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Pepe Bienvenida / La suerte suprema
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miércoles, 21 de marzo de 2012

A ‘GRANERO’ LO QUISIERON HACER SANTO

Cornada mortal a Manolo Granero en la plaza vieja de Madrid

A ‘GRANERO’ LO QUISIERON HACER SANTO 

El torero valenciano Manuel Granero ocupó poco tiempo el primer lugar del escalafón taurino, pero su breve paso por el toreo fue memorable. El toro Pocapena, de la ganadería del duque de Veragua, lo mató de la manera más horrenda y trágica que haya tenido torero en la historia de la tauromaquia.

Treinta ocho años más tarde la afición valenciana (1960) quiso hacerle “santo”, pues al hacer su familia unas obras de mejora en el panteón donde reposaban sus restos, se descubrió que el cuerpo de Granero permanecía incorrupto, noticia que corrió como la pólvora por Valencia y que aquel mes de noviembre de 1960, fecha del descubrimiento, ocupó las primeras páginas de todos los periódicos valencianos.
La muerte de este torero, no obstante, estuvo marcada por señales y presentimientos tiempo antes de que se produjera. Así lo contó años después su banderillero Blanquet, que fue peón de Joselito y lo vio morir en Talavera, y después fue subalterno de Granero y también vivió de cerca la tragedia aquella tarde del 7 de mayo de 1922 en Madrid.
Blanquet dijo que las dos aciagas tardes ambos toreros antes de salir a la plaza “olían a muerto”. La muerte de Granero reunió además dos circunstancias. Por un lado el torero valenciano ocupaba el trono vacante dejado por Joselito a su muerte y por Belmonte que se había retirado. En esos momentos era el “rey de la Fiesta”. De otro lado su muerte ha sido la más violenta que se ha producido en los ruedos a lo largo de la historia del toreo, pues además de darle varias cornadas en los muslos, el toro Pocapena le reventó la cabeza contra el estribo de la barrera al meterle un cuerno por el ojo derecho. Cuando lo llevaban a la enfermería como a un guiñapo, el torero había perdido la masa encefálica y le colgaba de la cara el ojo derecho. La visión fue esperpéntica.

Dicen que fue una muerte anunciada y que los últimos meses de su vida estuvieron llenos de malos augurios. Como por ejemplo que ese año de 1922 la actriz Maximiliá Thous estrenara en el Teatro Ruzafa de Valencia dos obras en el mismo cartel: “Granero Club” y “Pocapena”, dos palabras que unos meses antes de la muerte del torero estuvieron juntas en cartel. También meses antes de torear en Madrid, Granero fue invitado a una fiesta en su ciudad natal y una pitonisa que había allí, le pronosticó delante de su tío Paco Juliá y de su mozo de estoquesFinezas, que Manolo moriría en un 7, un 14 o un 21 de mayo. Su muerte se produjo el 7 de mayo en Madrid. El día de la mortal cornada se vistió de torero en casa de su amigo y paisano el periodista Manuel Gómez Domingo “Rienzi” en la calle Marqués de Urquijo, en el barrio de Moncloa. “Rienzi” siempre dijo que aquel fatídico día el torero le confesó que se encontraba pesimista. Ese día 7 de mayo y a la misma hora de su muerte, el Real Madrid goleaba en el Bernabéu 6-1 al equipo inglés Civil Service. Granero vistió para la ocasión un terno azul marino y oro, y alternó con Juan Luis de la Rosa y Marcial Lalanda que confirmaba su alternativa.

A Dolores Redondo, esposa del periodista Rienzi, aquella tarde le ocurrieron dos cosas que la dejaron perpleja. Como cada tarde que toreaba en Madrid Granero, ella se iba a la Iglesia del Buen Suceso a rezar por el torero. Allí le encendió un cirio para que no le pasara nada malo y se puso a rezar. A los pocos minutos el cirio se cayó violentamente al suelo y la mujer se llevó un desagradable sobresalto. Se asustó mucho y sintió que el corazón se le encogía. Dolores Redondo optó por regresar a casa y esperar allí el regreso del torero y de su marido. En el momento de entrar a su casa acababa de saltar al ruedo Pocapena. Al llegar allí se asustó aun más al comprobar que en el aparador del salón se había apagado sin causa aparente una lamparilla que le había puesto a la Virgen de los Desamparados antes de salir. El cirio y la lamparilla fueron dos malos augurios y pensó en ese momento que a Manolo Granero le iba a ocurrir algo muy malo.

Pocapena, según contó semanas después Manuel Valdés Larrañaga, yerno del duque de Veragua, era un toro extraño. Dijo que el mayoral y los vaqueros de la ganadería lo consideraron siempre un animal huraño y solitario, que se retiraba solo y apartado del resto de manada a un montículo que había en la dehesa. Pocapena era un toro cárdeno, bragado, grande, gordo con mucha cabeza y unos pitones como puñales, era astifino y según cuentan las crónicas… burriciego y con tendencia a acostarse por el pitón derecho.

A Granero lo enterraron el 9 de mayo de 1922 entre escenas multitudinarias de dolor y pena protagonizadas por gentes de todas las condiciones sociales.


El 3 de noviembre de 1960 en Valencia surgen dos noticias que acaparan las portadas de los periódicos: una el homenaje a la ilustre valenciana Lucrecia Bori, la gran diva del Metropolitan de Nueva York, y la otra surge en el cementerio de Valencia. Al parecer Manolo Granero había sido desenterrado y se había descubierto con estupor que su cadáver se conservaba incorrupto. La imaginación popular de los valencianos hizo el resto y convirtieron por unas semanas al torero violinista en “santo incorrupto”. Ese día 3 de noviembre de 1960 Lucrecia Bori y Manolo Granero, 38 años después de su muerte, fueron los máximos protagonistas en los periódicos locales.

Lo ocurrido lo contaba su propia hermana Consuelo Granero Valls, a todos cuantos entraban al estanco que regentaba en su barrio. Todo ocurrió al parecer, cuando la familia tuvo que hacer unas obras de mejora en el mausoleo y panteón familiar y apareció el cuerpo del torero incorrupto y amortajado tal como lo enterraron 38 años antes. Ella no se cansaba de decir: “Manolo era un ángel, era un hombre muy bueno”, y estas afirmaciones que las hacía un día y otro a periodistas y clientes que por allí llegaban a comprar tabaco y conocer de primera mano la noticia, contribuyeron sin duda a aumentar aún más la psicosis de “santidad” del infortunado Granero.

Lo ocurrido la contó doña Consuelo con estas palabras: “Yo pretendía saber como se abría el mausoleo para en el futuro hacer algunos arreglos. No pensaba encontrarme con una caja de plata exactamente igual a la de Joselito. Los obreros llevaban más de tres horas intentando mover las piedras, y me pidieron permiso para levantar la tapa del ataúd. La sorpresa fue extraordinaria, pues pensaba encontrarme con un montón de huesos y vi allí aquella cara que era la suya, la misma que tenía amortajada al día siguiente de la cogida. A los obreros se les cambió el color de la cara. Palidecieron… Y yo me quedé muda. No pude resistir y rompí a llorar. Mejor hubiera sido no verlo… ”.

Lo cierto es que el hecho suscitó un gran revuelo en Valencia, tanto que la misma Iglesia valenciana presionó al Ayuntamiento de la capital para que se creara una Comisión que investigara lo ocurrido, pues toda Valencia quería elevar ya a los altares al pobre Manolo Granero. El médico forense municipal, un tal Luís Valls, reconoció que se trataba sin duda de un caso muy raro y singular, pues la incorruptibilidad de los cuerpos solía darse cuando estos eran enterrados bajo tierras calizas, pero este no era el caso.

Días más tarde y tras interrogar una y otra vez a doña Consuelo se encontró una explicación científica y lógica a este inusitado suceso. Ella misma relató que el torero fue embalsamado varias horas más tarde de su muerte en la misma enfermería de la Plaza de Toros de Madrid, para que el cadáver fuera trasladado a Valencia de manera adecuada. El embalsamamiento fue realizado por los doctores Manuel Fritz y Enrique Slocker. Doña Consuelo Granero, dio aún mas detalles sobre el asunto, pues al parecer la familia tuvo que pagar por este trabajo nada menos que la cantidad de 7.500 pesetas de aquellos años, una cantidad desorbitada para 1922, por lo que hace pensar que estos dos doctores eran unos especialistas extraordinarios que hicieron su trabajo a conciencia.

Así pues, con las explicaciones científicas que se dieron y que fueron publicadas en los periódicos locales, se fue apagando poco a poco el fulgor popular sobre la “santidad” del desafortunado Manolo Granero, que finalmente no fue proclamado “santo” por la Iglesia, pero el hecho en sí dejó pasmados durante unas semanas a toda Valencia. A pesar de todo, no deja de ser extraordinario que después de 38 años se mantuviera incorrupto e intacto el cuerpo del torero.
***

domingo, 4 de diciembre de 2011

La tauromaquia de Diego Puerta según Antonio Díaz-Cañabate

Confirmación en Madrid con Manolo González de padrino
ante Antonio Borrero Chamaco el 20 de mayo de 1960.
Toro: "Malagueño", de Bernabé Fernández (vuelta al ruedo y dos orejas)



La tauromaquia se Diego Puerta 
según Antonio Díaz-Cañabate

Quien hoy quisiera acercarse a la figura de Diego Puerta, a la trascendencia que tuvo para el toreo, necesariamente tiene que acudir a las hemerotecas: nadie como Antonio Diaz-Cañabate supo ver y cantar al torero de San Bernardo, "Dieguito", como en muchas ocasiones le llamó.

La historia de Diego Puerta no se podría escribir sin acudir a la apoyatura indispensable de los escritos de Díaz-Cañabate, testigo y notario de todos los grandes acontecimientos de la vida del torero, con la excepción de dos muy especiales: la tarde de su alternativa, cuando el crítico se queda en Madrid para escribir la crónica del cincuentenario de la Plaza carabanchelera de Vista Alegre, con Luis Miguel de protagonista principal, y la de su despedida, acaecida dos temporadas después de que Cañabate dejara de ejercer como cronista.

En este trabajo de documentación reproducimos algunos textos de Díaz Cañabate referidos al torero sevillano. (Taurología.com)

La tarde de Miura: 
En su crónica “Una desconocida emoción”, la corrida de Miura del sábado de feria de 1960. A diferencia de lo que era habitual en don Antonio, esta crónica se estructura a la antigua usanza: toro a toro, que en este caso va identificando por la pizarra de los pesos. En lo que se refiere al segundo de la tarde registra más que nada su admiración por la hermosura del toro, en tanto para el torero dedica unas escuetas líneas, apostillando que su toreo no resulta brillante. Pero a Puerta le faltaba por salir “Escobero”, el toro que, como se expresa en el decir taurino, “le hizo rico”; desde luego, fue el que lo encumbró. “Quinto letrero: 593. El toro es berrendo en negro. Otro espontáneo. Tampoco torea. Puerta lo hace y sus verónicas son buenas, reposadas, con mando. Primera vara. Derriba con estrépito y mata al caballo. Desde luego, hemos retrocedido treinta, cuarenta años. La segunda vara la toma con coraje. Puerta pide el cambio. Diego Puerta es un muchachito y se dirige al toro como un hombre. Tres pases con la derecha francamente buenos. Cambia de mano y al tercer natural resulta cogido. Se levanta y, con un valor de hace treinta, cuarenta años, lo torea con la derecha. Nueva cogida. Pretendían llevárselo a la enfermería. Ha vuelto a encenderse la emoción desconocida. Puerta cuadra al toro y, entregándose, con enorme pundonor, entra a matar y tumba a aquella mole de una estocada de la que rueda sin puntilla. Rindo todos mis elogios a la valentía de Diego Puerta. Se lo llevan a la enfermería. Se le concede una oreja, que airea en la vuelta al ruedo su cuadrilla. Puerta salió al poco”.

La crónica de Málaga en 1960: 
 Constituye un verdadero punto y aparte entre las crónicas taurinas. El cronista dio prelación a lo acaecido en el último de la tarde, un pablorromero que destacó por su casta y fuerza y que hizo una gran pelea ante el caballo. “La figurilla juvenil de Diego Puerta se separó de la barrera con ese brío, con ese aire, del que siente el toreo brincar en el corazón. Extiende la muleta, acude el toro con galope. Cuatro pases por alto. ¡Alto a estos pases por alto! No son los vulgares. No son los del poste. El torero manda en el toro y lo lleva prendido en la muleta. Y en los medios, en los terrenos donde torean los toreros de corazón y de cabeza, tres pases en redondo. Rondeños puros. El brazo de Diego Puerta es corto y parece larguísimo. Es que acompaña al toro con todo su cuerpo. Con la flexibilidad de la gracia y con la plasticidad de lo majestuoso. ¡Vino moscatel, que entra ligero y comunica fuego! Toreo que emborracha. (….) ¡Con qué emoción torea Diego Puerta, sin desplantes jactanciosos! Torea con la derecha y cada pase es un trago de vino moscatel. Se aparta del toro. Se ha ido de Ronda y va a entrar en Sevilla. La gracia se vislumbra en el anochecer. Un cambio de postura por la cara, ligada a un pase de pecho, tan jacarandoso como valeroso. Florituras que brillan como el lucero de la tarde que ya está en el cielo. ¡En el cielo estamos! ¡Qué lástima que se acabe la feria! Media estocada es su punto final. Dos orejas y el rabo para Diego Puerta, cosechero ilustre del vino moscatel”.

“Un toro de Daniel Perea”: 
La crónica corresponde a la corrida celebra el 12 de julio de 1961 en Pamplona. Ya en sus primeras líneas nos pone en situación: “No había transcurrido un cuarto de hora desde que empezó la fiesta, cuando Diego Puerta se quedó sólo en el ruedo. Paco Camino y “Chamaco” estaban en la enfermería”. El autor del desaguisado había sido un pablorromero de 578 kilos: “Lo de menos eran los kilos. Lo que impresionaba era su trapío”. Con razón, le comparaba a uno de aquellos toros de las litografías que a doble página publicaba Daniel Perea en la mítica revista “La Lidia”. Puerta lo pasaportó con decoro, “en medio de aplausos alentadores de los aficionados, estupefacto por la desconcertante aparición de un toro de otra época. ¡Y ahí quedan cuatro encerrados en los chiqueros, a más del de Martínez de Elizondo! Pero desde el primer instante pudo verse que Puerta tenía ánimos suficientes para rematar el ímprobo trabajo que le esperaba”. Y a partir de ahí, el cronista no rehúye cantar en toda su dimensión el proceder del torero. Es el reconocimiento definitivo a su mayoría de edad torera. A efectos de lucimiento según los parámetros de hoy, quizás lo más lucido se registra en el segundo de la tarde, “un manso muy del siglo XIX. Y Diego Puerta, torero del siglo XX, que sabía cómo era el toro, porque en los lances de capa se le coló y de un gañafón seco le rompió la taleguilla, lo toreó con un valor que me río yo del de Frascuelo. Y a fuerza de valor y de aguantar impávido las feroces tarascadas, unió al siglo XIX con el XX; esto es, toreó a aquel toro de ayer con el toreo de hoy, extraordinario mérito que jaleo sin reserva. Y se va tras la espada como hacía el señor Salvador. Las dos orejas mejor ganadas de toda la feria”. Con los restantes toros, igualmente grandes y mansos, Puerta hizo “lo que había que hacer. Pasarse al XIX, luchar con ellos con todo coraje, con toda decisión, torearlos como los hubieran toreado Lagartijo y Frascuelo, matarlos con todo decoro (….) A mí me pareció perfecto Diego Puerta. La papeleta era de alivio y la resolvió con una frescura, un conocimiento y una serenidad dignos de un maestro”.

Cuando le canta como a Gayarre: Sanfermines de 1962: 
“Diego Puerta se agiganta. ¿Son chicuelinas eso que traza en los vuelos de su capote adherido a su cuerpo? No. Es algo muy personal. Es un nuevo estilo, una variante de este adorno, que se alza a la categoría de suerte. El toro va toreado. El toro se ciñe al cuerpo del torero, que gira a su compás, en una evolución en la que resplandecen la gracia y la armonía. Habrá que buscar un nombre para diferenciarlas de las estúpidas, lánguidas y cansinas chicuelinas vulgares”. Cuando tocan a matar “Puerta empieza a torear por bajo. Por bajo es como se domina a los toros. El toro tiene casta, genio, bondad. El toreo por bajo de Puerta no es el forzado de las dobladuras. Es suelto, ágil, pausado, eficaz y bello. Es, sencillamente, el arte de torear. La sencillez aplicada a lo difícil. Lo difícil orillado por la técnica y el buen gusto. ¡Y cómo va para arriba Diego Puerta!. Toreaba y mientras toreaba me acordé del Roncal, me acordé de Julián Gayarre. Diego Puerta estaba dando el “do” de pecho. La voz, la fuerte y bravía voz del torero por los aires tremolaba. La voz, la dulce y hermosa voz del torero por los aires se expandía. Todos los ruidos pamplonicas le hacen coro. Los ruidos que acompañan al triunfo. Media estocada y los aplausos cesan para que se agiten los pañuelos. Dos orejas y rabo”. Párrafos más adelante, añade: “Diego Puerta mantuvo su “do” de pecho en el quinto, de poca fuerza, tan poca que se caía (…) Pero lo mismo que el primero, cuando embestía se acordaba de su disminuida casta, y su acometer no era el blandengue del borrego. Variada y muy valiente fue la faena de Puerta. Variada, adornada, con recursos de buena ley, sin acudir a las vueltas y las manoletinas. Y a la gente le supo a miel la diversidad de los pases, la gracia del toreador. ¡Natural, señor; si estoy cansado de decirlo! Puerta se nos afligió con la espada. No se decidió a entrar a matar, sino a pinchar dos veces. A la tercera fue la media estocada, que tumbó sin puntilla. Una oreja”.

Por la feria del Pilar, en 1962: 
Era la víspera del Pilar cuando en “El toro moderno y los toros de casta”, escribe Cañabate: “El verdadero aficionado ha visto una faena valerosísima, meritísima de Diego Puerta al segundo. Toro con genio, con fiereza de toro. Y junto a la fiereza del toro, el valor del torero. Cada pase, un estremecimiento de angustia en los verdaderos aficionados, porque aquello que veíamos era la enjundia de la fiesta. Un torero que, con arte y valor, domina la fiereza de un toro. Los pases que empleó Diego Puerta fueron los dos únicos en que se apoya el toreo moderno. Pero, ¡cuán distinto de los habituales, qué alejados de los que luego ejecutó en el quinto con un toro sin fuerza! El toreo moderno ante un toro fiero, deja de ser moderno y se convierte en lo que tiene que ser simplemente: en el arte de torear, que no es ni moderno ni antiguo, que es eterno e inmutable. ¡Ay, este público de mis pecados! ¡Ay, este público enviciado en la rutina! Su entusiasmo se desbordó en el quinto, borreguito inofensivo, a Diego Puerta le concedió las dos orejas y le obligó a dar dos vueltas al ruedo. En el segundo, con el que Diego Puerta estuvo asombroso, porque el toro tenía mucho que torear, la gente le aplaudió, sí, le otorgó una oreja, pero sin apasionarse, como era de justicia. Ahí fue donde se ganó esas ovaciones prodigadas a una faena, no desdeñable, ni mucho menos, pero infinitamente menos importante que la otra. A ambos toros los mató muy bien, sobre todo al quinto”.

La apoteosis de Sevilla: 
Abril de 1968 :“El airecillo, el buen aire y el vendaval” se tituló la crónica, que ya en sus comienzos, nos pone en situación: “Los toreros sueñan con los toros. ¿Por qué no van a soñar los toros con los toreros? Muchas veces, cuando veo toros en el campo, siempre hay uno o varios que parecen ensimismados en un ensueño placentero y siempre quieto. Ese toro está soñando que lo toree un torero. Si esto es verdad, Diego Puerta ha hecho realidad el ensoñar de este colorado del señor marqués de Domecq”. Y entra en situación, después de dar cuenta de la larga de rodillas del recibo:“De capa, lo torea Diego Puerta justificando una fórmula mágica. Entremezclar la emoción con el arte. ¡Qué furia de vendaval taurino, que levanta no una tormenta asoladora, sino alumbradora de relámpagos de belleza y truenos de emoción! (…) El toro embiste con la fiereza de la buena raza, con la complacencia del sueño hecho realidad. Los espectadores también creemos estar soñando. Los cortos brazos de Diego Puerta se alargan inverosímilmente El corazón del torero se sale del pecho impulsado por el vendaval que le impele. Cuando se torea con el corazón los pases son latidos que se expanden prodigiosamente por toda la plaza, que trepida, agitada por la fuerza arrolladora del fortísimo ventarrón. Y el vendaval no se aquieta cuando muere el toro de una estocada. El vendaval del entusiasmo persiste durante las dos vueltas al ruedo de Diego Puerta con las dos orejas y el rabo en las manos”.

Diego Puerta y la Zurriola: 
Era el 16 de agosto de 1964. Antonio Díaz-Cañabate escribió una crónica verdaderamente antológica, que dio la vuelta a la geografía de la Fiesta. Realmente es uno de los mejores textos del periodismo taurino del último siglo.
 “Diego Puerta y la Zurriola”, se titulaba. Comenzaba el cronista reseñando con galanura los recuerdos de sus años mozos: “En el San Sebastián de mi juventud, antes de trazarse el Paseo Nuevo, la calle de Salamanca terminaba en La Zurriola, que así se llaman o se llamaban unas rocas situadas muy cerca de la desembocadura del río Uremea, y entonces el mar batía muy fuerte, singularmente en las mareas vivas de septiembre”. Más adelante confesaba: “Hoy, en los toros, he vuelto a ver una marea viva de septiembre estrellándose en dos toros de Atanasio Fernández. Me ha vuelto a sobrecoger un temporal de aquellos de La Zurriola de mi juventud. Un torero lo promovió. Diego Puerta. Emocionante galerna taurina que empezó nada más salir el primer toro, que tomó el capote de Diego Puerta pegando brincos que hubieran amilanado a cualquier torero, pero no a Diego Puerta. Otro torero se hubiera puesto a la defensiva. Diego Puerta a cada brinco se arrimaba más. Era como un nadador que se arroja a las olas que saltan en la playa o se precipitan contra las rocas”. El toro había salido suelto de la suerte de varas, pero llegó al último tercio con genio, con casta, con empuje. “Allí estaba un torero --testimonia el cronista-- para sojuzgarlo, para dominarlo con el corazón en la mano que sostenía la muleta, mano vendada por una herida, mano y corazón que llevaban al toro con coraje, con la rabia de las olas de aquella Zurriola de mi juventud. Magnífica faena nimbada con el sol de la gracia, con los destellos del arte, con los fulgores de la valentía. Cada pase, un alarido de angustia. Cada pase, un grito de entusiasmo. Soberbia faena de las poquitas que se pueden ver. Una estocada que tumba al toro como una ola estrellada contra la roca. La gente pide una oreja. Pide la otra. Pide el rabo. El presidente concede las dos orejas y en lugar del pañuelo blanco para otorgar el rabo airea el azul para la vuelta al ruedo al cadáver del toro. ¿Señor presidente, pero se hizo usted un lío?”. 

Quedaba todavía el cuarto de la tarde. Como muy bien apunta Cañabate, “casi todos los toreros, cuando han obtenido un triunfo tan rotundo como el logrado por Diego Puerta en el primero, en el otro se dejan ir, no se esfuerzan”. No ocurre así cuando en el ruedo está este torero. “Y salió el cuarto. Tomó dos varas. Y salió Diego Puerta como el primero, con el corazón en la mano. No creí estar en la plaza. Estaba en La Zurriola”. Y más adelante señala: ”La faena de Diego Puerta sobrepasó la del primero. No soy propenso a la emoción. Me emociono en contadas ocasiones. Muy fuerte tiene que ser la sacudida para que mis nervios se alteren. Diego Puerta me emocionó como emocionó a todos los espectadores. Diego Puerta unió el valor al arte y está conjunción solo contadísimos toreros la consiguen. La faena de Diego Puerta sobrecogía, y, al mismo tiempo, admiraba, igual que las olas potentes de La Zurriola. ¡Qué hermoso el coraje de Diego Puerta, qué hermosura el arte del toreo ejecutado así, unidos la rabia y el temple! Media estocada sin puntilla. Para una faena semejante, las dos orejas no son nada. Hubiera habido que darle a Diego Puerta La Zurriola”.

La tormenta de la emoción: Beneficencia de 1969, un 12 de junio. 
“Diego Puerta o la tormenta de la emoción” es otra de las piezas literarias que podríamos calificar como de cabecera para entender quién ha sido Diego Puerta en el Toreo. Tirando de sus giros costumbristas, Díaz-Cañabate echa mano de la anécdota para visualizar cuál era el calibre de “la tormenta de emoción” que estaba creando Puerta: “(…) inmediatamente vuelve a impresionarnos, hasta tal punto que una señora de edad, cercana a mí, se persigna atribulada e invoca: <¡Santa Bárbara bendita que en el Cielo estás escrita!>”. Salvo que se opte por reproducirla íntegramente, resulta del todo imposible resumir la crónica. Imposible resumir la minuciosa descripción de la larga de rodilla. Imposible, igualmente, resumir cómo fue el quite con el capote a la espalda. Imposible, desde luego, condensar en unas pocas líneas todos los tramos de su faena. Selección, en fin, unas líneas especialmente oportunas: “Diego Puerta ya tiene hecha su fortuna y su historia taurina. La ambición, la necesidad, no le impelía a reincidir en el riesgo. Pero el valor de Diego Puerta no se detiene en consideraciones prudentes. Avasalla su ánimo la gallardía del desafío (…) La emoción que sobrecoge, la emoción que asombra, que exalta, no los perversos instintos, sino las fibras más sensibles de la admiración rendidas ante la majeza de un torero que entrega su vida, su fortuna, para justificar su calidad de hombre excepcional que del peligro sabe hacer, desencadenar, una tormenta que conmueve con su grandeza a una multitud. (…) ¿Cómo fue [la faena de muleta]? No me lo preguntéis. No lo sé. Sé que cada pase, cada arrancada del toro con genio, con alegría de bravura, con codicia de embestir, era un sacudimiento de la emoción. (…) Era el toreo puesto en pié por un torero que en cada pase coloca el corazón en los pitones y de los pitones salta a los tendidos, y miles de corazones trepidan empujados por el de Diego Puerta, que mata, sin amenguar su coraje, de una estocada sin puntilla. ¿Cómo premiar al creador de una tormenta de emoción? ¿Con las dos orejas? En sus manos las tiene. ¿Y que son dos orejas ganadas a diario con prodigalidad inexplicable, por mecánicas, tediosas y rutinarias faenas de tres al cuarto con un borrego lamentable? Nada. No son nada. Diego Puerta hubiera hecho bien en agradecerlas y entregárselas a su mozo de espadas sin airear tamaña pobreza de recompensa. Su galardón era mucho más consistente. Había levantado una tormenta de emoción. Había puesto ante un toro con genio, con fiereza, el toreo en pie”.

viernes, 13 de agosto de 2010

Concepto del toreo de Manuel Domínguez "Desperdicios"

Concepto del toreo

El señor Manuel Domínguez tenía un alto concepto de lo que debe ser un auténtico torero. Por eso, cuando en cierta ocasión le pidieron su opinión sobre Curro Cúchares, se expresó así:

--Mataba una ganadería en diez minutos. Pero eso no es arte.

Luego se extendió en estas consideraciones, muy enjundiosas, por cierto.

--Si en el toreo no hay riesgo y el hombre no demuestra inteligencia y valor cara a cara y con arreglo al arte, el toreo es una pamplina. Yo, por dar gusto a los públicos, me he expuesto muchas veces, porque el que paga por ver torear no debe uno engañarle.

Fiel a su concepto y su carácter, este célebre personaje de Gelves dictó:


Las reglas del toreo según Manuel Domínguez:
1- El cobarde no es hombre y para el toreo se necesitan hombres.

2- Más cogidas da el miedo que los toros.

3- La honra del matador se encuentra en no huir ni correr jamás delante de los toros teniendo muleta y espada en las manos.

4- El espada no debe nunca saltar la barrera después de presentarse el toro, porque esto es ya caso vergonzoso.

5- Arrimarse bien y esperar tranquilamente la cabezada, que el toro ciega al embestir y con un nada se evita el derrote.

6- El torero no debe contar con sus pies, sino con sus manos, y en la cara de los toros debe matar o morir antes que volver la espalda o achicarse.

7- Parar los pies y dejarse coger: éste es el modo en que los toros se asientan y se descubren para matarlos.

8- Más se hace en la plaza con una arroba de valor y una libra de inteligencia que al revés.

Biografía de Manuel Domínguez "Desperdicios"
Nació en Gelves, Sevilla, el 27 de febrero de 1816. Comenzó su aprendizaje en el matadero de Sevilla y fue alumno de la Escuela de Tauromaquia.
En 1835, actuando de media espada, tuvo un enfrentamiento con Juan León que le perjudicó en su incipiente carrera taurina, este incidente motivó su marcha a Montevideo.
Después de 16 años, en 1852, regresa a España y reanuda su antigua profesión. Toma la alternativa, en Madrid, el 10 de octubre de 1853, en donde Julián Casas El Salamanquino le cedió el toro Balleno, de don Vicente Martínez, completando la terna Cayetano Sanz y Lavi.
Su carrera se vio truncada el 1 de junio de 1857, cuando toreaba, alternando con El Tato, en la plaza de El Puerto de Santa María, Cádiz, en donde el toro Barrabás, de la ganadería de Concha y Sierra, le dio una cornada que le vació el ojo derecho. El globo ocular le quedó colgando fuera de la órbita, pero él entró por su pie a la enfermería, tapándose la cuenca del ojo con un pañuelo. Se dice, y de ahí su apodo, que al entrar a la enfermería les dijo a los doctores: “Esto no son más que desperdicios”.
A los tres meses estaba repuesto y reapareció, tuerto, en Málaga, para la ocasión exigió que el ganado fuera de Concha y Sierra, obtuvo un clamoroso éxito, pero su carrera ya no remontaría el vuelo. Siguió toreando pero cada vez eran menos los contratos y, aunque nunca anunció su retirada oficial de los ruedos, dejó de torear cuando no tuvo ninguno compromiso que cumplir. Falleció en Sevilla el 6 de abril de 1886.