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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

miércoles, 30 de septiembre de 2026

La piedra que se pica y la memoria permanece. José Antonio ¡Presente! / por Eduardo Rodríguez de Brujón y Fernández

 

Todos los que hemos estado en Murcia, recordaremos siempre que junto a la puerta de las Cadenas, desde 1940 había una inscripción grabada en la piedra del templo que rezaba: «José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!». 

Borrar la memoria de José Antonio 

Eduardo Rodríguez de Brujón y Fernández
Mientras Satanchez luce su galas calaverescas en al Palacio Real, como invitado del rey Felipe VI a la recepción y cena de gala de estado que se ofrece a Macron (Presidente de la Republica Francesa), su maligno régimen dictatorial expropia dos millones y medio de pisos alquilados a los españoles ahorradores. Todo carece de sentido, excepto cuando busquemos la lógica de sus actos en la mente de un psicópata. Sentir el poder en sus decretos confiscatorios de la libertad y de la propiedad de los españoles, le produce placer. El boato del poder le gusta más, a su enfermiza mente, que el propio poder. 

Lo destructivo del Estado avanza como la carcoma sobre la Historia de España. Su misión es destruirla, y como todo comunista, el objetivo es acabar con la belleza, tanto la artística como la espiritual. Para imponer el odio del Mal hacía el Bien, hay que destruir todo lo bello que el hombre crea para ensalzar a Dios, y la destrucción del Arte Sacro por parte de las hordas marxistas, está detrás de ello. 

Estos días, casi clandestinamente, tras un simple cartel de plástico que tapa la fechoría, unos obreros, que posiblemente no sean ni españoles o que simplemente no saben lo que hacen, están picando uno de los muros de la Catedral de Murcia, concretamente el que da a la plaza  de la Cruz. Todos los que hemos estado en Murcia, recordaremos siempre que junto a la puerta de las Cadenas, desde 1940 había una inscripción grabada en la piedra del templo que rezaba: «José Antonio Primo de Rivera. ¡Presente!». 

Una banda de sicarios incultos, de los que pululan por el llamado Ministerio de Memoria Democrática, ha tenido la idea siniestra de incluir la citada inscripción en su catálogo de símbolos a destruir, alegando que se encuentra  en un lugar de alto valor simbólico y muy visible.

Nadie en Murcia había pedido su destrucción. No ha habido manifestaciones maniqueas solicitando arrancar de la piel de la Catedral, el nombre del héroe poeta, que parafraseando a Garcilaso de la Vega en su Égloga III «con su sangre derramada tornó las rosas blancas en coloradas».

El fragmento de este verso, narra el momento en que el joven Adonis es herido de por un jabalí, explicando poéticamente la crudeza de la tragedia de la muerte con la delicadeza formal del renacimiento. Así murió José Antonio, respondiendo con la poesía de su sangre de adalid, al odio de las balas que segaron su vida.

Es evidente que hay algo de tristeza en el ruido seco del cincel. No es solo la pérdida de unas letras grabadas: es la constatación de que una decisión burocrática puede borrar en pocos días lo que la piedra sostuvo durante generaciones. Esta retirada del nombre de José Antonio es un intento de reescribir la historia a golpe de martillo, movidos por el rencor.

Al hombre cuyo nombre se borra de la fachada lo fusilaron en el patio de la cárcel de Alicante el 20 de noviembre de 1936. Tenía treinta y tres años. Era un abogado brillante, un lector infatigable y un orador reconocido incluso por sus adversarios. Antes de morir escribió en su celda un testamento sereno, en el que perdonaba a sus asesinos, pedía perdón y expresaba un deseo: que su sangre fuera la última derramada en discordias civiles entre españoles.

Quienes estuvieron cerca de él recurrieron muchas veces a la poesía para hablar de su figura. Rafael Sánchez Mazas, que contribuyó a fijar la liturgia del «presente» con la que se recordaba a los caídos, vio en José Antonio a un hombre que había querido devolver a la política cierta gravedad antigua. Dionisio Ridruejo,  nunca dejó de reconocer la impresión que había ejercido sobre él aquella mezcla de inteligencia, pudor y coraje. Agustín de Foxá lo convirtió en materia literaria, casi en personaje de elegía: el príncipe joven al que la muerte alcanza antes que el desengaño. Ninguno de ellos se conformó con contar su biografía. Para hablar de aquel destino necesitaron algo más que la crónica.

No resulta extraño. José Antonio repetía que a los pueblos no los habían movido nunca más que los poetas. La frase contiene buena parte de su manera de entender la política. La poesía no era para él un ornamento ni una cuestión de estilo: era una forma de conocimiento, una manera de acercarse a aquello que permanece..

Desde ese horizonte se entiende lo esencial de José Antonio. Concibió al hombre como portador de valores eternos; a la patria como una unidad de destino en lo universal; a la vida como milicia. Renunció a las comodidades que le garantizaban su apellido, su posición y su profesión por fidelidad a una idea, y acabó entregando por ella la vida misma. Para él, que se alejaba del siglo como un monje, el mundo que conocía era tan podrido como el nuestro y nos mostro que sus palabras eran la expresión del sentir de su espíritu que nos mostraba un nuevo modo de vida a seguir: “… Nuestro sitio está al aire libre, bajo la noche clara, arma al brazo, y en lo alto, las estrellas, Que sigan los demás con sus festines. Nosotros fuera, en vigilancia tensa, fervorosa y segura, ya presentimos el amanecer en la alegría de nuestras entrañas…”

Con estas palabras, marcaba distancia frente al sistema parlamentario y los partidos políticos, a los que comparaba despectivamente con una «taberna al final de una noche crapulosa»

Los muros de la Catedral de Murcia llevan siglos en pie y parecen la imagen misma de lo que permanece. Pero la piedra pertenece al mundo de las cosas que se destruyen: bastan una orden administrativa, una lona y unos cinceles para que unas letras desaparezcan en pocos días. Quienes las borran libran su batalla en el terreno de lo superficial, y solo en ese terreno la ganan, en vano, contra la memoria inmensa de alguien que dejó un legado moral único.

Y sin embargo, queda la esperanza. Porque lo que de verdad importa nunca estuvo en la piedra. Vive en sus discursos que seguirán leyéndose, en los versos que otros escribieron para recordarlo, en aquel testamento que pedía que la sangre derramada fuera la última. Ojalá ese deseo, que el tiempo hizo tan amargo, se cumpla algún día no en las inscripciones. 


Las letras podrán caer al suelo con el polvo del cincel; la memoria, transmitida de padres a hijos, seguirá diciendo, bajo cualquier cielo y sobre cualquier muro, aquello que ninguna orden puede callar: José Antonio ¡Presente!

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