Otra variante es la creencia en el aspecto purificador o lustral de la sangre, de los toros sacrificados, que aún se mantenía al comienzo de nuestra Era, entre los judíos, lo descubrimos en la epístola de San Pablo a los Hebreos: “ Porque si la sangre de los machos cabríos y de los toros y la aspersión de la ceniza de la vaca santifica a los inmundos y les da la limpieza de la carne, ¡cuánto más la sangre de Cristo…!”(13), y más adelante, en la misma epístola, dice el apóstol: “…Pero en esos sacrificios cada año se hace memoria de los pecados, por ser imposible que la sangre de los toros y de los machos cabríos borre los pecados”(14). En realidad lo que hace San Pablo, en esa epístola, no es ensalzar precisamente las virtudes de la sangre del toro, sino condenar antiguas creencias ya en desuso, aunque pone de manifiesto la existencia y permanencia, aún, de dichas costumbres entre los gentiles y las rechaza con rotundidad.
En los pasajes anteriores de la unción de Arón y sus hijos como sacerdotes, asperjando la sangre sobre sus vestiduras, al igual que lo hacían los reyes de la Atlántida rociándose con la sangre del toro de Poseidón, se puede presumir, al menos, una cierta semejanza entre esos rituales y los realizados en las ceremonias de los taurobolios, en los que el sacerdote, o el neófito en el rito de iniciación, salen materialmente regados con la sangre del toro sacrificado y por tanto purificados con ese bautismo lustral y cruento. Los iniciados por este ritual, mediante el bautismo de la sangre purificadora, se beneficiaban con la inmortalidad.
Otra tradición de los aspectos lustrales de la sangre del toro y transmisora de los aspectos genésicos del animal, la encontramos en la costumbre encuadrada en los ritos del toro nupcial, que se desarrollaron en muchas partes de la geografía norteña extremeña hasta épocas cercanas del siglo XIX. La pervivencia de este ritual es bastante antiguo pues lo encontramos ya recogido en una de las Cantigas de Santa María, de Alfonso X El Sabio.
El acto central del ceremonial consistía en retirar un toro del matadero, dos días antes de los esponsales y enmaromado por los cuernos era conducido a la casa de la novia. Durante el trayecto, el novio lo toreaba con su capa o con una sábana del ajuar de los novios, con mejor o peor fortuna, procurando rozar por el lomo o los cuernos del toro las dichas prendas. Mientras llegaba la comitiva a la casa de la novia y el burel era atado a la reja de la ventana. La novia entregaba al novio unas banderillas, ricamente engalanadas, para que se las clavase al toro y manase la sangre lustral. Luego debía procurar impregnar la capa o la sábana del ajuar en la sangre del animal, en la creencia de que, esa impregnación sanguínea, transmitiría los poderes genésicos del toro a los desposados, cuando entraran en contacto con esas prendas, asegurando de este modo la fecundidad de la pareja. (15)
Otra variante, con reminiscencias en las creencias sobre la magia de la sangre táurica, la encontramos en el pueblo leonés del Rebollar, donde se sigue practicando una costumbre de carácter ancestral, el día siguiente de San Blas (Sa Blasín, como le llaman), donde los mozos fingen matar de un tiro a un simulacro de toro, constituido por dos hombres disfrazados. Después del sacrificio todos beben grandes cantidades de vino que aseguran es la sangre del animal muerto.(16) Es probable que este acto de libación conserve alguna reminiscencia de aquellas taurofagias rituales de la antigüedad, que se practicaban en los ritos dionisíacos.
El bigotudo, anti-taurino y anti-flamenquista Eugenio Noel, en su libro “Las Capeas” relata, con una prosa repulsiva y nauseabunda, cómo niños, mujeres y viejos, necesitados e indigentes, formaban cola ante el maloliente matadero municipal de Madrid, a principios del s.XX, para recoger alguna porción de sangre de toro que repartían diariamente, casi como único alimento reconstituyente para sobrellevar o matar el hambre.(17)
En el mitraísmo, era creencia general que las vides, las uvas y por tanto el vino, habían surgido de la sangre del toro, cuando fue sacrificado por el dios Mitra.(18)
Por tanto, no es de extrañar la existencia de ciertos ritos agrarios en la antigüedad, circunscritos al “creciente fértil” y las riberas del Mediterráneo, que consistían en rociar los sembrados con sangre de toro, en la creencia de aumentar la fertilidad de los sembrados. Puede que no exista nexo alguno aparente, pero parecida costumbre se sigue practicando en la actualidad entre los pueblos andinos, quienes derraman en los campos de labor sangre de las Llamas, al tiempo que invocan a la “Pacha Mama”(la madre tierra) para que aumente la fertilidad de sus campos.
En general el ganado bovino era considerado como los animales propicios para las ofrendas a los dioses, no solo por su valor económico, sino por ser la víctima sacrificial de mayor valor cultual, por la simbología que representaba de energía, virilidad y poder fecundante.