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domingo, 5 de febrero de 2012

UNA HUMANIDAD SIN LINAJE / Por Joaquin Albaicín


UNA HUMANIDAD SIN LINAJE

Joaquin Albaicín

Dicen que, quien dirigía sus pasos hacia la Academia de Platón, podía leer en el frontispicio de su entrada la siguiente advertencia: “No entre aquí nadie que no se haya reconciliado con su padre y con su madre”… Interpretaciones esotéricas aparte, parece claro que, más o menos desde los albores de la civilización, eso de proceder de un padre y una madre ha sido tenido en altísima –y comprensible- estima. Si nos remontamos hasta la noche de los tiempos, todos los grandes hombres –y también los de menos lustre- han gastado padre, ya fuera éste un mortal, un genio del bosque (en el caso de Merlín) o un dios (en los de Alejandro o Hércules). 

Y, quien no, se lo inventaba. Porque la venida al mundo de un ser humano desprovisto de padre conocido siempre era, en el pasado, un hecho infausto y no deseado por la madre, una contrariedad resultante, por lo general, de haber ésta mantenido, en el mismo período de tiempo, relaciones íntimas con más de un hombre e ignorar de cuál de ellos había concebido un retoño. Para el fruto de su vientre, una vez alcanzado el uso de razón, el asunto suponía un trago más bien amargo de deglutir, pues, a menos que se nazca en la secta de los Niños de Dios, es decir, en una sociedad por completo ayuna de jerarquías, códigos, moral y lazos familiares y regida en ese sentido por el más absoluto de los desórdenes, a todo el mundo le gusta tener padre y madre. Después, con las vueltas de la vida, uno podrá llevarse con ellos bien o mal, o incluso no llevarse. Pero la existencia –al menos, pasada- de unos progenitores propios ha constituido siempre un referente psicológico cuya ausencia no puede suscitar sino, como mínimo, desorientación acerca de quién se es y qué lugar se ocupa en el mundo. 

¡CÓMO CAMBIAN LOS TIEMPOS! 

Sin embargo, lo que –siglo tras siglo- tenía lugar como producto de un accidente o de dolorosos malentendidos, es hoy, muy a menudo, consecuencia de un plan ideado y llevado a la práctica por la propia progenitora. En efecto, cualquier fémina soltera o sin pareja, incluso lesbiana o cien por cien célibe, y hasta con voto de castidad certificado ante notario, puede hogaño solicitar su fecundación en un laboratorio con semen procedente de un amable y remunerado desconocido. Ya no se trata ni siquiera de un amante ocasional con el que, tarde o temprano, pueda el Destino hacer que vuelva un día a cruzarse en cualquier acera del mundo, sino de un completo extraño de quien no se sospecha su estatura, voz, color de pelo, profesión, nacionalidad… Es la madre, en fin, quien, por su cuenta y riesgo, de modo premeditado y –aparentemente- sin reparar en las consecuencias futuras que ello tendrá para su hijo, prepara a éste, con todo lujo de detalles, el marrón con el que cargará sobre sus espaldas durante toda la vida. 

Irónicamente, algunas mujeres –ignorantes acaso de que no hay efecto sin causa, ni causa sin efecto, y de que las fronteras de la vida trascienden con mucho las del ego individual- aluden a esa opción como una “maternidad sin problemas” (¡!). E, irónicamente, no faltan entre ellas las que consagran sus más encendidos elogios el pedigrí de sus animales domésticos… al tiempo que, con inaudita flema, despojan de toda importancia a la falta del mismo cuando se trata de sus hijos. 

PAPÁ NO EXISTE 

La “opción familiar” que comentamos es, en realidad, un caso clarísimo de sustitución del ser humano por la tecnología en una función tan absolutamente crucial para la formación de la personalidad individual como es la paternidad, pues no estamos hablando de situaciones en que, con los tratamientos y procedimientos a su alcance, la ciencia ayuda a ser padres a una pareja con dificultades de orden biológico para concebir descendencia, sino de un planteamiento reproductivo en el que la intervención pasada, presente o futura de un padre propiamente dicho queda voluntariamente omitida de antemano en la vida del ser humano en cuestión, y en la que la tecnología, lejos de limitarse a servir como vehículo o prestar un mero auxilio técnico en la concepción, se subroga, por medio de sus hierofantes de bata blanca, en el papel principal: la tecnología es, hablando en plata, el único progenitor conocido. 

En cuanto al niño venido al mundo como resultado de ese plan genesíaco, está claro que la eventualidad de que, en el futuro, pueda entenderse y congeniar o no con su padre, aprender o no de él, admirarlo o cuestionar sus acciones, queda excluida para siempre de su horizonte… y sin que –al parecer- esto parezca censurable a ninguna de las instancias implicadas, ya que tal cosa –la inexistencia y consiguiente ausencia permanente de un padre humano- es, precisamente, lo que desde el principio se pretende. Lo único que importa, y lo que da la medida de la satisfacción perseguida con el proceso, es la conclusión del mismo con la máxima impecabilidad desde un punto de vista puramente biológico. 

Claro que todo esto puede no terminar aquí para el niño sin padre. La ciencia no tiene por qué resignarse a que los trastornos de éste queden reducidos a un cierto y previsible desasosiego crónico. ¿A qué detenerse ahí si, con muy poco esfuerzo, se le puede dejar completamente colgado? 

”HIJO, TE PRESENTO A PAPÁ” 

Los códigos civiles se perfilan, en este aspecto, como aliados de gran ayuda. De hecho, a poco que se apliquen, las leyes hoy en vigor en varios países pueden llegar a destilar situaciones “familiares” –llamémoslas así- verdaderamente surrealistas, por no decir que de película de zombies, sobre cuyas consecuencias futuras para los hijos no sé si científicos, legisladores y periodistas se han detenido a meditar con atención y sosiego. 

Porque la madre “sin problemas” de nuestro artículo bien puede, un día, mudar de opinión y necesitar un hombre a su lado. Pero claro, a lo mejor, a fin de redondear la faena, busca un hombre también “sin problemas”, y ese hombre, ¿dónde está? 

La verdad es que muy cerca. Hoy, procediendo al empleo de técnicas muy similares a las de modificación genética del maíz y otros alimentos por multinacionales como Monsanto, los hospitales, a menudo con cargo a la Seguridad Social, proceden a la operación quirúrgica conocida como “reasignación de sexo”. Evidentemente, el sexo nunca ha sido nada que se elija, deseche, recicle o asigne, sino una cualidad congénita, un rasgo definitivo de la propia identidad, un sello indeleble, algo inseparable de uno desde el instante de su alumbramiento. Pero esto, claro, ya no es así, porque una serie de grupos de presión feminista y de grotescas organizaciones de obsesos, en connivencia con el lobby médico (para cuyos integrantes el juramento hipocrático importa ya muy poco) ha decidido lo contrario y, si lo han decidido ellos, pues claro, lo que digan la historia, la tradición, la biología y el sentido común importa un carajo. Sí, por supuesto que Platón enseñó aquello de que: “Si no debe emprenderse la cura de los ojos sin la cabeza, ni de la cabeza sin el cuerpo, tampoco debe tratarse el cuerpo sin el alma, y ese es el motivo de que los médicos helenos ignoren cómo curar muchas dolencias, pues desconocen el todo, que también debería ser estudiado; pues nunca puede estar bien la parte si no lo está el todo … El gran error de nuestro tiempo al tratar el cuerpo humano es que los médicos separan el alma del cuerpo”. Pero, esto… ¿Lo han leído los hierofantes de la ciencia, las lumbreras del lobby médico? Pues no. Platón no está incluido en su tabla de materias. Y, si es que sí, desde luego que, en la práctica de su disciplina, no se sienten en modo alguno vinculados al modo de ver las cosas del discípulo de Sócrates. 

Así pues, como señalábamos, hoy, mediante la aplicación de hormonas del sexo deseado, seguidas de mutilaciones después “reparadas” o parcheadas mediante cirugía, la madre en busca de pareja “sin problemas” puede encontrarse felizmente, a los pocos días de la operación… ¡con el “padre” del niño al que en las primeras líneas de este artículo nos referíamos! Y con que ese “padre”, además… ¡es una ex-mujer! Y con todas las bendiciones de la ley. 

Efectivamente, no existe ningún impedimento legal para que una lesbiana “reasignada” como “hombre” pueda contraer matrimonio con la señorita a quien al principio de estas líneas aludíamos y convertirse en el “padre” legal de su hijo (un “padre” que, como se ve, ya tampoco ha de ser necesariamente un individuo varón, pudiendo asumir perfectamente sus atribuciones y prerrogativas un hombre “sin problemas”, es decir, una mujer sometida, como antes mamá, a los tratamientos servidos por la tecnología). Bastará con que la afortunada ex-fémina sea titular de una cuenta corriente saneada y acredite la percepción de ingresos regulares para que, a todos los efectos, sea considerada apta para ejercer una “paternidad responsable” (que, obviamente, no es lo mismo que ser responsable de la paternidad, pero vamos, este es un fleco en el que los implicados no se detienen a pensar ni un segundo). 

Así pues, el niño se llevará la indescriptible alegría de que no sólo su padre sería, desde el punto de vista genético, la tecnología, sino que, además, también su padre adoptivo se lo habría brindado la ciencia. Todo “sin problemas”, como se apreciará… 

EL ÁRBOL SIN RAMAS 

El proceso, por supuesto, puede seguir adelante, ya que, al acceder a la mayoría de edad, la niña sin padre biológico puede optar igualmente por la maternidad “sin problemas”, lo mismo que, a su debido tiempo, la nieta, de modo que se logre llenar el mundo de individuos en cuyo linaje falten, desde varias generaciones atrás, no sólo el padre, sino –por pura lógica- los abuelos, abuelas, tíos, tías, bisabuelos, bisabuelas, tíos bisabuelos, tías bisabuelas y primos y primas paternos en cualquier grado. Llenar el mundo, es, decir, de individuos con un árbol genealógico vacío de hojas, sin un solo nombre o apellido por línea paterna en todas las generaciones que se recuerde. ¿Por qué conformarnos con a una maternidad “sin problemas”, si podemos conseguir toda una dinastía y, a poco que nos apliquemos algo más, toda una especie humana “sin problemas”? 

¿Cómo referirnos a los síntomas cuya generalización podría, eventualmente, desembocar en una situación como la descrita? ¿Como efectos secundarios sin importancia? ¿Como daños colaterales necesarios? 

Todavía no sé de un solo científico que, públicamente, haya reflexionado sobre ello. Y me tranquilizaría que alguien lo hiciera, porque no parece nada improbable que, dentro de poco, se empiece ya a hacer presión y campaña abierta en los medios en el sentido de que sólo sea recomendable que aparezca en la televisión, imparta la docencia, escriba libros, ocupe una concejalía, comande la cocina de los restaurantes o dirija el tráfico la gente “sin problemas”, es decir, aquella que pueda probar documentalmente su carencia de un árbol genealógico de raíces fascistas (léase con padre y con ascendientes por línea paterna). 

¿Nos aproximamos a un mundo en el que los niños –y no sólo los niños: también los adultos- podrán elegir ser legalmente adoptados por un Madelman de primera generación? ¿O por un clon? ¿Por qué no clonar, sí, a Freud, Freddy Mercury, Federico García Lorca o cualquier otro recipiendario de las devociones intelectuales o musicales de mamá, con vistas a ser endosado como “padre sin problemas” al retoño ayuno de él? ¿Qué pasa? ¿Es que sólo los hijos y nietos de Freud tienen derecho a descender del padre del psicoanálisis y cobrar sus derechos de autor? ¿Caminamos hacia una sociedad sin abuelos, sin bisabuelos, sin tíos, salvo en los casos en que se “descienda” del cantante favorito de mamá? ¿Marchamos hacia una sociedad sin “problemas”? 

Iba a decir que, por fortuna, nosotros no lo veremos, pero… la verdad es que no lo tengo nada claro. 
***
 The Ecologist

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Bonifacio / Por Joaquín Albaicín

Fiesta Taurina / Bonifacio Alfonso /Click/

"...Usted da ahora mucha importancia al hecho mismo de la madurez del pintar, que se va adquiriendo una cierta sabiduría con el paso de los años...
Eso es igual que los toreros. Los toreros buenos. Esos toreros que van a sentirse y no los que van a por la peseta sin pensar en hacer el toreo bueno...."

Bonifacio

Joaquín AlbaicínHubo una época, allá por los años 80, en que no cesaba de conocer a pintores, gremio muy dado al deporte —o arte- de la barra fija en todo tipo de botillerías. Uno de ellos, pronto gran amigo, fue Bonifacio Alfonso, quien ahora leo que, a muchos kilómetros de carretera de donde me hallo, acaba de trasladarse al otro barrio. Aunque haya muerto en su San Sebastián natal, siempre recordaré al Boni como personaje esencial del madrileño Barrio de las Letras, enzarzado por sus aceras y catacumbas en conquistas amorosas y noches flamencas imposibles que, después, se deslizaban a chorros por la superficie de sus lienzos.

Nuestros gustos en cuanto a toreros y cantaores eran más que coincidentes. De niño, había visto torear a mi abuelo en las plazas del norte. Por ahí, y por vía de la frecuentación de los mismos círculos, se tejió nuestra amistad. También el Boni adolescente quiso ser torero, aunque sólo por la lectura de su obituario he sabido que llegó a vestirse de luces en casi treinta con caballos y que encajó una cornada grande que medio lo desbarató.

No sé si por aquella vieja herida de guerra, andaba siempre como cascado, aunque con asolerada pátina de irreductible. Aún conservo una lanza zulú que me obsequió durante una de esas castañas rematadas, ya de amanecida, en su casa. Con una como esa en la diestra, es seguro que ha espantado ya y hecho correr a los malandrines que hayan osado salirle al paso en el camino al Paraíso. La que me regaló, la reservo para cuando me toque a mí.

Buena gente y gran artista, Bonifacio… Uno de los nuestros. Por eso es mi deber recordarle hoy en este artículo pre-navideño, cuando ya casi se escuchan las pisadas de los camellos de los Reyes Magos y mientras los pinceles guardan un minuto de silencio.

jueves, 20 de octubre de 2011

POR LA PUBLICIDAD AL PODER / Por JOAQUÍN ALBAICÍN



POR LA PUBLICIDAD AL PODER

JOAQUÍN ALBAICÍN
The Ecologist - Oct 2011

Toda frase o campaña publicitaria conllevan, no voy a decir que algo de engañoso, pero sí, cuando menos, de hiperbólico. Se da por hecho. En su estado más genuino, se trata de hipérboles inocentes o, cuando menos, asumidas. Ante el título de una de las películas que encumbraron a Gina Lollobrigida –“La mujer más guapa del mundo”- dudo que nadie se haya acomodado en la butaca del cine con la seguridad de que lo prometido fuese a responder a la estricta e incontestable verdad: bastaba con que Gina Lollobrigida luciera las hechuras que lucía para que ningún espectador varón se sintiera estafado (y con razón).

Lo contrario habría sido absurdo, porque… ¿Cuántos fakires humildes, hijos del proletariado o el agro, se han anunciado por todas las carpas de Europa como embajadores de los misterios del Oriente, discípulos de Rasputín o descendientes del Profeta? ¿Cuántas novelas salen al mercado presentadas, a la vez, como “la obra clave de la novela negra escandinava”? ¿Quién va a exigir la devolución del dinero de la entrada porque un boxeador pregonado como “imbatible” pierda el combate?

Con esto no se hace daño a nadie, y, en particular si pensamos en el mundo del arte y el espectáculo, no puede olvidarse que una de sus principales razones de ser es la creación de ilusiones. De hecho, la publicidad fue, durante siglos y siglos, una herramienta casi exclusiva del microcosmos de la farándula, y sólo en determinado momento –yo diría que a partir de la Revolución Industrial y las profundas mudas de piel que acarreó- pasó a formar parte de la estrategia de ventas de las empresas del mismo ramo que competían entre sí a gran escala (en Ur de los Caldeos o en la Benares de Buddha, un alfarero no hacía publicidad de su negocio; como mucho, colgaba a la entrada de su taller un letrero donde rezaba: “Alfarero”). Pero la publicidad del tragasables, el púgil o, incluso, el industrial no generaba miseria ni mandaba a nadie al arroyo. Hombre, tenía sus cosas. Allá por los días de “Cuéntame”, mi tía Manuela, por aquello de la afición, compraba una pasta dentífrica por nombre “Torero”, que, a tenor de lo que rezaba en la caja, era: “La que deja los dientes más blancos”. No tardó en darse cuenta de que, más que dejar los dientes más blancos, lo que la crema conseguía era tornar las encías más rojas.

Bueno… ¡Más se perdió en Troya! Mientras la publicidad no abandone esta doméstica escala de logros y debacles, continuaremos moviéndonos en el terreno de las mentirijillas sin consecuencias de gran calado.

Hoy, sin embargo, asistimos ya a una creciente implantación, a una omnipresencia de la publicidad en casi cada acera y cornijal de la vida, inclusive en aquellos ámbitos de los que sería razonable esperar un compromiso moral con su actividad propia y una aplicación a la misma más rigurosos que los característicos del prestidigitador, la vedette, el domador de fieras o el fabricante de palillos o toallas. El espíritu publicitario se ha convertido, en concreto, casi se diría que en la principal razón de ser de dos instituciones de las cuales depende la normal marcha económica de las sociedades y cuya temperatura anímica debiera discurrir, pues, por bien distintos derroteros: la banca y el Estado.

LA BANCA AMIGA

Con todos sus defectos, la banca ha constituido durante generaciones el sostén de infinidad de economías familiares. La confianza que, para llegar a fin de mes o emprender sus modestas iniciativas, el ciudadano medio depositaba en su entidad de siempre se ha desplomado de un día para otro en cuanto el amable director se ha tornado escualo ávido de sus ahorros y la pequeña sucursal se ha apoderado de su vivienda con la excusa de una deuda pendiente, a menudo de cuantía insignificante para el banco. La gente ha necesitado verse arrojada a la intemperie, con una mano delante y otra detrás, a vivir de la pensión de trescientos euros del suegro, y convencerse, después de veinte días de abrirla y cerrarla, de que la nevera está vacía, para entender cuáles eran, en verdad, las prioridades de ese director tan campechano y afable.

Como ya no hablamos de pasta de dientes, ni de qué actriz tiene los mejores muslos ni de qué ron es el preferido de Machín, se antoja indignante empezar, de repente, a escuchar a todas horas y a diestra y siniestra que –por ejemplo- tal entidad bancaria va a regalarte quinientos euros si domicilias tu nómina en una de sus sucursales. Y lo resulta porque ya no se trata de la tersura de tus pestañas o de si te has convertido en un gran conquistador gracias a una nueva e irresistible fragancia, sino que se está jugando sin piedad con las crudas fatigas –alquileres, hipotecas, desempleo, precios al alza, títulos inservibles- soportadas por las economías domésticas, y, por tanto, con situaciones de agotamiento psíquico que propician la búsqueda de clavos ardiendo y el anhelo fervoroso de vislumbrar –donde sea- un oasis.

No me he pasado por la entidad en cuestión, pues nada tengo que domiciliar, pero vamos, que eso no se lo creen ni hartos de vino. Lo que harán será soltarte un rollo, hacerte firmar un montón de impresos, asaetearte con mil preguntas de tontaina, especificarte que, además de domiciliar la nómina, habrás de hacer un ingreso de seis mil euros y comprometerte a no tocarlos durante dos años aunque te estés muriendo de hambre, y, al final, venderte en cómodos plazos –por tratarse de ti- una cubertería, una televisión de plasma equipada con Blue-Ray y un video de un concierto de Miguel Bosé exclusivo para sus clientes… de modo que, al final, salgas debiéndoles dos mil euros del ala y sin tabaco. Después, acércate con cara de mongolo a pedir que te adelanten cincuenta euros. Te dirán que nanay, que no pueden, y que es por tu bien, porque tú y ellos, que viajáis en el mismo barco, entraríais en “situación de riesgo”. Y tú, a tu casa tieso, pero aliviado, eso sí, por haberte librado gracias a ellos de esa temible eventualidad. Y, además… ¡Tienes el video de Miguel Bosé! ¡Eres un privilegiado, macho!

La pura realidad es que, hoy, el principal atractivo que ofrece la banca al ciudadano al acecho de un euro, una caña o pitillo es su nutrida red de cajeros automáticos, en los que, si hay suerte, se puede pasar la noche a cubierto. Pero esto, claro, no se indica en sus folletos y spots publicitarios.

TUS REPRESENTANTES ELECTOS

Si la gente ha dejado –quizá, para siempre- de confiar en los bancos- todavía atesora una pequeña –y, todo sea dicho, inexplicable- dosis de confianza en quienes conoce como los “políticos”. Vienen las comillas a cuento de que esos individuos, supuestamente entregados a la “política”, hace muchísimo que no se dedican a ella ni por equivocación. De hecho, ni siquiera saben lo que es. Lo que hoy conocemos como “gobiernos” no constituyen más que equipos de figurantes encargados de favorecer y, al tiempo, disimular en lo posible el crecimiento del capital ya en manos de la élite financiera cosmopolita. Los presidentes de gobierno, ministros, subsecretarios y demás acólitos… son eso: figurantes de un anuncio publicitario muy bien remunerado. Ni Rajoy se inspira en Churchill, ni Zapatero en Julián Besteiro ni Llamazares en Karl Marx. De hecho, las empresas demoscópicas y las asesorías de imagen que diseñan las campañas de los partidos políticos son las mismas a quienes las grandes multinacionales de la alimentación o la industria automovilística confían sus estrategias de ventas.

Si uno hace uso de las hemerotecas para retroceder tan sólo algunos decenios en el tiempo, se sorprenderá de la imposible comparación entre la riqueza de contenido de los discursos y escritos de Manuel Azaña, José Antonio Primo de Rivera, Indalecio Prieto, Julián Gorkin o José Calvo Sotelo y el paupérrimo valor de las trivialidades, gilipolleces, chorradas y demás significantes sin significado que conforman el matarile de los “líderes” políticos de hoy: el que ha estudiado tres carreras dice casi las mismas insipideces que el que hace sólo tres años era chico de los recados... por no decir que le supera en inanición intelectual. La razón es que, cual buenos figurantes, no dicen más que lo que les mandan. Su discurso, vacío de ideales y propuestas, es meramente publicitario. Se limita a la reiteración de unas pocas frases hechas con las que se prueba a entontecer las mentes de quienes pierden el tiempo en escucharlo, un poco en la línea de los “videntes”, “tarotistas” y “astrólogos” que infestan las noches de la pequeña pantalla con sus: “¡Destila energía positiva!”, “¡Concéntrate en tus chakras!” o “¡Permanece atenta al despertar de tu Kundalini!”

CANDIDATOS Y FIGURANTES

La única diferencia sustancial detectable entre los lemas de los spots publicitarios y las coletillas que constituyen la columna vertebral de los discursos “políticos” es la de que, significativamente, los llamados “políticos” no invierten la más mínima dosis de energía en convencer a las audiencias de lo certero de sus propuestas. Aparte de que dichas audiencias son en realidad una claque (la “clá” de toda la vida), tales propuestas no existen y ni siquiera, pues, son formuladas. De ahí esas maneras oratorias lacias, desganadas y ayunas de vibración. Ni ellos mismos se lo creen. ¡Normal! ¿Cómo se va a creer Rubalcaba que Rajoy quiere restaurar el franquismo, o Llamazares que encarna las esperanzas de la “clase obrera” frente a una “oligarquía” cuyos intereses inconfesables defendería Esperanza Aguirre?

De ahí que, mientras los figurantes de los spots publicitarios son aleccionados en el sentido de que la que anuncia tangas ha de mostrarse deseable, el que publicita pasta de dientes no puede tener dos dedos de sarro y el que desciende del Ferrari ha de exhibir gesto de seguridad en sí mismo, a los políticos no se les exija ni eso: cualquier tolili con los hombros caídos, voz de grillo y legañas en los párpados sale a susurrar que va a salvar a España y es respondido con una salva de aplausos que ni Atila en sus mejores tiempos.

Y ello obedece a una lógica: tanto la cadera de la maciza bañista como el tanga que la realza, tanto el tubo de dentífrico como el cochazo, al menos… existen. Cosa que no puede decirse de las vaciedades proferidas por los “políticos”.

Lo sorprendente es que muchos de quienes les escuchan sí piquen en esos anzuelos de plástico. Mi impresión es que hay que ser bastante lerdo para, a estas alturas de la vida y con la que está cayendo, creer por un momento que los bancos consideran su misión ayudar a quienes atraviesan por dificultades económicas, que el ejecutivo está muy preocupado por nuestra salud pulmonar o que hacer justicia a las víctimas del terrorismo constituya una prioridad para ningún gobierno.

DE LA POLÍTICA A LA VENEREOLOGÍOA

Las de los partidos son, con mucho, los peores ejemplos posibles de campaña publicitaria, quizá porque, como lo que ofertan no existe ni en sus programas, resulta baladí hacer el esfuerzo. Las actuales campañas electorales traen a mi memoria una en particular, que acaso haya sido la inconfesada fuente de inspiración de todas ellas. Durante muchísimos años, el transeúnte que deambulaba por la madrileña calle de Postas, posaba invariablemente sus ojos en un cartel, suspendido a la altura de la primera planta de un vetusto y maltrecho edificio y que rezaba: “Sífilis. Gonorrea. Purgaciones. Ladillas. ESPECIALISTAS”. El aspecto mugriento de las ventanas y del propio anuncio hacía imposible saber si allí te curaban de la gonorrea o te la inoculaban. Lo mismo pasa con la política. A fuerza de funcionar a cuatro patas, la política está sifilítica de ideas, y más bien debería llamarse venereología. Es pura publicidad cutre, como aquel cartel de Postas, y lo menos que puede ocurrir a quien a ella se dedique es que se le pudra y caiga la nariz. Lamentablemente, el sinnúmero de años que el reclamo de Postas permaneció en el mismo lugar es buen indicativo de lo que nos espera.

jueves, 28 de julio de 2011

LIBROS DE ANTIGÜEDADES DE ANDALUCÍA / Joaquín Albaicín


LIBROS DE ANTIGÜEDADES DE ANDALUCÍA  
Edición de Asunción Rallo Gruss  
Fundación José Manuel Lara
·...En rigor, la primera noticia referente a ese papel de Hércules en la historia de España me la brindó la lectura, ya en la adolescencia, de Los Toros, la clásica y monumental enciclopedia de José María de Cossío, donde se recoge cómo en el inconsciente colectivo, en la memoria popular, el primer manipulador de toros bravos en España fue Hércules, un “egipciano”..."

 Joaquín Albaicín
 Escritor y cronista

  Anticuario no es sólo el marchante de bargueños. De acuerdo con otro sentido de la palabra, anticuario es también el cultor de un determinado género histórico-literario “hasta ahora muy poco conocido, hasta el extremo de que todavía no tiene un corpus establecido”: el de los Libros de Antigüedades, variedad de ensayo muy cultivada en los siglos XVI y XVII y del que esta miscelánea, precedida por un excelente estudio de Asunción Rallo Gruss, constituye quizá “la primera aportación global y sistemática para el establecimiento del género”, un conjunto de obras que invocan como autoridades la Historia General de España del Padre Mariana, a San Isidoro, la General Estoria de Alfonso X… pero también a Homero, los libros de viajes de los clásicos (Filóstrato, Estrabón) y las hagiografías, además de los milagros de la Virgen.

  El perfil de los autores parece haberse ajustado al de un hombre con bagaje de estudios humanísticos o en teología, por lo general con un cargo eclesiástico o municipal y, a veces, dramaturgo o poeta. Patrocinado por un mecenas y llevado del propósito de enaltecer la propia ciudad, el anticuario perseguía, a partir de la observación directa del terreno y del descubrimiento de monedas, lápidas, frisos, columnas, estatuas, ruinas y otras “antiguallas”, la reconstrucción del escenario de las “antigüedades” (entendidas éstas como las hazañas, gestos y hechos gloriosos de los hombres del pasado) y su vinculación espiritual e íntima a la historia y el destino de la actual urbe. Se trataba, pues, de “dignificarla desde sus orígenes y contemplarla en sus grandezas presentes”.

  Así, en virtud de escritos como los de Francisco Bermúdez de Pedraza, Pedro de Medina, Pablo Espinosa de los Monteros, Agustín de Horozco y otros,  Córdoba, Cádiz, Sevilla, Barbate, Utrera… eran reivindicadas como fundadas por Hércules, o como patria de los Reyes Magos, o como guardianas de la tumba de Gerión[1]. El famoso templo y la contigua tumba de Hércules estuvieron, dependiendo de qué anticuario, en Tarifa, Cádiz, Algeciras, Almuñécar –donde se descubrió la tumba de un gigante egipcio- o Sancti Petri. La antigua Betis alzóse en el solar de la actual Baeza. Jerusalén, en Antequera o Granada. Y los Campos Elíseos, en Ronda.

  En la década de 1970, los temarios de historia de España ya no incluían, que yo recuerde, ninguna referencia a Hércules, Osiris, Gerión, Hispán o Túbal… pese a ser Hércules el fundador mítico de España y guardar los otros personajes citados una estrecha relación con él (Hispán fue nieto de Hércules, y Osiris y Gerión protagonizaron la primera batalla conocida en la Península Ibérica). 
Los manuales se detenían algo –poco- en Viriato y Numancia antes de saltar bruscamente a Don Pelayo y el inicio de la Reconquista. Quizá porque la escritura ibera nunca ha sido descifrada, todo lo anterior a la llegada de los romanos se sobreentendía como un batiburrillo de hechos fabulosos sin importancia histórica alguna. 
En rigor, la primera noticia referente a ese papel de Hércules en la historia de España me la brindó la lectura, ya en la adolescencia, de Los Toros, la clásica y monumental enciclopedia de José María de Cossío, donde se recoge cómo en el inconsciente colectivo, en la memoria popular, el primer manipulador de toros bravos en España fue Hércules, un “egipciano”
Mi memoria, en fin, no guarda ninguna alusión por mis profesores a la pavorosa sequía que –en tiempos de Tarquino El Soberbio, último rey de Roma- asoló la Península durante veintiséis años, obligando a todos sus habitantes a dejarla despoblada, ni a cómo Noé vino a España a visitar a su nieto Túbal, ni a la invasión de la Península por los babilonios. Tampoco, a cómo el romancero atribuyó la caída de España en manos del Islam a la desobediencia a la voluntad de Hércules por Don Rodrigo.

  Quizá, como señala Rallo Gruss, exista un fuerte componente de fantasía en muchas de estas afirmaciones. No obstante, y sin arrogarnos una cualificación académica de la que carecemos, no creemos defendible de oficio la atribución de nulo valor histórico a esta clase de obras, que, por cierto, recientemente han inspirado también, en cierta medida, un libro de tan notable poder evocatorio como El Reino del Ocaso, de Jon Juaristi, y, en muchos respectos, son las únicas que pueden rellenar en parte los vacíos señalados. No se entiende muy bien por qué, por ejemplo, San Isidoro de Sevilla, quien, con mayor o menor fidelidad, no dejaba –al fin y al cabo- de seguir una tradición viva, no podría ser considerado una autoridad en historia, cuando se concede sin pestañear tal rango a paleoantropólogos que, a partir de un fragmento de molar, supuestamente “reconstruyen” toda una era prehistórica en base a poquísimo más que delirantes especulaciones.

  Estos libros hallaron aún un espléndido epígono en el último cuarto del siglo XIX, con los estudios histórico-mitológicos de Moreau de Jonnés. Los autores de los Libros de Antigüedades estudiados por Asunción Rallo Gruss se habrían quedado de piedra, sospecho, de haber podido leer que, según Moreau, Tartessos no estuvo ni en Sevilla, ni en Cádiz, sino… ¡en el mar de Azov!

JOAQUÍN ALBAICÍN
Altar Mayor nº 142, Jul-Ag 2011
 

[1] Padre Juan de Mariana: “El primero que podemos contar entre los Reyes de España, por ser muy celebrado en los libros de Griegos y Latinos, es Gerión; el cual vino de otra parte a España, lo que da a entender el nombre de Gerión, que en lengua Caldea significa peregrino y extranjero” (Historia General de España, D. Joaquín de Ibarra, Impresor de Cámara de Su Majestad - Madrid, 1780).

sábado, 23 de julio de 2011

Manuel Chaves Nogales, entre los flecos de la Santa Rusia / Por Joaquín Albaicín




”…MI ÚNICA POSIBILIDAD DE INMORTALIDAD”

Manuel Chaves Nogales, entre los flecos de la Santa Rusia 
 
JOAQUÍN ALBAICÍN[1]

Altar Mayor nº 142, Jul-Ag 2011

Hijo de esa generación conmocionada en sus años mozos por la guerra de Marruecos y la muerte de Joselito, Manuel Chaves Nogales (1897-1944) formó parte del nutrido reparto de perfiles literarios, políticos y bohemios cuyos actores jugaron sus cartas en el Madrid que, tras el derribo por la piqueta de la Casa delPecado Mortal, acababa de ver nacer a la Gran Vía: el Madrid que diera la bienvenida a Miguel Hernández como redactor de fichas para el Cossío, el de los galanteos de César González Ruano en Bakanik, el de la faena de Chicuelo a Corchaíto, la tertulia de José Antonio en La Ballena Alegre, los dimes y diretes en los veladores del Suizo y el Regina, las verónicas de Cagancho, los chatos de vino de Cañabate, las conferencias del Conde Keyserling, los bailes en la Bombilla, los trincherazos de Domingo Ortega, las caricaturas de Bagaría –ejemplar de la fauna sobre cuya existencia me alumbró hace no mucho Chimo Bustamante- y los domingos en la Casa de Fieras del Retiro. Un Madrid con mucho poeta, mucho pistolero, mucha vicetiple y mucha afición a la lidia. Un Madrid muy inocente y también con mucha guasa.

El tiempo no siempre perdona. Mucho menos dejan las apuestas perdidas de cobrarse el débito. Por ambos motivos, los escritos de Manuel Chaves Nogales, un día director del diario Ahora y reportero de primerísima fila, respiran en su mayor parte, desde hace décadas, en una suerte de tierra de nadie apenas frecuentada por lectores, editores o libreros. Ello es efecto, sin duda, de su doble exilio (a nuestro hombre, que no estaba por la labor de manejar su pluma en un clima de entusiasmos obligados cuyo advenimiento presentía cercano, tampoco le apetecía, y lo creo comprensible, terminar sus días en una cheka socialista y, allá hacia finales de 1936, tomó un avión a Londres). Pero esa escasa popularidad póstuma de casi todos sus libros es imputable también al eclipse proyectado sobre ellos por su Juan Belmonte, matador de toros. Se pronuncia el nombre de Miguel de Cervantes, y nadie piensa en Los baños de Argel. Pues lo mismo sucede con Chaves Nogales: que a nadie le viene a la cabeza un título de su obra distinto de su biografía novelada de Juan.

Y sí, quizá Juan Belmonte, matador de toros fuera, durante toda la época de Franco, el título suyo más apto para medio mantener con un pie fuera de los infiernos literarios a una pluma que, si bien había renegado de la República, también había mostrado a las claras su desafecto al nuevo régimen. Para cuando llegó ese deshielo editorial del que fuera paradigmático exponente la trilogía de Gironella y del que podría haberse beneficiado, Chaves Nogales yacía desde hacía muchos años en una sepultura londinense permanentemente acariciada por la niebla. Su nombre se había olvidado y, con él, los libros reseñables en su bagaje.

Con excepción del antedicho, todos los demás salidos de su pluma flotan, ya decimos, en ese limbo, que, en su caso, quizá sea el Paraíso de los libros muertos antes de tiempo y que aguardan entre sus parterres, riachuelos y frutales el agotamiento del peso kármico de las acciones propias y ajenas antes de renacer en un mundo editorial más favorable. Recientemente, sí, hemos celebrado la reedición de sus relatos, de sus crónicas de la ocupación de Francia por la Wehrmacht, de una novela… Se asiste, pues, a un progresivo desenterramiento de su memoria y su obra, pero conducido –debe decirse- sin entusiasmo alguno, con mucha timidez, todo muy sotto voce, fundamentalmente porque la burocracia cultural andaluza no ha perdonado aún a Chaves ni su implacable crítica a los mitos de pega del socialcomunismo que la alimenta ni su declarada repugnancia por los métodos con que era administrada la “justicia del pueblo”. Tan comedido es ese salvamento de su figura de las aguas del Leteo, que empezaba a creer ser la única persona viva en la Tierra que había leído o tenía noticias de la existencia de Lo que ha quedado del Imperio de los Zares, un manuscrito en el que Chaves recogió sus encuentros con los principales personajes de la Rusia blanca, es decir, de la población rusa obligada a emigrar tras la consolidación de la revolución bolchevique, y del que, para mi consternación, ninguna mención era nunca deslizada en los artículos o reseñas celebrantes de las reediciones.

Yo había llegado a saber del libro un poco por tenacidad. Llevaba ya mucho tiempo enfrascado en mi investigación sobre el misterio de la Gran Duquesa Anastasia y me preguntaba dónde diantres sería posible dar con un ejemplar de esa obra un día publicada por entregas en Ahora y en cuyas páginas, a buen seguro, ocupaban un lugar de honor bastantes personajes cuyas andanzas públicas y privadas me eran ya más que familiares. En estas, cuando empezaba ya a venerarlo como uno de esos libros misteriosos que, a decir de Nostradamus, serán descubiertos al acercarse el Fin de los Tiempos[2], una mañana restallante de sol, en uno de los puestos de la Cuesta de Moyano madrileña, bajos cuyos montones de papel, de cuando en cuando, solían asomar –crujientes, castigados y polvorientos- números de Ahora, me topé con un ejemplar envuelto en plástico de la primera edición[3]. Me costó mil pesetas. Carecía de cubiertas, pero conservaba en su primera página una dedicatoria de puño y letra del autor: “A Emiliano Bonal, mi única posibilidad de inmortalidad. Chaves”. Este Bonal, averigüé después, fue un reputado escultor –obviamente, amigo o asiduo de Chaves- y militante destacado del Partido Socialista, que moriría combatiendo en la guerra civil en noviembre de 1936, ignoro si cuando el firmante de la dedicatoria ya había optado por el camino del exilio o antes

Puesto que nunca jamás, pese a mis frecuentes y largos paseos por las mesas de los tenderetes de los libreros de lance, me había encontrado ni volví a encontrarme con otro ejemplar, ni con tapas ni sin ellas, me he preguntado a menudo si la mayor parte de la edición no desaparecería, quizá, consumida por los fuegos iracundos de la retaguardia madrileña, como sucedió con un libro de ensayos taurinos de Clarito. No era un libro, en efecto, para tener en la biblioteca de casa cuando tocara a la puerta la Brigada del Amanecer. Ese o La tournée de Dios, de Jardiel Poncela, podían resultar fatales para la continuidad vital del organismo.

El caso es que no, no soy la única persona viva en la Tierra al tanto de la existencia de Lo que ha quedado del Imperio de los Zares. También –ignoro por qué extraños vericuetos- sabía de ella María Isabel Cintas, que ha prologado el cuidado rescate de la obra por la editorial sevillana Renacimiento, en su colección Biblioteca de la Memoria (cuyos responsables –se me ocurre- bien podrían también plantearse el rescate del antedicho libro de Clarito). Ocupa la portada un retrato de Nicolás II y su familia, estampa clásica que ya figurara en la portada del libro de Kerensky sobre el regicidio y, también, en el sello de correos dedicado a la memoria del último Zar por la Rusia post-soviética.

Las páginas debidas a Chaves Nogales, ilustradas con fotografías que ya en la época eran sepia, constituyen la reactualización del mundo de la emigración rusa, es decir, de una sociedad desaparecida y asimismo autoalimentada a base de cucharadas de nostalgia por –en palabras del Príncipe Yusupov- “el esplendor perdido”, esplendor a su vez sepultado por la historia y del que los bocheviques se afanaban por reducir a polvo incluso sus mismos cimientos.

A su paso por villas campestres, lúgubres cuartos de pensión alumbrados por la lamparilla ante el icono, despachos con paredes manchadas de humedad, cocinas con olor a sopa de remolacha, casinos, salones de baile, restaurantes e instituciones benéficas, Chaves nos resume sus encuentros –hoy, ya espectrales- con los más prominentes bustos de la emigración afincados en París: el Gran Duque Cirilo, el general Miller, el Metropolita Eulogio, Kerensky, estrellas de la escena como Matilde Kssessinskaya o la Balachova… Nos da cuenta, en fin, de la suerte corrida por quienes encarnaban a su modo de ver un nuevo prototipo de Judío Errante: la aristocracia, los militares, los artistas de las zapatillas o la pluma, los hombres de Estado ayer todopoderosos y, para entonces, contando los francos para el menú en un bistró… Deteniéndose en especial en el caso Anastasia, la caída del Kerensky traicionado por los ingleses, el asesinato de Rasputín y el enfrentamiento del Patriarca Tikhon con el gobierno bolchevique, y recreándose en episodios como el de la “ocupación” por Isadora Duncan del palacio de la Balachova. Es, sí, esa emigración un tanto tópica retratada en Anastasia, de Anatole Litvak, o La Condesa Alexandra, de Korda: Yul Brynner entonando canciones gitanas en su restaurante, Marlene Dietrich y Robert Donat tomando con lo puesto el tren hacia la libertad, Charles Boyer y Claudette Colbert empleados como mayordomos en Tovarich… Generales y condes que conducen taxis, cargan con las maletas de los turistas o, ataviados a la usanza cosaca, abren la puerta y se inclinan ante los clientes de los cabarets… Esa con la que se encontrara Ninotchka en París.

Sería mucho pedir que la gente, que se ha olvidado ya de Litvinenko, el espía ruso envenenado hace nada en Londres con polonio, supiera quién fue el general Kutyepov, cuyo rapto por agentes soviéticos en el centro de la capital francesa llenó durante años páginas y páginas de los periódicos de todo el mundo e inspiró hace no mucho Triple agente, una película de Eric Rohmer que –sospecho- no habrá visto casi nadie. Pero creo que no lo será tanto pedir encarecidamente la lectura de este libro, tan facilísimamente escrito, y no sólo por sus valores intrínsecos, que son muchos, sino también por no hacer oídos sordos a la apelación a la posteridad formulada por su autor, que lo consideraba su “única posibilidad de inmortalidad”. Estaba equivocado, por supuesto, pues sobre sus bazas en esa partida ha demostrado tener mucho que decir Juan Belmonte, matador de toros, y, de no haber sido así, nunca habría dejado de estar ahí el Altísimo para ejercer Sus exclusivos derechos. Pero leer este libro no deja de ser poco menos que encender una vela por el alma de Manuel Chaves Nogales, lo cual nunca está de más, ni siquiera creyendo –como creemos- que hace mucho que disfruta de la vida eterna.

¿No sabe lo que fue del Imperio de los Zares? Es su ocasión de llenar esa laguna.

[1] JOAQUÍN ALBAICÍN es escritor, conferenciante y cronista de la vida artística, autor de –entre otras obras- En pos del Sol: los gitanos en la historia, el mito y la leyenda (Obelisco), La serpiente terrenal (Anagrama) y Diario de un paulista (El Europeo).

[2] Concretamente, en Suabia, donde, según una profecía considerada el testamento de Paracelso, será descubierto en vísperas de la llegada del Gran Monarca un tesoro en joyas y libros maravillosos.

[3] Estampa (Madrid, 1931).

jueves, 14 de julio de 2011

Miguel Loreto, Julio Aparicio, Dalí / Por Joaquín Albaicín


Miguel Loreto, Julio Aparicio, Dalí
Joaquín Albaicín
Escritor y cronista

 La vida estival va transcurriendo, en Sevilla, entre huevos rotos y solomillos vuelta y vuelta en “Volapié”, cantes por bulerías a pelo de Antonio “El Marsellés” y homenajes a Miguel Loreto, un cofrade para el recuerdo, una leyenda entre costaleros, nazarenos y armados al que amigos y admiradores están agasajando por doquier a cuento de su despedida como capataz del Cristo de la Sentencia, después de treinta y tres años al mando del paso. “O se le quiere, o se le odia”, dice su sobrino Rafael. Pasa lo mismo con el toreo de su pariente, Julio Aparicio.

Yo ya tenía el artículo conmemorativo de su adiós no tanto como preparado, pero sí más o menos en gestación, desde que vi entrar en La Campana el paso de “La Borriquita” y me acordé de que la palmera, que protege del rigor solar a Jesús, es el habitáculo tradicional del Ave Fénix. Ya me venían las ideas, las frases, los floreos a la cabeza: Miguel lleva el paso de “La Sentencia”, y una sentencia iba a ser cada uno de los muletazos de Julio a los de Cuvillo. La ovación de gala a Miguel en La Campana iba a fundirse en la historia con la recibida por Julio en la boca de riego de la Maestranza. Julio iba a resurgir como el Ave Fénix, y todo eso… Que no son, perdónenme que les diga, recursos baratos ni facilotes, porque hay que saber un poco de mitología celeste y terrena, es decir, de cosas acerca de las cuales casi todo el mundo —y discúlpenme otra vez- está pez. Que hay que estar puesto, vamos.

Pero vino la lluvia a cargarse la Semana Santa y, con ella, la despedida formal de Miguel, como los aires de la plaza -poco después- a postergar la nueva entrada en Jerusalén y el renacimiento de de Julio de sus propias cenizas. Si nunca llueve a gusto de todos, esta Semana Santa el agua no cayó al de casi nadie.

Pero la vida está hilada también con los hechos llevados a cabo en el mundo de la imaginación y de los sueños, tan reales o más que los reseñados por los anuarios y estadísticas de la vida cotidiana oficial. Salvador Dalí señaló un día, entre sus obras nunca realizadas, su pensamiento de arrojar a Gala al vacío desde lo alto de la catedral de Toledo. Por lo que fuera, nunca llegó a consumar aquella su obra maestra. No sabemos de qué habría muerto la tarotista y ninfómana rusa, si por el impacto físico contra el polvo toledano o por el éxtasis del impacto artístico.
De cualquier modo, ni para decir adiós ni para resucitar hace falta ni a Miguel ni a Julio lanzarse al abismo desde las amuras de ninguna catedral. Algo de la propia naturaleza de la catedral, del vértigo y del impacto reside permanentemente en ellos y en sus silencios, como en todos los individuos que, sin pretenderlo, encarnan en sus personas y despiden en cada uno de sus gestos el alma eterna de una calle, un templo, un arte o una fe. ¡Ay de aquellos no predestinados, ya desde antes de su concepción y hasta milenios después de haber muerto, para palpitar al unísono con el corazón sutil de los lugares que les vieron nacer, llorar, amar, triunfar, caer y volver a levantarse!

Después de haber sido testigo de cómo Manzanares ha sido capaz de devolvernos la suerte de matar a recibir, no me cabe la menor duda de que la recuperación del Códice Calixtino o la próxima faena para la historia de Julio Aparicio son mera cuestión de tiempo. En cuanto a Miguel Loreto, abandonados ya los trastos de capataz, yo le visualizo apoderando a algún torero. ¿Por qué no? Miguel Loreto, que no en vano viene de familia de marisqueros, como “El Pipo”, bien podría hacer con Curro “Chicuelo” u otra joven promesa lo que aquel hizo con “El Cordobés”. Cosas que se le ocurren a uno, sí. Pero es que, de una manera u otra, hay que estar en el lío.
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El Imparcial.es

domingo, 19 de junio de 2011

Medallas de oro / Por Joaquín Albaicín

Estocada recibiendo de Manzanares al toro de Cuvillo en Las Ventas el 18 de Mayo
/Fotografía: Álvaro García-El Pais.com/

Medallas de oro

Joaquín Albaicín
Contra lo que pronosticaba Harold Camping, el mundo no se acabó el pasado día 21. La verdad, si no advino el Apocalipsis con la estocada propinada el 18 por Manzanares al de Cuvillo, difícilmente iba a suceder cuando se daba una de rejones. Aunque fuera con Pablo Hermoso, una de rejones no era cartel para el Fin del Mundo, reconózcase.

Pero, si no se abrió el Séptimo Sello, mucho me temo —y me congratulo por ello- que Manzanares va a poner a todo el escalafón a practicar con el carretón la suerte de recibir, en cuya ejecución ha adquirido en muy corto tiempo una personalidad, una vibración y una maestría de las que adjudican a uno un puesto cimero en la historia del arte.

La víspera de su triunfo, me había cantado ya Curro Roldán, en la barra de “Volapié”, las excelencias de una estocada suya a recibir que había puesto boca abajo la plaza de Jerez. Le había visto también intentarla —un gran pinchazo- en Castellón. Y a su primer toro de Madrid le había asimismo despenado esperándolo a pie firme, como se cuenta que lo esperaban “Cagancho”, “Fortuna” o Villalta en sus jornadas de gloria. La sensación vivida por el amante de la lidia fue de un gozo indescriptible.

Y es que, durante muchísimos años, la suerte de recibir ha constituido poco más que un ocasional y rarísimo gesto de torería signado por el aura de lo ancestral, un puntualísimo y simbólico homenaje épico a otras épocas, un mero guiño al pasado… y un gesto y un guiño por lo general reducidos a conato, pues solían quedar en la buena voluntad empeñada, es decir, en un pinchazo bien señalado. La suerte de recibir era, pues, como una ensoñación súbita e infrecuente que invitaba al aficionado a imaginar, a remontarse a días del toreo conocidos sólo por lecturas u oídas: los días de “Frascuelo”, de “Algabeño” padre, “Guerrita”, de “Cagancho”… Pero auguro que, a partir de ahora, gracias sobre todo a Manzanares, y también al estoconazo recetado por Talavante la víspera del día de autos, esta suerte de elegidos va a volver a la estricta observancia, al catón de uso diario de los coletas.

Sería, repito, para celebrarlo. Bien ejecutada, la suerte de recibir es una de las más hermosas y emocionantes del arte de la lidia La estocada de Manzanares en los medios al toro de Cuvillo quedará en mi memoria de aficionado, por la letal templanza con que la realizó, por su honda belleza, por su negra rotundidad, como uno de los momentos supremos presenciados en una plaza de toros, y quiero decir que la considero de por sí, más allá de edades, trayectorias, conveniencias, abolengos y listas de espera, merecedora ya de una Medalla de Oro de las Bellas Artes.

Las próximas, creo que ya están dadas. Entre las concedidas este año por el consejo de ministros, se cuenta la otorgada a título póstumo a Pepín Martín Vázquez. Tarde llega. Todos los espadas y aficionados de su generación y de todas las siguientes eran unánimes en considerarle un gran torero. Pero más vale tarde que nunca. Otra Medalla de Oro muy merecida: la que será prendida este año en la pechera del Club de Música y Jazz del Colegio Mayor San Juan Evangelista. Por su escenario han pasado muchos grandes del jazz, y casi todos los del flamenco. En nuestro corazón se agolpan los hálitos, pálpitos y ayes de tantas noches de “Camarón”, “Rancapino”, Jerónimo Maya, “Pansequito”, Aurora Vargas, Morente… Inolvidable para mí, por ejemplo, la primera vez que, desde su escenario, nos deslumbró el cante de “Duquende” (aquella noche, formando filas en el grupo de “Tomatito”).

Pero hay que ir anticipándose, tomando nota para próximas entregas. No pinto nada en esto ni nadie va a preguntarme, pero no quiero dejar de manifestar mi convicción de que, si hay alguien que, en este preciso momento, sea acreedor a una Medalla de Oro de las Bellas Artes, ese es José María Manzanares. Por esa estocada, sí señor. Una estocada propinada en vísperas del Fin del Mundo y con una espada como templada en las fraguas del Arcángel San Miguel. Una estampa digna de ser incorporada a los muros de Altamira para ilustración espiritual de las humanidades futuras.

Una pena que carezca uno de autoridad para coronar estas líneas como remata los edictos Yul Brynner en “Los Diez Mandamientos”: “Que así se escriba, y así se cumpla”…
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jueves, 28 de abril de 2011

LIBRO: LA ORDEN DE CABALLERÍA y LIBRO DE LA ORDEN DE CABALLERÍA


LA ORDEN DE CABALLERÍA y
LIBRO DE LA ORDEN DE CABALLERÍA

Anónimo / Ramón Llull
Edición de Javier Martín Lalanda
Editorial Siruela, 2009
Joaquín Albaicín

Altar Mayor
  El fracaso de Orson Welles, que en veinte años no consiguió concitar los apoyos logísticos necesarios para culminar su película sobre Don Quijote, o el posterior –y por partida doble- de Terry Gilliam, cuyas naves quedaron encalladas entre Navarra y Madrid sin que nadie haya podido todavía reflotarlas, constituyen la perfecta metáfora de lo poco que tienen en común la caballería y el mundo moderno. Si el caballero se desvivía por socorrer a viudas y huérfanos, el triunfador moderno vive de esquilmar a las primeras y, si puede, violar a los segundos y colgar luego sus fotos desnudos en la Red. Si el caballero defendía la fe, el triunfador moderno la pisotea y escarnia en nombre de la felicidad y el progreso. Si el caballero aspiraba a restaurar las condiciones edénicas propias de la Edad de Oro, el triunfador moderno no persigue sino la eliminación de su recuerdo.

  Resulta llamativo, por tanto, que los preceptos contenidos en estas dos obras escritas en el siglo XIII por mano anónima (pues no está nada claro que muchos de los escritos atribuidos al beato mallorquín Ramón Llull se deban realmente a su pluma) suenen a nuestros oídos tan lejanos y, al tiempo… tan familiares y oportunos. Y es que, en un mundo gobernado y adoctrinado por villanos, urge que no se pierda del todo en el vacío la voz del caballero (preferiblemente, andante).

  Conocíamos ya a Javier Martín Lalanda en su calidad de comentarista y traductor tanto de la Carta del Preste Juan y de La comunidad secreta (una obra sobre las tradiciones referentes a las hadas y demás elementales recopiladas en Escocia en el siglo XVII) como por su traslado al castellano de uno de los títulos emblemáticas del catálogo de Siruela: la biografía de Aleister Crowley debida a John Symonds. El primero de los dos tratados incluidos en este volumen, atribuido a Hugo de Tabaría (o de Tiberíades), es un poema en francés antiguo en el que el caballero cautivo explica a Saladino los fundamentos de la caballería cristiana. En la segunda, un anciano caballero, que desde hace años vive retirado en el bosque, alecciona a un escudero que aspira a ser ordenado sobre los orígenes de la caballería, sus objetivos y sus rituales.

  A fuer de brindarnos una espléndida traducción, Martín Lalanda se extiende en oportunos comentarios sobre instituciones como las de los adalides (ordenados por el rey mientras sus compañeros los levantaban con un escudo) y los almocadenes (que recibían su rango mientras se sostenían de pie, en equilibrio, sobre dos lanzas). O acerca de las raíces de la caballería, que, según las propias fuentes caballerescas, se remontaría a Zac 7, 9-10 y Ef 6, 11-17, y, según aventura Lalanda, a la mitología hindú sobre la muerte del dragón Vritra a manos de Indra y, en particular, a la del mismo dragón a manos de Mitra en las leyendas persas. Es, en efecto, el mundo de las sociedades guerreras que rendían culto a Mitra, cuyas filas rápidamente engrosaron los legionarios romanos, uno de los veneros en que conviene hundir los labios para indagar en los orígenes de la tradición de que terminaran por surgir Arturo, Rolando o El Cid. Sumamente apreciables son sus observaciones sobre la influencia en la obra de Llull del discurso de la Dama del Lago en el Lanzarote en prosa, así como las correspondencias que establece a propósito de los tres colores –negro, blanco y rojo- de la vestidura caballeresca y que, en nuestra modesta opinión, cabría extender hasta el mundo del hermetismo, por cuanto los antedichos colores son los mismos de las distintas etapas de la Gran Obra.

  Es asimismo interesante el debate que propiciarían sus reflexiones acerca de si los acentos puestos por Llull en la necesidad de que el sacerdote ocupe en lugar preeminente en la investidura caballeresca supondrían una tergiversación del ritual. Toda vez que se subraya la obligatoriedad de que los reyes posean la dignidad caballeresca, y que éstos son coronados por la autoridad espiritual, y teniendo en cuenta la ausencia de fuentes escritas tan antiguas como quisiéramos, podría también tratarse de una rectificación necesaria, de un retorno a los orígenes de la institución en lucha contra su decadencia. Y pensamos, por ejemplo, en el dato de que almocadén parece inequívocamente proceder del vocablo árabe al moqqadem, que designa en árabe el rango de quien, en una cofradía sufí, transmite la iniciación y dirige los rituales (de donde cabe preguntarse si no habrá ahí vestigios de una ordenación caballeresca más vinculada que las otras al orden sacerdotal y una vía de investigación que podría arrojar luz sobre las palabras del Infante Don Juan Manuel, quien concebía la caballería como una orden “a manera de sacramento”).
  Comentario aparte merece el jugoso ensayo de Martín Lalanda sobre San Jorge, incorporado como apéndice. Por razones cuyos trasfondos mejor es ni imaginar, voces de la Iglesia se alzan insistentemente desde hace años para apear del santoral católico tanto a San Jorge como a los Siete Durmientes, y sólo por ello habría ya razones dobles para aplaudir la aparición de este texto, en el que las conexiones trazadas hasta el mito persa son tan certeras como arduas de refutar.
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La Orden de Caballería yel Libro de la Orden de Caballería