del toreo interiorizado por aquellos guardianes: nunca dejarás de cruzarte; de cargar la suerte; nunca utilizarás el pico; jamás el caballo franqueará la primera raya desde las tablas (que el picador no pique en el
sitio, ya es pecado menor). Ahí las circunstancias y necesidades de la lidia pesan poco frente al dogma intangible.

A veces esa pauta justiciera rompe el consenso habitual de un público de toros y, cuando se forman de repente unos grupos de opinión, linda con una versión particular de la lucha de clases. Los unos, entendidos maximalistas pero aficionados de a pie, ahincados en su mayoría en el tendido del sol y asumiendo la intemperie, quieren contrarrestar la pasividad, por no decir la complicidad con el mundillo y sus arreglos, de los otros, supuestos espectadores acomodados - los señoritos del clavel antaño, y ahora del gin tonic - que acuden a la plaza sobre todo para pasarlo bien en un acontecimiento social. Sin embargo, esa diferencia de condición no impide a los aficionados cabales del pueblo llano hacer prevalecer con la voz su auténtica aristocracia, la de la sabiduría, caricaturizando con unos olés sarcásticos, transformados de golpe en “¡Miaus!”, el jolgorio ante pases vulgares a cornúpetas indignos, propio de una masa benevolente, de más poder adquisitivo, pero poco menos que indocumentada. Los censores, erigiéndose en portavoces de la capital del toreo, denuncian el provincialismo de estos ingenuos: “¡Aquí no estamos en Benidorm!” Incluso se ha podido oír este grito despectivo, dirigido a un diestro de la tierra de María Santísima, tal vez un tanto empalagoso con sus alardes:” ¡Vete a Sevilla!”

El condensado de ilusiones y desilusiones entremezcladas, propias de un festejo taurino, hace que la afición madrileña se ponga a menudo tensa y malhumorada. En muchas tardes pronto se rompe el silencio de la expectación, y se oyen voces discrepantes, instrucciones o advertencias lanzadas al matador de turno, lo que convierte a éste en un opositor compareciendo ante un jurado de miles de catedráticos en tauromaquia. Pero es que en esta plaza el pueblo sigue ejerciendo de soberano, privilegio que le fue concedido desde hace muchos años, e incluso en tiempos preconstitucionales, cuando tenía la libertad de convertir a la autoridad, sentada en la presidencia, en el chivo expiatorio de algunas frustraciones de otra índole, increpándola con total impunidad, e incluso acusándola de estafa, al grito de “¡Manos arriba! ¡Esto es un atraco!”; grito, hoy en día, más escueto, enfocando la incompetencia del usía:”¡Presidente! ¡Fuera del palco!”

El rasgo más evidente de estas expresiones reprobatorias, extraño en un festejo al que uno acude por afición y habiendo pagado la entrada, es la obsesión de algunos por ocupar a su vez, a pesar de quedar sentados en el tendido, el papel de protagonistas de esta gran ópera taurina. Warhol habló ya de ese cuarto de hora de gloria al alcance de cualquier desconocido. Aquí, unos segundos son suficientes para compensar el anonimato, pues confieren al que eleva su voz por encima de la multitud la dimensión de un experto al cual no escapa nada de lo condenable. Claro, es posible que el orador de turno no tenga en el momento ningún mensaje concreto que justifique su intervención. Entonces, como recurso, viene el grito patriótico- ¡Viva España! - de obligado responso por un nutrido sector de la plaza, que vale todo un aplauso para el que lo ha lanzado. En la división de opiniones -
expresión consagrada por las crónicas - que surge a menudo en las gradas venteñas durante la lidia, y no solo al final como en otras plazas, no es raro que un núcleo descalifique de forma tajante la falta de reacción de la mayoría silenciosa:”¡Ignorantes!’, grito que puede rebotar contra él desde esa mayoría, harta de sus lecciones y rebelándose de sopetón, cuando el criterio de estos entendidos no se ha adecuado a la realidad de lo sucedido, por ejemplo la de un toro bravo y encastado, honrado con la vuelta al ruedo, que éstos habían protestado con palmas de tango y pañuelos verdes a su salida en el ruedo.

Dicho esto, sería injusto pensar que el papel de los censores es del todo negativo. Con sus recriminaciones recuerdan la necesidad de cumplir con las reglas básicas de la tauromaquia, en las que van unidas la ética y la estética, y sin las cuales este ritual pierde todo su sentido.

Está muy bien denunciar posibles abusos contra la integridad del espectáculo, cuando se debe llamar la atención al conjunto de la comunidad aficionada, pero, en mi opinión, mejor hacerlo al término de la actuación, sin provocar el aborto de la obra artística que está naciendo en el instante. Claro está, y eso es una particularidad de los toros, el público no para de subrayar con sus reacciones y emociones la creación emergente en el ruedo, pero debe mantener el equilibrio y quedar en su sitio, como hacía el coro de la tragedia griega, comentando la acción, acompañando a los protagonistas, pero no sustituyéndose a ellos.

Incluso para las protestas existe una raya que no conviene sobrepasar indebidamente - así como en la suerte de varas - mientras uno está en la arena jugándose la vida.

Gracias a Dios, toda esta tensión se manifiesta en los momentos grises del espectáculo, cuando el aburrimiento y la decepción despiertan el mal humor. Pero el menor logro, alarde de valor y destello de belleza están inmediatamente captados por la afición de Madrid, y reimponen de golpe el consenso. El respetable vuelve a comulgar, ante la misma evidencia, en la emoción instantánea y estentórea que sacude los cimientos de Las Ventas, como en ninguna otra plaza, borra con el vendaval de su felicidad todas las discrepancias, y nos levanta de los asientos. Por eso Madrid sigue siendo la catedral del toreo.

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